Published On: vie, Nov 16th, 2012
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Cuando Guayana despierte

Por: Rafael Groscor Caballero
Desafortunadamente muchos de los que hemos escrito acerca de la inconveniencia de continuar apegados a la “agenda del régimen” –seguir empeñados en transitar la ruta predeterminada por los instrumentos de acción del propio gobierno, en la ilusión de alguna vez alcanzar la victoria y tomar el poder— hemos sido tildados, cuando menos, de “radicales” y hasta de ingenuos colaboradores de la autocracia que nos oprime, en tanto hemos propuesto caminos distintos al electoral, si es que éste, el comicial, sigue y seguirá siendo arbitrado con total ausencia de transparencia y pulcritud, como para lograr siempre los mismos resultados, favorables a quien establece las ominosas condiciones de la participación.

Por eso nuestra voz, como la de muchos quienes nos entienden y nos acompañan, desentona y nada de lo que pregonamos es oído con la atención que al menos la cortesía aconseja. Por ejemplo, hemos repetido, insistentemente, que para empujar a Venezuela fuera del curso decadente en el que lánguidamente se arrastra, desde hace ya muchos años, es necesario afilar y afinar la imaginación, previamente convencidos de que en nuestro contenido geográfico y humano existen infinitas posibilidades de superación, tantas como sean necesarias para enrumbarnos hacia el Primer Mundo, con nuestras propias ideas, con nuestros propios productos, obra de nuestro propio trabajo creativo.

¿Hablamos “empalagosamente” de simples deseos, de falsas ilusiones? ¿No será, más bien, que este país ya se perdió, para siempre y que la sucesión de fracasos a los cuales viene llevándonos el errático gobierno que nos “desgobierna”, no nos garantiza otra cosa que una temprana “africanización”? Preguntas que respondemos negativamente, porque sabemos, conocemos a Venezuela y entendemos que queda mucha “pasta” en sus entrañas, fácilmente colocable en el atractivo campo del comercio mundial, con resultados en rentas si se quiere fabulosas.

Ubíquese Ud. hacia el sur del territorio; cruce el Orinoco y mire a su alrededor. Caracas quedó atrás, con su desorden, su anarquía improductiva. Sus peligrosas tentaciones. Su inutilidad. Ahora Ud. observa cómo el agua fluye en caudales profundos, naturalmente bien encauzados. Cómo se desplaza sobre tierras llenas de riquezas, bauxita, hierro, cuarzo, tugsteno. Barriales de oro y diamantes. Cómo debajo del gran río –el octavo más largo y caudaloso del mundo, el Orinoco– una faja bituminosa arropa inmensas reservas de hidrocarburos que podrían aportarle a la humanidad valiosas contribuciones para el desarrollo, mediante su transformación físico-químico-biológica. Se estima en casi 500.000 los productos derivados de esa fortuna potencial, distintos al específicamente energético, la gasolina, el combustible. Tierras húmedas y de alto valor edafológico, capaces para alimentar millones de seres humanos. Un territorio casi de fantasía, pero investido de realidades. Un fascinante mundo aparte, distinto al resto de Venezuela, pero donde también se aprecia cómo el virus de la ignorancia, la incultura, el atraso, el subdesarrollo, se ha ido enraizando, aniquilando sus potencialidades. ¡Cómo se hunde la esperanza y cómo se atrapa, criminalmente, una región que podría hacerse valer, por sí sola, en el mundo de las grandes negociaciones y los grandes procesos evolutivos! Pero no Guayana, entiéndanlo. Otra vez Caracas apoderada de Venezuela. Dueña de Guayana. Propietaria ilegítima de sus riquezas. Perversa administradora de su incipiente desarrollo.

Además de la Gobernación del Estado Bolívar –estanco subalterno sin sentido– quien manda y gerencia todo ese complejo de riquezas en Guayana es el Estado Nacional, desde Caracas y a través de una extraña intermediaria: la Corporación Venezolana de Guayana, en cuyas sedes se mezclan burócratas y técnicos “burocratizados” nativos de otras latitudes –muy pocos, pero muy pocos guayaneses– con una mentalidad y unos propósitos circunscriptos a los empeños de la Capital, es decir, con desprecio de lo que deberían ser los intereses primarios de los manejadores de tal fortuna.

Nada queda, de Guayana, para Guayana. Esa es una de las consecuencias de la falta de autonomía en las regiones de Venezuela. Todos los esfuerzos de los venezolanos del “interior”, todas sus riquezas, se orientan y “engordan” a Caracas, la sede “imperial” del Poder Político Nacional. ¡Qué “comunismo”, ni qué “comunas”, haciendo el ridículo, burlándose de si mismas, en una pantomima infernal! Las turbinas del Guri fatigándose para alumbrar a Caracas, mientras en las celdas de Alcasa y Venalum la alúmina se enfría y no se produce el aluminio; el cuadrilátero ferroso del Imataca ve bajar los vagones de hierro natural y no hay como encender los altos hornos para el acero. Los obreros piden limosnas y las empresas quiebran, mientras Guayana tan solo observa y nada le dejan hacer. Depredan su ambiente. La contaminan. Subrepticiamente introducen el monstruo del narcotráfico. Diría un antiguo líder de la misma Venezuela atrasada: “¿Es esto correcto?”.

Llegará el día, cuando Guayana despierte, asomada a los nuevos tiempos, en que pensará seriamente en la “expropiación” de aquellos bienes apropiados por la Nación, a favor de la Región. Pero expropiarlos no para volver a colocar burócratas, insensibles e incapaces, a dirigir sus líneas de producción. Buscará en Guayana y en el mundo a los mejores y más interesados inversionistas y emprendedores de cada sector industrial y escalará Guayana los altos sitiales de la perfección, en un planeta que existe y que espera por el éxito y la justicia de una economía de Regiones-Nación, en concordancia con un nuevo diseño de la producción en proceso continuo de cambio y transformación tecnológica optimizada. Llegará el día. Y cuando Guayana despierte, ya tendremos toda una sintomatología del amanecer de la nueva Venezuela. Despertarán Los Andes. Despertará el Zulia. Despertarán Los Llanos. Despertará Oriente. Despertaremos todos. Seguir secuestrados por una cuadrilla de supuestos líderes, encasillados todos en el mismo Miraflores de Caracas, es dejar que Venezuela termine abrevando el sabor amargo de una derrota milenaria, mientras su gente se entregue cada vez más al culto de la miseria por la miseria, de la pobreza del pobre, del atraso del atrasado. La hora del amanecer no surge de la nada; hay que crear las condiciones para que aparezca y cuando llegue, disponerse a una marcha triunfadora, incontenible, la que no terminará ni siquiera en el infinito. Esperemos, por ahora, al menos, que Guayana despierte.

grooscors81@gmail.com.-

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