Publicado el: Mar, Jun 23rd, 2015

Brasil necesita sangre nueva

Por: Juan Arias

Más que remiendos de reformas, el país necesita inaugurar un nuevo ciclo político y económico que ofrezca confianza

Algo se está marchitando en Brasil. ¿Sin esperanza? Todo dependerá de si el gigante americano, hoy cansado y malhumorado, tendrá un final melancólico como el de los dinosaurios que aún nadie sabe por qué desaparecieron para siempre, o si le espera el final más halagüeño de la mitológica Ave Fénix.

Aquella ave de la mitología egipcia que hace 5.000 años moría sin morir del todo, ya que acababa renaciendo de sus cenizas fecundadas por el sol, reconvertida en símbolo de recuperación.

Claro, que me estoy refiriendo, no a Brasil como país, ya que este sigue siendo un gigante por naturaleza y precioso por sus gentes, un calidoscopio rico de etnias, culturas, creatividad y creencias religiosas, sino que me refiero a su grave situación política, económica y ética.

“Algo a podrido huele en Dinamarca”, se decía una vez cuando una situación política empezaba a deteriorarse, parafraseando a Shakespeare en Hamlet. Y algo no funciona en la política brasileña si el más optimista de sus ciudadanos, el carismático expresidente Lula da Silva, que acuñó el mantra hiperbólico de “nunca antes en este país” para cantar sus maravillas, confiesa a un grupo de religiosos que él, la presidenta, Dilma Rousseff y su partido (PT) que es el del gobierno, se hallan en el “fondo del pozo”.

Antes de cumplir los seis meses de su segundo gobierno, Rousseff aparece, en efecto, con un 65% de rechazo popular, que abraza todas las regiones del país y todas las clases sociales.

Y algo no funciona en la política brasileña si Lula da Silva confiesa que él, la presidenta y su partido (PT) se hallan en el “fondo del pozo”

Lula, en su discurso a líderes religiosos, que debería haber quedado secreto, confesó todo el pesimismo que lo acongoja.

Se pregunta Lula qué noticia buena el gobierno ha dado al país después de la última victoria que consagró a Dilma. Dice que se lo preguntó a la Presidenta y “ella no se acordaba”. Tampoco se acordaban ni los senadores, ni los diputados ni los sindicalistas del PT.

Un gobierno, confió Lula a los religiosos, que “sabe dar sólo malas noticias” y donde, quizás por ello, existe un gran “malhumor en el país”, en el que, dice, “nunca vi tanto odio”.

Criticó a Dilma por haber prometido en la campaña electoral algo que él considera sagrado: “Jamás tocaré los derechos de los trabajadores”. Y Dilma, dice Lula , los está tocando. “Dijo que no haría recortes y los está haciendo”. Y por eso, según él, “la oposición la acusa sabiamente de haber mentido”.

El exsindicalista se quejó de que en el Palacio Presidencial ahora sólo entra “gente fina”, mientras que él recibía hasta a los “recogedores de papel”. Y los religiosos presentes al encuentro acusaron al partido de Lula, el PT, de haber abandonado a los pobres.

Horas después de su discurso, Lula conoció el nuevo sondeo de Datafolha que registraba no sólo el desplome de la popularidad de Dilma sino también la suya. Si hoy hubiera elecciones, el oposicionista del PSDB, Aecio Neves, que disputó las presidenciales a Rousseff, ganaría, por ejemplo, a Lula por diez puntos. Y eso sí que nunca se había visto en este país, donde Lula aparecía el ganador indiscutible en cualquiera de las disputas y con todos los contendientes.

Y si el gobierno y el PT están en el fondo del pozo según Lula, tampoco están mejor los otros partidos en los que no aparece en el horizonte una posibilidad de recambio generacional, con candidatos alternativos a la vieja, gastada y corrupta política actual. Hoy la sociedad brasileña es más viva y con voluntad de cambio que el mundo político.

Si hoy hubiera elecciones, el oposicionista Aecio Neves ganaría, por ejemplo, a Lula por 10 puntos
Todos los países pasan por crisis y ciclos históricos, de decadencia o de gloria. A Brasil le toca en este momento vivir momentos de fuerte desencanto que llega a traducirse en aumento visible de la violencia, de la intolerancia racial o religiosa, algo inédito hasta hace poco en este país que aún en los momentos peores supo ser fiel a su vocación de “pueblo cordial y tolerante”.

Muchos me preguntan aquí y en España cómo y cuándo se va a acabar este momento difícil de definir, pero que duele en la carne a los brasileños. La respuesta no la tiene ninguna pitonisa. Quizás, sin embargo, ya no sirvan los parches, las componendas de las crisis del pasado, los viejos trucos de cambiar para que todo siga igual.

Si la crisis ha llegado o está llegando al final del pozo, según Lula, la respuesta deberá ser radical, quizás dolorosa, pero indispensable: Brasil necesita cambiar, empezando por la búsqueda urgente de los que hoy se apellidan “ciudadanos globales”, líderes nuevos, posiblemente jóvenes, no contaminados con las prácticas corruptas de la política, capaces de mirar a Brasil y fuera de él con la mirada nueva de una sociedad que ya no es la de ayer, que ha crecido, que piensa y analiza mejor las cosas. Y que quiere contar y participar.

Brasil necesita algo más que remiendos de reformas, iniciar un nuevo ciclo que ofrezca confianza a todos: trabajadores y empresarios, cultos y analfabetos. Y por eso, recortar 9.000 millones de reales en Educación suena a crimen.

En su confesión, Lula propone como medicina a Dilma para salir de su situación, la vieja fórmula que él usó para gobernar y crear consenso. Le dijo: “Política es mirar a los ojos a la gente, pasarles la mano por la cabeza, besarles”.

Le leí a un matrimonio de clase C, la nueva clase media de Brasil., dos obreros, la frase de Lula y me comentaron moviendo la cabeza: “No, ya no nos basta que nos acaricien. Queremos que ofrezcan a nuestros hijos la posibilidad de ser más de lo que nosotros fuimos. Y que roben menos”.

¿Tiene hoy Brasil líderes capaces de hablar con lenguaje nuevo a la nueva clase media llegada de la pobreza a la que ya no le bastan los abrazos y caricias de Lula?

El País

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