Published On: Vie, Oct 31st, 2014

AMÉRICO MARTÍN: Razón y fuerza

Las reelecciones de Morales, Dilma Roussef y Tabaré Vázquez no deben nada al socialismo

Pocas, muy pocas elecciones han sido tan ilustrativas y de fácil interpretación como las ocurridas en Bolivia, Brasil y Argentina. De estos tres países solo el primero figura en la nómina de la ruidosa pero inútil ALBA. Sin embargo, los otros dos son referidos, por razones menos explicables, a la ambigua lista de los aliados del proceso inaugurado con más pompa que éxito por el fallecido presidente Chávez. Por comodidad periodística, los gobernantes de los casos indicados se perciben de izquierda porque así lo proclaman, pero la moderación del Frente Amplio uruguayo y hasta del PT de Brasil es considerable.

Las reelecciones de Morales, Dilma Roussef y Tabaré Vázquez no deben nada al socialismo, ideología que según entusiastas radicales es propia de los tres, sin precisar con qué pan se come semejante embrollo teórico. Digamos que se trata de una vaga, una nebulosa relación que si no ha caído en desuso es porque el régimen venezolano ha prodigado insólitas concesiones comerciales, financieras y energéticas sin contraprestaciones importantes. Nada más allá de elogios poco onerosos al difunto comandante o pases de mano amiga a su agobiado sucesor.

Imposible ocultar que sus términos de intercambio con Venezuela son de una desigualdad atroz, al punto que un canciller de Lula hubo de admitirlo. Confesó que el comercio con Venezuela no era equivalente, añadiendo que era procedente comprarle otros bienes a su dadivoso régimen. No mencionó, por supuesto, que Venezuela tiene poco que ofrecer. Ha retrocedido hacia condiciones de monoexportación parecidas a las que exhibía en 1938 cuando suscribió el primer Tratado de Reciprocidad Comercial con EEUU.

Es el epítome de la absoluta dependencia. ¡Qué digo dependencia! En puridad se trata de vasallaje. En 2014 presenciamos un regreso al precario 1938. ¡A 76 años la prometida revolución se ha aferrado a la palanca de retroceso! Para un alardoso socialismo del siglo XXI parece demasiado.

La victoria de Evo Morales fue amplia y merecida. La de Dilma Vania Rousseff, clara aunque disminuida, más abajo explico por qué y la de Tabaré Vázquez por un pelo no venció en primera vuelta, aunque no pudo evitar el avance del joven y carismático Lacalle, nuevo líder del partido nacional (blanco) ni la persistencia histórica de los colorados de Bordaberry. En todo caso, con 48%, el moderado y eficiente Tabaré parece tener asegurada la presidencia en el balotaje de noviembre.

Morales ha gobernado con mucho sentido práctico y en dirección más ortodoxa que radical. De revolución socialista, nada. Bolivia estará en el ranking de crecimiento a la altura de los punteros México, Colombia, Perú, miembros notables de la pujante plataforma del Pacífico. Un crecimiento sustentable, combinado con una baja inflación.

Dentro del Frente Amplio Tabaré tenía menos linaje revolucionario que Pepe Mujica, quien sin embargo continuó la política de aquel y de allí los claros éxitos de ambos en la tarea prioritaria del crecimiento sin inflación y con las principales variables bajo control. Todo por cierto en el marco del acercamiento a los países desarrollados del mundo. Vázquez pudo vencer en la primera vuelta, pero los uruguayos son de una atractiva madurez política, reflejada por cierto en la altísima afluencia electoral. Noventa por cierto de los llamados a votar ejercieron su derecho. Esa madurez recuerda a la que se atribuía quizá con ligereza a los ingleses después de la guerra mundial. Votaron por los laboristas pese a su devoción por Churchill. Muchos uruguayos jugaron con la idea de renovar el liderazgo septuagenario con gente joven y de porvenir. En situaciones de estabilidad esas cosas ocurren.

Lo de Brasil es pedagógico. En tres períodos el PT redujo sensiblemente la pobreza y mantuvo un elevado ritmo de crecimiento, que apuntaló el histórico signo subimperial del único país que conquistó su independencia como monarquía y no como República democrática, contrario a lo ocurrido en la América Hispana, salvo el efímero imperio mexicano de Agustín Iturbide I. Bajo el gobierno de Rousseff se ralentizó y hasta cayó la velocidad del desarrollo, probablemente por los excesos populistas que al final han comenzado a pasar recibo. Con un peligroso estancamiento y una inflación considerada alta aunque todavía de un solo dígito, el gobierno perdió popularidad a un ritmo acelerado.

¿Qué le faltó al socialdemócrata Aecio Neves para descontar los estrechos 3 puntos porcentuales que le sacó Dilma en el balotaje?

Solamente tiempo. La corrupción ha sido tan agobiante que, sumada a la inquietante situación económica, pudo decretar la derrota de Dilma. Brasil se ha escindido profundamente. La oposición será más fuerte. Si Dilma no cambia de política o no puede hacerlo se aproximará un futuro cambio de poder.

Dadas estas claras lecturas de tres elecciones, que tan claramente explican el resultado, uno se pregunta: ¿por qué diablos el presidente Maduro está forzando sonrisas? Venezuela está en el más cenagoso pantano. La estólida revolución socialista ha hundido a la nación. El crecimiento esperado para el cierre de este año estará pendulando arriba y abajo del 1%. Uno o menos uno por ciento, adicionando la inflación más alta del planeta. Todo a pesar de haber dispuesto de recursos financieros superiores a los de cualquier otro país de Latinoamérica, sea de origen hispano o luso. Sin olvidar el subsecuente elenco aterrador: violencia, corrupción, secuestros, naufragio del sistema de salud y del educativo.

La triste verdad es que si Evo, Tabaré o incluso Dilma hubieran encarado sus compromisos electorales con las cifras de la festinada revolución socialista de Venezuela, habrían recibido una paliza descomunal. Estarían fuera del mando con la suela de un zapato en las posaderas.

El Nuevo Herald

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