Publicado el: Lun, Jun 6th, 2016

Autocracia castrista moldea a Venezuela

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LA HABANA.- IVÁN GARCÍA/Especial para Diairio Las Américas

Maduro usa los mismos argumentos que empleó Castro hace varias décadas

Una mañana invernal de 1978. El director de la secundaria básica Antonio Maceo, situada en la antigua Escuela Normal de Maestros, en el municipio habanero del Cerro, con tono exagerado anunciaba que los alumnos del plantel debíamos prepararnos antes una inminente agresión de Estados Unidos.

“El enemigo imperialista no ceja en su empeño para que no construyamos el socialismo y practiquemos el internacionalismo proletario con nuestros hermanos de África. Por eso debemos estar preparados para defender las conquistas de la revolución. Todos. Desde los pioneros hasta los ancianos debemos saber manejar un fusil”, más o menos fue su arenga.

Tenía 12 años y cursaba el séptimo grado. Fue la primera vez que ejercité tácticas y estrategia militares con un fusil AKM de calamina, en un parque aledaño al colegio.

Dos años antes, el 6 de octubre de 1976, a lágrimas vivas, la directora de mi escuela primaria, la Romualdo de la Cuesta, también en El Cerro, condenaba el “crimen del avión de Barbados donde perdieron la vida 73 inocentes pasajeros, entre ellos 57 cubanos por culpa de criminales fascistas de origen cubano radicados en Estados Unidos”.

Antes de aprender a sumar, conocer el valor de la familia y los mártires de la guerra de independencia, con solo seis años, me aprobaron en la clase de Lectura leyendo un párrafo donde, entre otras cosas, se destacaba la importancia de Fidel en la vida de los niños cubanos.

La dramaturgia política siempre estuvo presente en mis años estudiantiles. El 26 de octubre de 1983, un día después de ‘la invasión a Granada por tropas yanquis’, en los altavoces del preuniversitario René O’Reiné, otrora Instituto de Segunda Enseñanza de La Víbora, un emocionado locutor de radio notificaba “que los últimos cubanos que quedaban con vida, se envolvieron en la bandera y continuaron luchando contra los invasores yanqui”.

Luego todo fue una burda mentira. Cuando pasé el servicio militar, eran cíclicos los acuartelamientos ante una ‘inevitable agresión del imperialismo norteamericano a Cuba’.

Desde las primeras horas de la mañana, cientos de reclutas construíamos refugios antiaéreos para casos de guerra. Me resulta difícil recordar algún momento de mi vida donde no estuviera implicado el ‘imperialismo yanqui y sus amenazas de guerras, las proezas de la revolución o la sabia conducción de Fidel Castro’.

Todo aderezado con literatura del realismo soviético como “Nadie es soldado al nacer”, “En Agosto del 44” o “Los Hombres de Panfilov”. A la par de las consignas, lealtades a la revolución y su líder, las penurias cotidianas, libreta de racionamiento y apagones reiterados.

El autócrata Raúl Castro ha renunciado a las trincheras y bajado el tono del delirio. Aunque por momentos, nostálgicos talibanes, hacen amagos de regresar al pasado.

Cada vez que escucho un discurso del impresentable Nicolás Maduro recuerdo aquella etapa de mi juventud, cuando el Estado verde olivo nos manipulaba como títeres de guiñol.

Es inevitable la percepción del déjà vu (ya visto antes), como dirían los franceses. Venezuela hoy vive la madre de todas las crisis. Social, económica y política. Caracas es un peligroso matadero.

Los asesinatos, secuestros y violencia generalizados han transformado al país sudamericano en una bomba de tiempo. Por si no fuera suficiente la escasez de medicamentos, alimentos y apagones en la nación con más hidrocarburos del mundo, la polarización de la sociedad y la tóxica narrativa del PSUV amenazan con dinamitar la convivencia humana.

Maduro es un tipo temerario. Conduce el país a un salto al vacío. Inflación incontrolable, arcas sin divisas, penurias de todo tipo y colectivos armados estilo guardias pretorianas pueden ser la génesis de una guerra civil.

Su pésima gestión gubernamental puede destruir al chavismo como movimiento político. La única opción viable es renunciar. No le queda otra. Pero como dictan sus mentores desde La Habana, ‘un revolucionario no entrega las armas’.

La colonización silenciosa de Venezuela es la obra cumbre de la estrategia política de Fidel Castro. Sin tirar un tiro, a golpe de ideología, conquistó un país con una población, recursos naturales y un PIB tres veces mayor que la isla de Cuba.

Utilizando mecanismos que van desde el control en el padrón electoral, cedular y pasaportes, pasando por la santería y los métodos de inteligencia pura.

Los ucases del Palacio de la Revolución a sus compadres del PSUV le han pedido resistir mientras ellos negocian una puerta de salida a su crisis sistémica con el ‘enemigo yanqui’ que vive en la acera de enfrente.

En una reciente visita a Caracas, el canciller cubano Bruno Rodríguez dijo que la “revolución bolivariana” fundada por el fallecido presidente Hugo Chávez “tendrá siempre, en cualquier circunstancia, la lealtad y presencia de Cuba en sus batallas”.

El único enemigo que tienen estos sistemas de corte autoritario es su propia incapacidad para generar prosperidad. Lo demás es un cuento para bobos. Pobre Venezuela.

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