Publicado el: Dom, Mar 15th, 2015

DANIEL SHOER ROTH: Visa para entrar a tu país

Para los venezolanos en el sur de Florida, cada día Venezuela parece estar más alejada, como si el mar Caribe que separa de la geografía natal tuviera la vasta superficie del océano Pacífico.

El país ha descendido hasta el lecho del Abismo Challenger, lo más profundo de la corteza terrestre, un inhóspito tártaro de aguas muertas y oscuridad perpetua. Cualquier inmersión es una expedición de espanto. Dan fe de esta dolorosa experiencia quienes se sumergen: aquellos que, cuando regresan a visitar su patria, se sienten perdidos en una selva.

No es solo un hecho social, sino de identidad. Pese a que todos somos hermanos, la ideología bolivariana chauvinista del régimen ha sembrado, con impecable destreza, la animadversión de Caín y Abel. Se escucha la sangre inocente “clamar desde el suelo” (Génesis 4, 10). Vilipendiándonos como la “burguesía parasitaria y apátrida”, a los venezolanos en el exterior nos intentan hurtar nuestra venezolanidad; borrar nuestras huellas; desmembrar la historia común que nos entrelaza.

Uno de tantos artificios son las gestiones consulares y el humillante recibimiento en el Aeropuerto de Maiquetía Simón Bolívar por parte de funcionarios de inmigración y aduana, fruto de la envidia y el resentimiento, en especial a los venezolanos con doble nacionalidad, portadores del anhelado pasaporte azul marino de Estados Unidos.

Ante todo, suele ser una pesadilla obtener documentos oficiales, especialmente en Florida donde la comunidad más numerosa de coterráneos fuera del territorio nacional es martirizada –¿acaso como castigo a su éxito?– con la ausencia de un consulado. Recibir la pensión del retiro o subsidios estudiantiles, renovar pasaportes, obtener constancias de domicilio, poderes para vender propiedades o redimir una herencia, partidas de nacimiento y documentos de viaje para menores, representan una compleja odisea. Es menester trasladarse a otras ciudades y ni ese gasto garantiza un buen resultado.

Nada de eso, empero, se compara con el duelo de verse obligado a obtener un visado para sentir deslizarse en los puños cerrados, con los dedos entreabiertos, la tibia arena que reviste la raíz del árbol ancestral.

La nueva resolución que, por reacciones políticas, impone la obligatoriedad de visa a los estadounidenses para ingresar a este país en el cual el sol dora descollantes paisajes y los bosques amazónicos matizan su verdor con el turquesa del infinito cielo, ha dejado en un limbo a los venezolanos con doble nacionalidad cuyo pasaporte venezolano está vencido y no pueden valerse de triquiñuelas para obtener uno nuevo.

¿Tendremos que recibir autorización –y para ello, revelar información financiera apetitosa para los secuestradores– a fin de pisar nuestro propio suelo?

Sin duda, los más perjudicados son los hijos de los venezolanos que en los últimos decenios emigraron a Estados Unidos y son norteamericanos de nacimiento –pero venezolanos de alma y corazón.

Una de las primeras víctimas de esta arbitrariedad es Samia Daoud, ciudadana estadounidense de padres venezolanos deportada hace unos días con su retoño de dos años a quien llevaba a conocer su familia. Una vez que pasó por inmigración y sellaron su pasaporte, agentes la detuvieron en Maiquetía porque carecía de visa, según relata la joven mujer a Univisión 41 en Nueva York, ciudad de su residencia.

“Me dolió mucho porque sabiendo que yo estaba detrás de una puerta y mi hermana de la otra, y que yo no podía salir a abrazarla; que no me permitieron ir aunque sea a verla, aunque sea a darle un abrazo; me pareció muy injusto”, afirma, al describir un diálogo que arroja luces sobre la escisión del pueblo venezolano:

—¿Pasaporte azul? —le preguntan.

—Sí, aquí los tengo —responde en un español con el acento venezolano acendrado, mientras los funcionarios chavistas se los arrancan de la mano.

—Como en Estados Unidos están haciendo lo mismo con los venezolanos –justifican– tenemos nosotros los venezolanos que pagarles con la misma moneda.

“Me negaron mis derechos; no me permitieron ni llamar a mi familia a explicarle dónde estoy o porqué me estoy yendo”, asevera en la entrevista con el canal neoyorquino. “Me trataron mal, como si hubiera sido una criminal”.

Al no haber vuelos disponibles a Nueva York, los deportaron a Trinidad y Tobago sin abonar sus pasajes. Una abogada de inmigración en Miami y presidenta de la Cámara de Comercio Venezolano Americana, Adriana Kostencki, ilustró a The Miami Herald la disyuntiva de venezolanos con hijos de nacionalidad estadounidense que vinieron al sur de Florida y desconocen si podrán retornar a sus hogares.

Son despreciables medidas que pretenden entorpecer la comunicación personal y los vínculos emocionales de los venezolanos que salen, por distintas causas, a la diáspora con la Patria en el corazón e inculcan a sus hijos ese amor auténtico por un lugar que ya no reconocen, pero que tampoco olvidan. Ninguna visa nos impedirá entrar a esa Venezuela que también es nuestra.

El Nuevo Herald

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