Published On: Sab, Dic 1st, 2012

Calderón entrega a Peña Nieto un México con muchos muertos

  Felipe Calderón asumió hace seis años la presidencia de México entre denuncias –nunca probadas– de fraude electoral por parte de sus rivales de izquierda. Pocos días después de instalarse en la residencia oficial de Los Pinos, y quizá con la intención de afianzar su autoridad, ponía en marcha la iniciativa que ha marcado todo su sexenio: sacar al Ejército a la calle para combatir al crimen organizado. Cien mil muertos después, Calderón entrega este sábado el poder a Enrique Peña Nieto y se marcha a dar clases en Harvard «con la conciencia de haber actuado en cumplimiento de mi deber y responsabilidad al servicio de México». «He trabajado para dejar una patria más fuerte, con un mejor sistema de justicia, más sano y con una economía sólida», asegura.

La guerra contra el narco arroja un número de muertes que, a falta de estadísticas oficiales completas, la mayoría de recuentos cifran por encima de 60.000. Pero el semanario «Zeta» de Tijuana eleva esa cantidad hasta los 83.000 muertos, mientras que el Instituto Nacional de Geografía e Informática ha calculado unos 95.000. La organización civil México Evalúa, con base a datos públicos, va más allá y estima que entre 2006 y 2012 se han producido 101.000 asesinatos. Esta es una cantidad incluso superior a la de la guerra en Irak durante la década pasada, que la revista médica británica «The Lancet» sitúa en 98.000 víctimas civiles.

Curiosamente, en la percepción de los ciudadanos el principal acierto de Calderón fue su combate a la delincuencia, con el 40,5% de apoyo. Y, según la reciente Encuesta Nacional 2012 levantada por el Gabinete de Comunicación Estratégica, también obtiene la mayor desaprobación en materia de seguridad: 37,3% de rechazos.

Para el «Washington Post», Calderón envió «batallones de soldados mal entrenados a las calles para luchar contra poderosas organizaciones criminales [y] deja el campo de batalla con su guerra esencialmente en un punto muerto […] A pesar de que las fuerzas de seguridad han capturado o matado a más de dos docenas de los líderes de los cárteles más buscados, muchas de estas vacantes han sido cubiertas [y], mientras algunos cárteles han sido disminuidos, otros han prosperado, por lo que no ha habido ninguna reducción apreciable en la droga que se trafica a EE.UU.»

Este combate ha desgastado notablemente a las fuerzas armadas, que son, de lejos, la institución más respetada por la ciudadanía. También deja una herida interna en la milicia, fracturada entre el Ejército (a quien se le han atribuido excesos y violaciones de los derechos humanos) y la Marina, responsable de los principales éxitos en el combate a los cárteles.

ABC

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