Published On: lun, Jul 8th, 2013

Cuarenta años del diario 2001 y tres meses con Rafael Poleo

  2001 no ha tenido director tan brillante como Rafael Poleo

 

Por: Víctor Suárez*

Hace cuarenta años, al periodista Rafael Poleo le preguntaron si era factible un periódico totalmente adeco, con línea editorial expresamente adeca, con director extremadamente adeco y con periodistas terriblemente adecos, visto que ninguna otra experiencia (Ahora y El País, en los años 40, o La República en los 60) había resultado exitosa comercialmente. Se le ocurrió declarar lo siguiente: “No es así. Aquí tenemos, como Director Artístico de este nuevo periódico, a un militante de izquierda: a Víctor Suárez”. Era un escaqueo neblinoso, propio de su particular empleo simultáneo de la simulación y del estigma.

— Poleo si tiene bolas. ¿Quién le va a creer que un tiralíneas [el responsable del diseño gráfico] hará equilibrio? —escuché decir en el primer bar— ¿Tú? Y se reían en mi cara los camaradas de barra.

El Viejo De Armas, el dueño de los reales, había compuesto su propio silogismo, de premisas múltiples y tremenda conclusión universal positiva: si el gobierno que viene dentro de seis meses es adeco (Carlos Andrés Pérez) y el periódico que le mece la cuna es adeco, y además tengo la mayor distribuidora de medios impresos (Continental), si tengo el periódico de mayor circulación (Meridiano), si poseo las mejores revistas (Bohemia, por ejemplo), si mi planta de impresión (Primavera) es una de las más sólidas de América Latina, si vendo textos escolares a granel (Distribuidora Escolar), si he traspasado fronteras (Editorial América), no hay duda de que los anunciantes vendrán a mí que tengo flor.

A la calle. A las doce horas del día lunes 2 de julio de 1973 salió 2001, “El diario del siglo XXI”. Cien mil ejemplares tamaño estándar desparramados en toda Venezuela hicieron que temblara El Mundo.

Y parecía bonito, bien hecho, en offset, a todo color, estridente como ningún otro, con fotos inmensas, títulos gigantes y una contraportada del segundo cuerpo en la que el sensacionalismo era un primor que le hacía el almuerzo imposible a su contendor, el editor Miguel Angel Capriles, que mostraba a los decapitados en blanco y negro.

Por ochocientos mil bolívares de los de hace cuatro décadas, Armando de Armas había comprado al periodista y promotor boxístico Carlos González su parte en el diario Meridiano, que había fundado en noviembre de 1969 con el locutor Aquilino José Mata y el radiodifusor Felipe Serrano, creador del Circuito Nacional Rumbos. La base de la experiencia más exitosa en el periodismo deportivo venezolano estribaba en que era el único medio que publicaba los numeritos finales (box scores) de los juegos del béisbol profesional nacional y de Grandes Ligas, además de los pareceres de los boxeadores al final de sus combates. “¿Qué hizo Camaleón García anoche contra el Caracas?”, preguntaba algún fanático del Magallanes en cualquier bodega o plaza del país. Y le contestaban a coro los dos o tres que estaban a su lado: “De 5-4, un doble y tres impulsadas”. “¿Qué le dijo Pambelé anoche a Diógenes Carrillo?”, indagaba otro. “Lo de siempre: La bendición a mi mamá, a mi hermanito que le haga caso y que me jallo bien”. Eso sólo se podía leer en Meridiano. Ningún otro medio trasladaba al lector lo que pasaba trascorrales de los deportes más populares. Los lunes aparecía la magistral crónica de Rafael Villasana con fotos de El Pollo Sosa sobre la jornada dominical en el estadio universitario de Caracas.

Con 2001 la fórmula para competir era un poco más complicada. Los matraces de los ensayos hirvieron durante el mes de pruebas. No sería un matutino, que para eso estaban El Nacional, El Universal y Ultimas Noticias, pero tampoco sería un vespertino, que para eso estaba El Mundo, que salía a las tres de la tarde y ocupaba el nicho desde el 3 de febrero de 1958. Los matutinos cerraban informativamente sus primeras ediciones (las que van a la provincia por camionadas o en avión) a las siete de la noche, mientras que el único vespertino caraqueño, el que se debatía entre una esclavitud tranquila y una libertad peligrosa, lo hacía a las nueve de la mañana, pero con noventa por ciento del contenido masticado desde la noche anterior.

El modo de hacer. Rafael Poleo, que venía de ser el director de periódicos más joven que había tenido Venezuela (El Mundo, a los 23 años), con la experiencia de haber laborado con el marullero editorial más sagaz que haya producido el país, después de Tomás Lander y José Domingo Díaz un siglo antes, y dirigido los informativos de mayor audiencia de la televisión nacional, trazó dos líneas troncales para el nuevo producto un mes antes de su aparición en escena. Una, el periodismo político y económico intervenido, y dos, el suceso terminal, obtenido en las mismas fauces de la morgue y del hospital.

A partir de ese lunes bautismal, a las once de cada noche se reuniría un concilio en la recién estrenada sede del Bloque de Armas, en la esquina de La Quebradita, en el extremo sur de la Avenida San Martín. Entraban al despacho de Poleo, con sus tumbos característicos, Junio Pérez Blasini y Enio Peñalver. Le seguían la voz atronadora y procaz de Samuel Robinson, la discreción del hecho el pendejo Alfredo Carrasco, la algarabía de Yolanda Herrera, y les continuaban el tropel de galería, los de economía, deportes e internacionales. El último en arribar era el fotógrafo Rafael Chimaras, debido a que antes había tenido que revelar sus extraordinarias tomas.

Se notaba que venían de lagares y molinos. La noticia no estaba en las sedes oficiales de los partidos políticos, en los tribunales o en las entidades financieras, sino en sus respectivos refugios gastronómicos y etílicos. Allí fluían los datos urticantes, allí cernían la explicación de tal o cual postura del Buró Sindical de Acción Democrática o del Consejo de Ministros del fenecente gobierno de Caldera, allí encontraban al mesonero que filtraba la cita bancaria del día o al magistrado que adelantaba sentencias, allí estaba la noticia de abrir esa portada que casi siempre sorprendía.

Los lobos de la noche. Pero esa pesca sólo contribuía con la mitad del periódico. La otra mitad estaba en una sección que se llamó Caracas de Madrugada, cuyo real coordinador era el propio dueño. Dos reporteros y dos fotógrafos salían a medianoche a recorrer en pareja la ciudad desnuda. “¿Dónde están? ¿Por dónde van?”, preguntaba por teléfono la voz pausada y nada somnolienta de El Viejo De Armas, que no dormía hasta que la rotativa arrancara y le llevaran el primer ejemplar. “Ya revisaron la inspectoría de tránsito, el retén de occisos, los bulevares de Catia y de Sabana Grande, el Hospital Clínico y el de Los Magallanes, el Pérez Carreño y la Cruz Roja. Faltan la Disip en Los Chaguaramos, la PTJ en Parque Carabobo y la central de policía en Cotiza. ¿Y La Planta?” “Está tranquila, Don Armando”, reportaban paso a paso, crimen a crimen, desde la central de radio.

Meridiano había instituido la contraportada farandulera, especialmente dedicada a lo que el fotógrafo Dímas Hernández llamaba El Culo de Hoy, que era un desfile cotidiano de modelos, actrices, misses, bailarinas o alternantes con lentejuelas dudosas que posaban para carretes de película en formato 4×4. Las escogía el director Efraín de la Cerda, el antiguo moderador del programa La Craneoteca de los Genios que se había transmitido desde 1960 todas las semanas por Radio Caracas Televisión (Los Genios fueron interpretados alternativamente por María Teresa Acosta, Cayito Aponte, Pedro Espinosa, Charles Barry y Jorge Tuero), pero las leyendas conmemorativas de tan solemnes protuberancias las hacía el jefe de redacción Rafael Ruggeri, experto en tablaos flamencos y perfumes de Jamaica.

En su par del ala sur del mismo edificio, en 2001, lo que se cocía para la recontraportada era El Muertico de Hoy. A las seis de la mañana regresaban los emisarios, con su cargamento de formol. Los recibía el gallego más tozudo de cuantos he conocido: el diligente coruñés Manuel F. Ponte, a quien llamaban El Duende Intrépido y que fungía de jefe de información de las madrugadas. En mi mesa de dibujo se desparramaba la sórdida cosecha de la aurora, estampada en pruebas de fotos de grano fino y aroma luctuoso. Tiroteados, violados, mutilados, junto a tiroteadas, violadas y mutiladas, por un lado. En la otra punta, las redadas, las putas al redil, marihuaneros arrestados con sus panelas, la sampablera en el burdel, el decomiso de las nieves eternas de Kilimanjaro, el choque múltiple en la Autopista del Este, el puñal clavado en el esternón, la detención de algún perseguido que aún no se había pacificado y también cualquier detalle que pudiera afectar al competidor de la Torre de la Prensa, al lado del Panteón.

Uñas nacaradas. De manera que esos dos momentos estelares de cada jornada debía afrontarlos con rigor, porque al fin y al cabo estaba a mi cargo el emplane del periódico (y su tránsito de la redacción al taller de composición e impresión). A las doce de la noche, la información política, unas cuatro páginas seguidas, y la portada. Al despunte del alba, tres páginas finales y la contraportada del segundo cuerpo, más alguna información internacional. A las ocho de cada mañana, la nueva rotativa, que había sido instalada en la nueva sede (la vieja, la que imprimía Meridiano, se había quedado con sus achaques en el local de enfrente, donde la había dejado Carlitos González), tenía que arrancar a todo vapor. Para la edición metropolitana, que salía a las doce del mediodía, había chance para un par de notas más, casi siempre petardos exclusivos de los que se quisiera dejar rastro instantáneo, como alguna manifestación de respaldo a Francisco Olivo, presidente de la Confederación de Trabajadores de Venezuela, que se estaba formando en la Plaza O´Leary de El Silencio, o algún intento de acercamiento de Jóvito Villaba con los perezjimenistas para las elecciones de diciembre, según dato escapado a última hora de la Torre Polar donde estaban las oficinas del calvo margariteño.

En los medios en los que había trabajado hasta entonces (el Semanario Bravo Pueblo, bajo la dirección de Caraquita Urbina; el quincenario Deslinde, bajo la compulsa estalinista de Héctor Rodríguez Bauza; el diario Punto, conducido por Eleazar Díaz Rangel; la revista Vea y Lea, con Carlos Dorante, aquel que se había traído de su época de agregado de prensa en Reino Unido un soberbio Mercedes Benz con el volante a la derecha; y en Meridiano, bajo las tutorías sucesivas de González, Delio Amado León y De la Cerda), no había visto que los redactores escribieran sus reportes y crónicas a doble espacio en sus aún imprescindibles Olivetti-Remington-Underwood-SmithCorona. En 2001 los reporteros escribían a máquina a doble espacio para permitir que el escalpelo del director interviniera cómodamente en la producción informativa. Poleo, con mano suave de uñas creo que laqueadas, sin temblor alguno, con fulgurante anillo dorado en el anular derecho, recorría y recomponía con su escritura elegante y minuciosa párrafo tras párrafo de cada redactor.

Más que una lectura y edición periodísticas, era una revisión ideológica y política, donde la inquina, la intriga, el curare letal, eran añadidos sin pudor. Como la mayoría de los aportantes pertenecía a la misma cáfila y le estaban subordinados por afinidad política, no había reacción ante la violación sistemática de la integridad de los textos. “A Junio le encanta que Rafael le corrija porque le pone más picante”, decía alguno para disfrazar su propio regusto, o “A Yolanda Herrera tal edición le venía muy bien porque después de todo escribía muy mal”. Pero llegó un momento en que una reportera reviró, armó un peo, denunció tal práctica y logró que sus textos se publicaran tal cual como los había entregado, o que no se publicaran, para que la censura fuera expresa.

Aunque no se crea, en AD existía un “ala luminosa”, amante del vino de crianza y de los escargots a la meunière, conducta políticamente envidiada que venía del antiguo PDV medinista, donde anidaron a inicios de los cuarenta muchos intelectuales comunistas venezolanos cuyas exquisitas charlas giraban alrededor de los Quai del Sena y del Folies Bergère en las que celebraba que el Ejército Rojo marchaba impetuoso hacia Berlín, aunque su deporte favorito siguiera siendo el dominó, que era el placer parroquial que más acercaba al general Isaías Medina Angarita al aún no prócer civil Rómulo Betancourt. En este caso, Gonzalo Barrios, Reinaldo Leandro Mora, Jesús María Machín y Enrique Tejera París eran los oficiantes más destacados del llamado Grupo París, a los cuales se acodaba Poleo para darse lustre y practicar francés. Era una de sus fuentes de inspiración política y de distinción ante el adeco simple pata en el suelo. Allí, digamos que entre las candilejas del restaurant La Cigogne, decidió que la opinión en su experimento 2001 debía expresarse en forma de Editorial, en lugar de la escueta mancheta que había insertado con éxito El Nacional desde su nacimiento en 1943. Desde ese púlpito se explicarían, él, en lo político, y el dueño a través de él, en lo económico. El Editorial había vuelto al periodismo nacional, después de haber sido desechado por excesivamente ladilla o por tentador del lápiz rojo de la última dictadura militar.

Otro de sus manantiales surgía del bajo fondo policial, como diapasón prolongado de luisaugustos y sordosvaleras en los lúgubres despachos de la esquina de Carmelitas, donde estaba el Ministerio del Interior.

Pero, según sus propias palabras, verdaderos maestros fueron dos mellizos empresariales que se pelearon entre sí y ambos con el propio Poleo, que fueron Miguel Ángel Capriles Ayala y Armando De Armas Meléndez. “Dos grandes hombres, cada uno a su manera. Con Miguel Ángel yo aprendí a hacer periódicos, y con Armando aprendí a administrarlos”.

Noche sin ronda. Durante tres meses nos habíamos topado todos los días, sólo por razones profesionales. La última vez que tuve oportunidad de verlo pero no lo vi, fue una noche fatal. Había roto, nunca supe por qué, con Armando de Armas, o viceversa. Larga relación, que comenzó luego de su salida de la dirección de los noticieros de RCTV. Con las revistas Bohemia y Momento y finalmente con 2001, donde estuvo durante la fragua, el champañazo y en el par de meses iniciales.

Algo rompió el lazo umbilical, pero fue un estallido terminante, dada la violencia del uno contra el otro.

Esa noche, al llegar al edificio sede, encuentro que el sitio estaba tomado. Un pelotón de la policía política rodeaba el lugar, un camión de la brigada anti-explosivos desplegaba cajuelas blindadas y escaleras de rescate. Registro, identificación, usted, con ese carnet de director artístico, por favor pase por aquí. Subí al cuarto piso y todo era pavor. Sabía cómo eran los allanamientos de la antigua Digepol y de la nueva Disip, pero esta vez se trataba de un procedimiento aupado por un dueño de empresa que quiere salir de un empleado, no de un sicario con chapa que quiere eliminar a un perseguido buscado por subversivo. Iris, la secretaria del director de Meridiano, me hace señas de no hablesno preguntes, de calláte corazón no digas nada, como suena el porro colombiano. No logro llegar hasta el ala de la redacción de 2001. Me dicen que habían descubierto una bomba en la rotativa, en los sótanos, que la bomba había sido colocada por Poleo, o por gente suya, que por eso habían llamado a la Disip, que los tres hijos varones y el mismo Viejo De Armas estaban allí, dirigiendo la evacuación del personal.

La evacuación era un desalojo sin esposas, una fila india de reporteros, editores y fotógrafos escoltados por la policía política que pasaba delante de mí, pero Poleo no estaba con ellos, ni al frente ni en el montón. La corte iba en silencio, cabizbaja y aturdida, rumbo al descensor que los llevaría a la puta calle. El jefe inmediato superior había volado.

Dos semillas. Cuando Augusto Pinochet derroca a Salvador Allende, el 21 de septiembre de 1973, once semanas después de la aparición de 2001, el director del periódico era el “senador rebelde” Leonardo Montiel Ortega y el jefe de redacción era el chileno Rafael Kittsteiner, el revistero preferido del Bloque De Armas. Este sureño, de canto fascio y camisa parda, se paseaba por los pasillos haciendo ejercicios cuasi-militares, quizá en preparación de su posterior cargo como director de prensa de Televisión Nacional de Chile (entre 1984 y 1988), el brazo propagandístico de la dictadura.

No permanecí en ese diario sino unos meses más. En abril de 1974 me incorporé a la secretaría de redacción de El Nacional. Pero había dejado un par de semillas en La Quebradita. Una, el diseño de la portada que brilló con variantes durante 35 años y que según sus dueños “revolucionó las primeras planas en el país”. Y dos, a Vladimir Ojeda Negretti, un sobrino político del dirigente del PCV y luego del MAS Pompeyo Márquez que había bajado de la guerrilla con un tiro en la nalga y pretendía ganarse la vida pintando muñequitos (comics). Entrenado en Meridiano y luego transportado a 2001 como diagramador, le dije la última noche que pasó conmigo: “Aquí tiene usted este tipómetro de metal y esta escuadra de plástico. Defiéndase del agua mansa que de la brava me libro yo”. Ocupó mi lugar. Estuvo allí hasta hace muy poco, creo que durante 37 años seguidos. Llegó a ser director, hasta que la tercera generación De Armas se posesionó.

En cuarenta años de feliz o torcida existencia, 2001 no ha tenido director tan brillante como Rafael Poleo. Su calidad como titulador preciso y elocuente lo hacen incunable. Sus dardos envenenados de alcance súbito fulminante, o por elevación, eran proverbiales. En el anverso
del periódico dejó su estampa, pero el reverso se lo reservó para siempre El Viejo De Armas.

A ninguno de los dos los vi nunca más.

Prodavinci

*Periodista venezolano residenciado en Madrid. Editor de Inside Telecom

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