Publicado el: Jue, Dic 4th, 2014

China invierte 73 mil millones de dólares anuales en el resto del mundo

China es ya la mayor economía del mundo: en 2014 su PIB alcanzó los 16,15 billones de dólares, lo que la coloca en una postura desde la que podría llegar a cambiar radicalmente el actual orden económico mundial construido en torno a la hegemonía de Estados Unidos. Buena prueba de ello lo constituyen los acuerdos alcanzados en la última cumbre Asia-Pacífico, en la que el protagonismo de China ha sido indiscutible. Y es que, durante el último lustro, mientras que la mayoría de los países occidentales se deprimían en medio de la crisis, Pekín ha aprovechado para consolidarse como superpotencia económica, con unas tasas de crecimiento cercanas al 10%. Según las estimaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) este año esta tasa será algo menor, del 7,4%. Sin embargo, esto no le ha impedido al gigante asiático reforzar su presencia internacional aumentando sus inversiones en el resto del mundo, que el año pasado ascendieron a 73,2 millones de dólares.
Hace casi una década, en 2005, China era el decimosexto inversor mundial. De un tiempo a esta parte, se ha convertido en el tercer mayor inversor mundial, un ranking en el que se encuentra todavía bastante por detrás de Estados Unidos y Japón. No obstante, la apuesta de China por ganar presencia en países desarrollados se ha fortalecido gracias a sus enormes reservas monetarias, un rédito que le ha permitido consolidarse como principal propietaria de la deuda soberana estadounidense y tomar el control de importantes multinacionales. Este es el caso de la cárnica estadounidense Smithfield Foods, dueña de la española Campofrío, que ha sido comprada por la empresa nacional china Shuanghui International (WH Group) por 7.000 millones de dólares.

Juan Pablo Cardenal, periodista y coautor junto a Heriberto Araújo del libro ‘La silenciosa conquista china’ (Crítica, 2011), en el que investigan las causas y consecuencias de la expansión del gigante asiático, explica que Pekín no quiere tener todo su dinero invertido en el Tesoro estadounidense, sino que prefiere distribuirlo “comprando activos estratégicos o rescatando empresas en bancarrota”. Un ejemplo palmario son las participaciones que posee la firma china CIC en el banco Morgan Stanley y en el fondo de capital riesgo Blackstone. Los intereses de China también se encuentran en Sudáfrica, donde el banco chino ICBC controla el 60% del Standard Bank; o en el Mediterráneo, donde gestiona el puerto griego de El Pireo.

El gran objetivo: petróleo y materias primas

Más allá del mundo occidental, el principal foco de interés de las inversiones de Pekín se centra en los países en desarrollo. Las elevadas tasas de crecimiento de la economía china convierten al gigante asiático en el mayor consumidor mundial de energía. No obstante, su producción nacional no basta para cubrir su demanda energética, por lo que la maniobra de acercamiento a esta división de países responde a su necesidad estratégica de acceder a las principales fuentes de recursos naturales, como son el petróleo o los minerales.

Precisamente, entre los principales destinos de las inversiones chinas se encuentra Venezuela, que en los últimos ocho años ha firmado contratos por valor de 50.000 millones de dólares a cambio de concederles a las empresas chinas derechos de explotación petrolífera. Por su parte, Irán y Canadá, otros de los principales productores de crudo del planeta, han cerrado con el Estado chino contratos energéticos de 40.000 y 20.000 millones de dólares, respectivamente.

En todo caso, la estrategia de China para asegurar el acceso a las materias primas pasa por África. Concretamente, por el Exim Bank estatal, la principal fuente de financiación de los grandes proyectos chinos en este continente. Los intercambios comerciales con países africanos, que en 2013 fueron de 210.000 millones de dólares, son el mejor exponente de que las condiciones bajo las que negocia China en el extranjero son las mismas que rigen dentro de su territorio nacional.

Presas y oleoductos

El país asiático aprovecha la debilidad económica de países como Sudán del Sur o Angola para financiar proyectos de explotación energéticos e incluso levantar las infraestructuras necesarias para ello. A cambio, se reserva el derecho de acceder a los yacimientos y de usar su propia fuerza laboral, lo que implica el traslado de cientos de equipos humanos procedentes de China, y sin los cuales estas iniciativas no serían viable. En la reciprocidad de estos intercambios, Pekín aporta la tecnología, la maquinaría y los bienes de consumo necesarios para luego recibir gas, petróleo y materias primas.

Todo esto le ha permitido a Pekín controlar los gasoductos y oleoductos que unen a China con Turkmenistán, en Asia Central; y, en África, los que conectan a Sudán del Sur con el Mar Rojo. Otro oleoducto, desde el Océano Índico hasta la ciudad china de Kunming, que discurrirá a través de Myanmar, está programado para ser completado en breve, y otra, desde Siberia hasta el norte de China, ya ha sido construido.

China también ha invertido fuertemente en grandes proyectos hidroeléctricos como la presa de Merowe, en el tramo sudanés del Nilo, y está involucrada en la construcción de otras 200 represas en todo el planeta. Pero estos proyectos pueden extenderse a otros territorios mucho más lejanos como Groenlandia, donde los empresarios chinos pretenden invertir en varias explotaciones mineras.

La cara oculta del ‘Made in China’

La otra clave de la expansión económica china se encuentra en la táctica de producción y comercialización a bajo coste que se aplica a rajatabla en la mayor parte de las exportaciones del dragón asiático, famosa a nivel mundial bajo la denominación de ‘Made in China’. Según Juan Pablo Cardenal, los empresarios chinos se caracterizan por hacer negocios siguiendo el mismo modelo que el que aplican en su país: “ofrecen las peores condiciones laborales posibles a la población local, les pagan la mitad por el mismo trabajo, las condiciones y el respeto por el medio ambiente suelen ser precarios, y recurren habitualmente a la corrupción”.

Por otra parte, Cardenal apunta, a que tras el crecimiento de la economía china se oculta también un profundo proceso de cambios internos basado en grandes oleadas de migración doméstica del campo a la ciudad, que ha obligado a Pekín a diseñar políticas para garantizar el empleo y la estabilidad social. “En el fondo, toda la expansión china es una decisión política: el régimen del Partido Comunista quiere evitar el descontento y la inestabilidad social, porque sabe que lleva 35 años con un modelo de desarrollo salvaje e injusto”, dice este experto.

“Hay mucho más de lo que sale habitualmente en los medios occidentales”, continúa Cardenal, que resalta que “hay 1.000 millones de chinos que nunca salen en la foto, que no se han enriquecido y que están descontentos. Para atajar ese descontento, es imprescindible garantizar el suministro de materias primas”.

Así, China está negociando cómo aprovecharse de la nueva oleada del desarrollo de la energía nuclear en Reino Unido. Cosas como estas, según los especialistas, plantean un serio dilema: ¿el mundo se está adaptando a China o China se está adaptando al mundo, cuando es un país que hasta ahora ha dejado el respeto a los Derechos Humanos fuera de su agenda?

Fuente: www.arndigital.com

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