Publicado el: Dom, Dic 8th, 2013

Cuba y Exilio: ‘La Coca-Cola del olvido’

Por: Daniel Shoer Roth

 

Cualquier día, a cualquier hora, y en cualquier lugar de Cuba, una celebración tiene lugar. Un cubano emigra a Estados Unidos, ya sea por la vía legal, mediante un tercer país o en embarcaciones ilegales. Familia, amigos y vecinos se reúnen para desearle dicha y la mejor de las suertes allende los mares, en la “tierra prometida”. Muchos vierten una cascada de lágrimas agridulces y otros, vestidos con corazas, derraman las lágrimas en el corazón.

A menudo, por no decir que siempre, estas emotivas despedidas terminan con un refrán que reza: “No te tomes la Coca-Cola del olvido”. En otras palabras, no relegues de nosotros en medio de la bonanza, ni desatiendas nuestras necesidades económicas. Aunque no estés aquí, mantennos presente.

Como los israelitas que cruzaron el Sinaí con la promesa de entrar a una tierra fértil que mana leche y miel –y resultó un inhóspito desierto–, los cubanos recién llegados al sur de Florida tampoco encuentran la leche o la miel. Les toca llevar el fardo pesado de la adaptación a una nueva lengua y cultura. No consiguen empleo con facilidad, a menos que sea mal remunerado. Son víctimas del prejuicio. Y los familiares o amigos que los hospedan eventualmente se cansan y les dan la espalda.

La noción de Estados Unidos que guardan los parientes en Cuba no concuerda con la realidad que experimentan estos inmigrantes. Entonces, tarde o temprano, la profecía de la Coca-Cola se cumple. Tradicionalmente, son tres los escenarios:

LA PRIMERA COCA-COLA

La falta de capacitación del emigrado –aunque tenga título universitario– se suma a un mercado laboral deprimido y muy competitivo. En Miami, “no es fácil” salir adelante. La ayuda financiera del gobierno, amparada bajo la Ley de Ajuste Cubano, tiene fecha de caducidad. Además, hay familiares y amigos, inclusive aquellos que los motivaron a emigrar, que no pueden cumplir sus promesas de alimentarlos, proveerles techo y conseguirles trabajo.

Abrumados y desconsolados, estos individuos deben buscar la manera de “pagar los bi les”. Por un asunto de supervivencia, no pueden ayudar a sus seres queridos en la isla. Pero los familiares no los comprenden, convencidos de que en EE.UU el dinero crece de los cocoteros. ¿Vieron la rapidez con la que tomó la Coca-Cola del olvido?

LA SEGUNDA COCA-COLA

Estos inmigrantes tienen dos empleos o más y “nos matamos por ayudar a la familia”. Envían remesas, encomiendas de alimentos y medicina. Viajan a la isla al estilo de Santa Claus, cargados de enseres de primera necesidad y otros artículos que allá carecen. Regalan ropa de marca fina, televisores plasma, videocámaras, otros equipos electrónicos y electrodomésticos. Aprovechan la visita para abastecer las neveras y dejar dinero en efectivo.

Todo ello comporta enormes sacrificios en la calidad de vida que hacen estos cubanos en Miami, quienes regresan en bancarrota económica y moral. Sin embargo, en Cuba, al verlos bien vestidos y con dólares en el bolsillo, los familiares comienzan a tener altas expectativas y se creen con derecho, como si el expatriado estuviera en deuda. Piden y piden sin hacer el mínimo esfuerzo de superación personal (¿y es que pueden hacerlo?) y a veces sin dar señales de gratitud.

El corolario de esta dinámica –algunos emigrados sienten que las familias abusan de su bondad– es la apatía, la decepción y el abandono. Al cabo de un tiempo, terminan con una Coca-Cola del olvido en la mano.

LA TERCERA COCA-COLA

Igual que hay cubanos emigrados en años recientes que están “comiéndose un cable”, otros, con gran esmero, un soplo de buena suerte u otros medios alternativos no plausibles, logran el Sueño Americano. Compran casas en vecindarios de buena reputación, conducen vehículos del año, y llevan un tren de vida típico de la clase media o, los más favorecidos, del nouveau riche.

De un segmento de este colectivo depende la subsistencia de familias en Cuba aferradas al salvavidas económico que les lanzan desde este lado del Estrecho de Florida. Muchos otros, empero, parecen sufrir una epidemia de amnesia y olvidan a las personas que quedaron en la miseria. El dinero los encandila o simplemente optan por sepultar el pasado. Beben, con gusto, la espumosa Coca-Cola del olvido, ganándose el resentimiento de sus familiares en la isla.

¿UNA CUARTA COCA-COLA?

Hay otros factores subjetivos que pueden influir en que se confirme la premisa de este popular lema. Un ejemplo actual es la suspensión de servicios consulares en la Sección de Intereses de Cuba en Washington, que ha dejado en limbo a cientos de cubanos con planes de viaje y en espera de un pasaporte nuevo –cuyo costo oscila entre $400 y $430– o una extensión ($200 – $220).

Los afectados han informado a sus familiares de los tropiezos que pudieran impedir la visita. Pero en Cuba la incredibilidad tiene raíces tan profundas que hay personas que interpretan esto como una justificación del emigrado para no visitar.

La comunidad cubana en el exilio mantiene a flote la economía de la isla que abandonó, en beneficio del gobierno de La Habana. Las familias divididas geográficamente se fragmentan aún más por los problemas derivados de esta codependencia monetaria. Y los miembros de este nuevo exilio –constituido por motivos económicos– se sienten incomprendidos en Miami y en Cuba. Adoloridos, y para olvidar sus penas, destapan una botella de Coca-Cola.

El Nuevo Herald

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