Published On: lun, Jun 9th, 2014

Colombia, Conflicto Armado (Primera Parte)

50 AÑOS DE CONFLICTO ARMADO

PRIMERA PARTE
Pasos de animal grande
Primera entrega del Especial del diario El Espectador «50 años de conflicto armado, una reflexión histórica y periodística sobre los orígenes de la guerra entre el Estado y las Farc, que se inició en el mes de mayo de 1964»
Por: Alfredo Molano Bravo*

 

Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda Vélez o Tirofijo, fundador de las Farc y considerado como el guerrillero más veterano del mundo, murio en marzo de 2008.
Según el Diario de la resistencia de Marquetalia, de Jacobo Arenas, la ‘Operación Marquetalia’ comenzó el 18 de mayo de 1964, exactamente hace 50 años. El Espectador tituló ese día: “Con 3.000 soldados se inició anoche la operación militar de Marquetalia”. No obstante, la ‘Operación Soberanía’, como la bautizó el gobierno de Guillermo León Valencia, había comenzado en realidad el 20 de octubre de 1961, cuando Álvaro Gómez Hurtado, en un debate sobre la reforma agraria —de la que era un acérrimo enemigo— sostuvo que la política de tierras del Frente Nacional había dejado en la orfandad algunas zonas del país, lo que condujo a la creación de territorios autónomos: “Hay la república independiente de Sumapaz. Hay la república independiente de Planadas, la de Riochiquito, la de este bandolero que se llama Richard y ahora tenemos el nacimiento de… la república independiente de Vichada”. Gómez plagió el término de Primo de Rivera al referirse a Cataluña durante la Guerra Civil. Durante el gobierno de Lleras Camargo la tesis no tuvo eco público, pero fue en ese período presidencial (1958-1962) cuando triunfó la revolución cubana y se aplicaron en América Latina con rigor la doctrina de la seguridad nacional y la tesis del enemigo interno. Como comandante del Ejército, Alberto Ruiz Novoa, quien había dirigido el Batallón Colombia en la guerra contra Corea del Norte, elaboró el Plan Laso, pero Lleras se abstuvo de aplicarlo. Su sucesor Guillermo León Valencia (1962-1966) nombró a Ruiz Novoa ministro de Guerra y como tal puso en ejecución el Plan Laso, que, según Jacobo Arenas, era la sigla de Latin American Security Operation.
Marquetalia es una vereda del corregimiento de Gaitania, municipio de Planadas, Tolima, situada en la falda occidental del nevado del Huila; una región que suena desde entonces a guerra, no sin razón porque los enfrentamientos militares entre la guerrilla y el Ejército son frecuentes hasta hoy. Una de las preguntas más inquietantes es por qué el sur del Tolima y el norte del Cauca fueron la cuna de las Farc y por qué son regiones que aún están envueltas en el conflicto. La respuesta está vinculada a varios dos grandes litigios históricos vigentes en esos territorios: la lucha por la tierra de los indígenas —paeces y pijaos— y la de los campesinos por el reconocimiento de sus derechos políticos.
La primera tendencia está representada por las peleas del indio Quintín Lame en las regiones de Tierradentro y Chaparral entre 1922 y 1945. Hay que recordar de entrada que el resguardo o parcialidad indígena fue creado por la Corona española en la segunda mitad del siglo XVI para defender a la población indígena del tratamiento de esclavos que le daban encomenderos, pero también para obligarlos a pagar tributos. Fue una institución que —según Friede— hizo a los indígenas partidarios del rey. La República los hizo “hombres libres” para despojarlos de las tierras y convertirlos en terrazgueros. El siglo XX conocerá el renacimiento de la lucha del indio por la tierra.
Quintín Lame nació en una hacienda cerca de Popayán, donde su padre era terrazguero y por tanto obligado a pagarle al patrón en trabajo o en especie el permiso de vivir en la hacienda. Participó en la Guerra de los Mil Días en Panamá como ordenanza del general conservador Carlos Albán y después, a órdenes del general-guerrillero Avelino Rosas, defendió “el tricolor nacional de la invasión ecuatoriana entre 1903 y 1904”, según sus palabras. Avelino Rosas fue subalterno de Maceo en la guerra contra España y trajo de Cuba el Código Maceo, un verdadero manual de guerra de guerrillas. Quintín Lame comenzó su lucha contra la política del general Reyes de liquidar los resguardos; fue nombrado “jefe y representante de los cabildos de Pitayó, Jambaló, Toribío, Puracé, Cajibío y algunos otros” en 1910. Entre 1914 y 1918 movilizó a los indígenas del Cauca por la recuperación y la creación de resguardos, hasta caer preso en 1915. La persecución política, la división del movimiento y la masacre de Inzá en 1916 lo obligaron a refugiarse en Natagaima, sur del Tolima, donde fundó, en compañía de José Gonzalo Sánchez, el Supremo Consejo de Indias, que creó el resguardo del Gran Chaparral.
Las reivindicaciones de Lame marcan un territorio de luchas que se extiende entre el río Cauca y el río Magdalena sobre el lomo de la Cordillera Central, entre Popayán y Chaparral. El Movimiento Armado Quintín Lame toma su nombre de ese caudillo porque, según uno de sus fundadores, fue “un personaje que agotó toda la parte legal para lograr metas, pero la parte armada también influyó mucho, como la misma toma de Paniquitá, la toma de Inzá y las de otras poblaciones donde él por la vía de la fuerza dio a entender que en el Cauca a esa clase de terratenientes no era fácil darles el golpe por el lado legal”. Por la misma razón el poeta Guillermo Valencia, su enemigo a muerte, lo llamó “asno de los montes”. Una de las obsesiones de Quintín Lame fue la educación del indio. Su secretario, Abel Tique, afirmaba: “Antes de llegar el general estábamos en la oscuridad, pero él nos trajo la doctrina y la disciplina para defendernos”. Estos dos términos —doctrina y disciplina— se encuentran a menudo en las preocupaciones de Manuel Marulanda.
El segundo gran hecho es la colonización campesina de la Cordillera Central. Desde mediados del siglo XX, pero particularmente después de la guerra de 1876, una punta de colonización proveniente del Quindío llegó al norte del Tolima y fundó pueblos como El Líbano, Fresno y Padua; poco a poco avanzó por la cota cafetera hacia el sur del departamento, donde entró en conflicto con las grandes haciendas cafeteras que se expandían al ritmo de la economía cafetera y se apropiaban de los baldíos nacionales. Similares choques sucedieron en el Tequendama y Sumapaz, en Cundinamarca. El principal motor del café en Tolima fue la firma Rocha Hermanos, que se enorgullecía de cultivar 300.000 cafetos en su hacienda Providencia. A su alrededor crecieron otras grandes haciendas —Irco, Calibío, Banqueo, Guadual, El Jazmín y un pequeño pueblo de peones y arrendatarios llamado El Limón— .Numerosos trabajadores sin tierra se convirtieron en tabloneros, aparceros o terrazgueros y muchos indígenas abandonaron su resguardo para trabajar en las haciendas. La ola colonizadora aceleró el crecimiento o la fundación de pueblos como Rioblanco, Planadas, Herrera, San Antonio, Gaitania y Roncesvalles.
Los litigios de tierras en la región fueron particularmente intensos, lo que explicaría el espíritu del primer intento de reforma agraria formulada por Murillo Toro a mediados del siglo XIX —“el cultivo es la base de la propiedad”— y desarrollada por otro chaparraluno, Darío Echandía, como función social de la propiedad en la reforma constitucional de 1936. . En 1905, los colonos de Ataco se movilizaron contra la pretensión del Gobierno de gravar los baldíos. A mediados de los años 30 los enfrentamientos entre propietarios y trabajadores facilitaron la agitación de María Cano y de Jorge Eliécer Gaitán. En 1931 la Policía asesinó a 17 indígenas en Llano Grande, sede del cabildo de Chaparral.
Monseñor Germán Guzmán, en el libro La violencia en Colombia, anota que uno de los antecedentes de la violencia de los años 50 en el Tolima fue el choque entre “el prurito latifundista de expandir sus propiedades y el espíritu avasallador de los paisas que llegaban acosados por el hambre y la pobreza… la Policía, seguida por los terratenientes del Plan del Tolima, sometió al desahucio a sus arrendatarios con el incendio de sus ranchos”. La violencia en el Tolima fue particularmente sangrienta y constituyó, en realidad, una prolongación de la Guerra de los Mil Días y de los conflictos sociales que se desarrollaron en la colonización antioqueña a partir de 1850, y que Esteban Jaramillo llamó la lucha entre el hacha y el papel sellado. Entre 1948 y 1957, según concluyó la Comisión Investigadora de las Causas de la Violencia de 1958, en el Tolima fueron asesinadas 35.294 personas y se abandonaron 93.882 fincas. “Tolima fue arrasado por el fuego”, comenta monseñor Guzmán”. La respuesta fue la organización de 33 comandos armados en toda la región; en el sur se formaron 12 grupos. Los más importantes fueron los de José María Oviedo, alias Mariachi, en Planadas; Rafael Valencia en Las Hermosas; Ciro Trujillo, alias Mayor Ciro, en Monteloro; Hermógenes Vargas, alias Vencedor en La Profunda; Teodoro Tacumá en Natagaima; Leopoldo García, alias Peligro, en Herrera; Prías Alape, alias Charro Negro, en Gaitania, y Gerardo Loaiza, en Rioblanco. El territorio es un nudo de cordilleras, una estrella fluvial y una zona que colinda con el Valle, el Huila, el Caquetá y está enmarcada por las llanuras del Pacífico, las Selvas del Amazonas y los Llanos del Orinoco. En síntesis —opina Francisco Leal— es una región muy propicia para la guerra irregular.
Justamente a este último comando se incorporó Pedro Antonio Marín, quien, según la versión más consistente, nació en Génova, Quindío, el 13 de mayo de 1928. Muy joven trabajó con su tío en una finca lechera en Ceilán, Valle del Cauca. El 9 de abril de 1948 fue testigo de la reacción del pueblo liberal contra los conservadores a quienes encarcelaron los insurrectos. Una semana después fueron liberados por el Ejército y su tío acusado de complicidad con los liberales. Pedro Antonio se refugió en la cordillera Occidental. “Para subsistir —cuenta Balín, uno de sus guardaespaldas— compraba fríjol en Betania y lo vendía en El Naranjal; ahí compraba panela y la vendía en El Dovio” (Trochas y fusiles). Después de las elecciones del 5 de junio de 1949, ganadas por el liberalismo, la cordillera Occidental fue conservatizada a sangre y fuego por los pájaros, comandados por Ángel María Lozano, el Cóndor, y Leonardo Espinosa. El incendio de El Dovio y Betania, primero, y luego la sangrienta toma de Ceilán obligaron a quien más tarde sería apodado Tirofijo a organizar en Génova una pequeña cuadrilla de 19 hombres, la mayoría parientes, para tomarse el pueblo en protesta por la elección de Laureano.

El grupo era débil y mal armado, y optó por agregarse al comando del viejo Gerardo Loaiza y sus cuatro hijos en Rioblanco. “Eran de Génova, más propiamente —palabras de Marulanda— de una vereda llamada El Dorado, y el viejo don Gerardo, casado con la hermana de mi mamá, se había ido a fundar por los lados de Rioblanco. Él colonizó esa zona con otros caldenses” (Trochas y fusiles). Los Loaiza eran liberales y prósperos —don Gerardo llegó a ser candidato a la Alcaldía de Rioblanco— y estaban aliados con otros dos jefes liberales: Leopoldo García, alias Peligro, y Efraín Valencia, alias general Arboleda. Marín incursionó con sus hombres —varios paisas como Mundoviejo y Llaveseca— por las cuencas de los ríos Atá y Cambrín, y organizó a sus hombres en la región de San Miguel; incluso acampó un tiempo en la hacienda el Támaro, que mucho después se llamaría Marquetalia en honor al pueblo de Caldas. Hoy se conoce el caserío como Villarrica.
Las regiones Santiago Pérez, Planadas y Gaitania fueron objeto de varias comisiones de policía chulavita a partir del 48. Los testimonios son numerosos y las coincidencias no dejan lugar a dudas: se trató de un gran operativo contra los colonos liberales. Hubo varios ataques sangrientos registrados por Guzmán: “13 personas muertas en El Limón; en Chaparral comisiones mixtas de Policía y civiles saquean negocios y amenazan a dirigentes liberales; en Coyaima desaparecieron totalmente pueblos y parcialmente Santiago Pérez y Gaitania, y contabilizaron más de 50 muertos entre Chiparco y Pole”. En abril del 48 el Directorio departamental liberal del Tolima llamó a los reservistas a defenderse y tomarse los pueblos. La reacción conservadora fue violenta: masacres, casas incendiadas y semovientes robados. Todas eran tierras fértiles de vertiente trabajadas por colonos caldenses y campesinos tolimenses, muchos descendientes de indígenas paeces y pijaos. Como sucedió en todo el país, la gente se defendía, durmiendo en el monte, una estrategia simple de sobrevivencia complementada con la organización de “avanzadas” que vigilaban las veredas y daban aviso cuando los chulavitas entraban en ellas. Se trataba de una modalidad de defensa propia de donde salieron los primeros grupos guerrilleros, como reacción meramente instintiva. En Santander, Antioquia, Cundinamarca y los Llanos la situación fue idéntica. En el sur del Tolima, los pocos jefes armados que había en la zona de Gaitania y Planadas organizaron marchas con la gente “huyente” hacia San Miguel, donde podían defenderse mejor. Eran campesinos y liberales rasos que formaron grupos armados al mando de Ciro Castaño, en Monteloro; Prías Alape, en Peña Rica; Jesús María Oviedo y Pedro Antonio Marín, en el Cambrín, todos vinculados al comando de los Loaiza, que para esos días agrupaba unos 150 efectivos.
De otra parte, hay que anotar que desde los años 30 María Cano y Raúl Mahecha tenían una fuerte influencia en el sur del Tolima que facilitó la creación de Ligas Campesinas y la organización de células del Partido Comunista. El más importante dirigente de esta tendencia fue Isauro Yosa, nacido en Irco, donde existían grandes cafetales y donde comenzó a trabajar en la Hacienda Providencia de los Rocha. “El dueño de la tierra —cuenta Yosa— daba la tierra, o mejor el monte, porque había que abrirlo, tumbarlo y quemarlo. El arrendatario tenía que trabajar la tierra en café, y el patrón le reconocía a los dos años un peso por palo y además compraba el café a ocho centavos la arroba”. No se podía hacer finca porque —puntualiza— toda la tierra les pertenecía a los nombrados Rocha, a los Caicedo, los Castillo y los Iriarte”. El café era el principal negocio en toda la región. El precio del café en el exterior mejoró sostenidamente desde la primera posguerra hasta mediados de los años 30 para volver a coger precio a partir de la segunda posguerra. En 1918 se pagaba la libra a 15 centavos de dólar y en los años 50, a 60 centavos. La economía cafetera prosperaba a la par con el conflicto de tierras. En el sur del Tolima, la colonización cafetera campesina chocó de frente con el modelo hacendatario. Isauro Yosa, conocido como Mayor Lister —nombre de guerra que usó en honor a Enrique Lister, el legendario general de la guerra civil española (1936-1939)—, organizó en la población de El Limón, anexa a la hacienda de los Rocha, un movimiento contra la adulteración de las pesas —o romanas— y luego contra el sistema de aparcería.

Los aparceros quedaban prácticamente desempleados cuando la cosecha de café terminaba y por esa razón organizaron “partidas” o “cuadrillas” de 100 o 200 hombres para tumbar monte en tierras baldías reclamadas por los hacendados. La Ley 200 y el liberalismo en el poder ampararon estas iniciativas hasta que, cercado por Laureano Gómez, López, en su segunda administración, promulgó la Ley 100 de 1944, que dio un paso atrás. Al subir Ospina —sobre todo después del asesinato de Gaitán—, los pájaros y los chulavitas abrieron el fuego prometido por el Cojo Montalvo. Isauro Yosa organizó el Comando del Combeima y aliado con los liberales de Loaiza y de Peligro dirigió una marcha de campesinos desplazados y amenazados hacia la región de El Davis en Rioblanco, entre los ríos Anamichú y Cambrín. El desplazamiento se llamó Columna de Marcha Luis Carlos Prestes, en honor al dirigente comunista brasileño que había organizado en 1924 una protesta con 1.500 hombres que recorrieron 25.000 kilómetros por tres estados exigiendo tierra y salarios justos.

Yosa mandaba sobre 200 familias apoyadas por hombres armados de escopetas y el recorrido fue de unos 100 kilómetros. Se fundó entonces el comando de El Davis, una región donde se refugiaron comunidades campesinas para defenderse de los ataques de la Policía y de los grupos de civiles armados. Yosa convocó a los jefes que estaban apostados en San Miguel a refugiarse en El Davis. En efecto, a principios de 1950 llegaron 100 familias con sus haberes a cuestas, que se sumaron a otras 300 que ya estaban asentadas. Era población civil defendida por grupos armados con escopetas y armas hechizas que rápidamente adoptaron un reglamento simple para poder vivir y trabajar en comunidad y unas normas de defensa armada para rechazar el hostigamiento conservador. Fue, más que una táctica de autodefensa, una alternativa obligada. Años más tarde Manuel Marulanda llamó El Davis “corazón de la resistencia” y por Jacobo Arenas, “matriz del amplio movimiento campesino dirigido por el Partido Comunista”.

*Escritor colombiano. Periodista. Sociologo.

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