Publicado el: Mar, Sep 1st, 2015

Crónica de un día de agosto en la frontera del Táchira

Por: Gustavo Azócar Alcalá

El jueves 27 de agosto salí de Ciudad de Guatemala, donde me encontraba ofreciendo algunas asesorías como Consultor Político, rumbo a Venezuela. Mi propósito era llegar a San Cristóbal, ciudad en la que vivo desde hace 27 años, para pasar unos días con mi familia.

El vuelo Ciudad de Guatemala/Bogotá salió puntual el jueves 27 a las 5 de la tarde. Llegamos a la capital colombiana a las 9 de la noche. De acuerdo con mi plan, debía pernoctar en la ciudad neogranadina para tomar un avión, el viernes 28, a las 6 am, rumbo al aeropuerto Camilo Daza de Cúcuta y de allí movilizarse hacia la línea fronteriza.

El viernes 28, tal cual lo planificado, aterrizamos en Cúcuta a las 7:30 am. Mi siguiente paso fue dirigirme a la frontera entre Colombia y Venezuela. El taxista que me condujo hacia la zona, me recordó muy amablemente que el paso entre las dos naciones se encontraba cerrado desde hacía 10 días, por órdenes de Nicolás Maduro, y que me iba a resultar un tanto complicado pasar al estado Táchira.

Al llegar al puente internacional Simón Bolívar, que une a La Parada (Norte de Santander) con San Antonio del Táchira, me encontré un panorama desolador: centenares de ciudadanos colombianos estaban agolpados en la sede de la DIAN, para anotarse en una lista como “deportados”. Un poco más allá, otro centenar de colombianos anotándose en otra lista para plegarse a una denuncia que organizaciones no gubernamentales planean contra el gobierno de Venezuela por violación a los derechos humanos, y un poco más acá, un centenar de venezolanos, metidos en una cola, para tratar de pasar a la tierra que vio nacer a Simón Bolívar.

Durante poco más de diez años trabajé como periodista en Televisora del Táchira, un canal regional cuya señal se ve perfectamente en Cúcuta, lo cual hizo que inmediatamente encontrara personas que querían contarme sus historias. Estuve metido en la cola de venezolanos durante 6 horas, tiempo suficiente para escuchar cuentos asombrosos, algunos espeluznantes, sobre la manera como la GNB desalojó el sector conocido como “La Invasión” o “Mi linda Barinas”, en el cual vivían desde hace más de diez años un millar de familias colombianas.

María Archila, por ejemplo, me contó que los efectivos de la GNB que desalojaron su casa se llevaron todos sus aparatos eléctricos. José Guivares me dijo que sus tres hijas, fueron “manoseadas” por un militar que casi las viola delante de él. Pedro Matamoros me juró que “todo el dinero que había en las casas (pesos y bolívares) desapareció sin dejar rastro. Y lo peor: la mayoría de los niños que habitaban allí tenían partidas de nacimiento y cédulas venezolanas, es decir, eran venezolanos por nacimiento, y por lo tanto, ciudadanos de este país, y aún así, fueron deportados a Colombia sin que se respetaran sus derechos.

Todo esto ocurrió frente a las narices del mundo entero motivado a una supuesta guerra del gobierno de Nicolás Maduro contra presuntos grupos paramilitares que habrían atacado a unos militares venezolanos. Vale decir que el gobierno pisoteó los derechos de niños, niñas y adolescentes y de centenares de personas, la mayoría de ellas humildes, para tratar de justificar una guerra contra un enemigo que, ciertamente, tiene muchos años operando en la zona fronteriza, pero que de acuerdo con todas las investigaciones que se han hecho, no habita en la zona de “La Invasión” sino que se encuentra establecido en algunos sectores de Villa del Rosario, en Norte de Santander.

Es bueno recordar por cierto, que fue el gobierno de Hugo Chávez el que legalizó a más de 40 mil colombianos que residían en la zona fronteriza entre Táchira y Norte de Santander. Fue la ONIDEX (hoy día SAIME) presidida por Tareck El Aissami y Hugo Cabezas, el organismo que entregó de manera express, cédulas venezolanas a todos los colombianos que habitaban en esta zona. Eso lo hicieron, por cierto, para que esos colombianos votaran por Chávez en las elecciones presidenciales.

Todos esos colombianos que fueron cedulados por la revolución de Chávez también tienen hoy día el pasaporte venezolano, cuentas bancarias en instituciones venezolanas, tarjetas de crédito en bancos venezolanos, y acceso a las divisas preferenciales que entregó Cadivi y que hoy entrega el Cencoex. De modo que el problema que se generó en la frontera, no se produjo por generación espontánea, sino que fue creado por el Comandante Eterno.

También es bueno recordar que del lado colombiano, hay más de 20 mil vehículos con placas venezolanas. Todos esos automóviles tienen en sus parabrisas delanteros el famoso Chip o tag creado por Pdvsa para dotar de gasolina al parque automotor tachirense. Esos 20 mil carros pasan todos los días a uno y otro lado de la frontera para abastecerse de combustible y llevarlo luego a territorio colombiano. Como se sabe, en Venezuela un litro de gasolina vale apenas 0,97 centavos, pero ese mismo litro vale en Colombia 280 bolívares.

Cuando eran aproximadamente las 2 de la tarde del viernes 28, luego de 6 horas esperando en una cola frente al puente internacional Simón Bolívar, para poder entrar a mi país, decidí que era hora de volver a los viejos tiempos y hacer un poco de periodismo de investigación. Un hombre de aproximadamente 60 años se me acercó y me dijo que por 4 mil bolívares él podía llevarme al otro lado de la frontera.

Emprendí la aventura, junto con otras 3 personas, entre ellas, una señora de 70 años que necesitaba urgentemente llegar a Maracay a visitar a su mamá enferma. El hombre nos llevó a una zona que se conoce como “Juan Frío”. Por allí atravesamos el río Táchira hasta llegar al sector conocido como “La Escalera”. Atravesamos el río, con el agua a la altura de las rodillas, y con el equipaje al hombro. Unos metros más allá, unos motorizados nos llevaron hasta Llano de Jorge por la módica suma de mil bolívares más. Allí, una buseta nos movió hasta el terminal de San Antonio del Táchira y luego un autobús nos trajo hasta San Cristóbal. Atravesamos dos alcabalas, una del ejército, y otra de la GNB sin que ocurriera nada. El chofer de la buseta me dijo “ellos están en la jugada”.

En el camino me encontré a cientos de personas que estaban haciendo exactamente lo mismo. Es decir, mientras Maduro cierra el paso por los puentes, por las trochas que existen en la frontera (y que son centenares) están pasando todos los días personas que necesitan ir a Colombia o a Venezuela a resolver sus propios problemas. También vi pasar 3 camiones muy grandes, cargados con mercancía muy pesada y muy bien protegida.

El negocio es redondo: cada persona paga en promedio 5 mil bolívares para cruzar la frontera. Hubo quienes, como una amiga que tuvo que salir de Venezuela para viajar urgentemente a Miami, pagó hasta 100 mil pesos para que unos baquianos la llevaran por una trocha desde San Antonio hasta el aeropuerto Camilo Daza, en Cúcuta. La mitad del dinero que cobran los baquianos según me dijo el chofer de la buseta, va a manos de militares que se “hacen los locos” mientras la gente pasa por las trochas.

Maduro puede decretar 100 estados de excepción. Puede construir un muro para dividir el territorio venezolano del colombiano. Todo eso lo hace, por supuesto, por una de estas dos razones: 1) para tratar de ganar votos y aumentar las posibilidades del PSUV en las elecciones del 6 de diciembre. 2) para crear las condiciones que le permitan declararle la guerra a Colombia y suspender los comicios.

Pero lo que nunca logrará Maduro, ni ningún gobernante, venezolano o colombiano, es separar a los pueblos de Colombia y Venezuela. En el aeropuerto Camilo Daza, de Cúcuta, mientras retiraba el equipaje para ir a la frontera, una señora colombiana que me saludó muy amablemente me dijo con voz fuerte: “Dígale a Maduro que le enviamos muchos saludos. Que todavía lo recordamos cuando era muy niño y corría por las calles del barrio. Por mucho que él lo niegue, a nosotros no se nos olvida que él nació aquí. Allá todavía hay familiares de él. Nunca creímos que un hombre nacido y criado en estas tierras fuera a tratar tan mal a los colombianos”.

29 de agosto de 2015

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