Publicado el: Vie, Nov 22nd, 2013

Demócratas cambian reglas del Senado americano

Cansado de buscar consenso, Obama ha provocado un cambio de las reglas de juego que le quita considerable poder a la oposición en el Senado

El Senado elimina el veto minoritario a los cargos elegidos por el presidente

 

En una decisión histórica de enorme repercusión en el funcionamiento del sistema político de Estados Unidos, los demócratas en el Senado, hartos de lo que consideran una sistemático obstaculización de la acción de gobierno, eliminaron este jueves la norma que durante décadas ha permitido a la minoría bloquear las designaciones del presidente para puestos en el Gabinete y los principales cargos judiciales.

Por 52 votos contra 48, los demócratas han sacado adelante una nueva reglamentación que permite la confirmación de todos los nominados por la Casa Blanca, con excepción de los miembros del Tribunal Supremo, por mayoría simple, lo que reduce sustancialmente una tradición de filibusterismo que era una de las características fundamentales del sistema político norteamericano.

Este paso, tan grave que se conocía coloquialmente como “la opción nuclear”, es la consumación del constante incremento de la polarización política desde que Barack Obama llegó al poder y, probablemente, liquida cualquier posibilidad de actuación bipartidista en todo lo que resta de la actual Administración.

Al defender su propuesta, el líder de la mayoría demócrata, Harry Reid, manifestó que “es hora de cambiar el Senado antes de que esta institución se haga obsoleta”. En su respuesta, el líder de la oposición republicana, Mitch Mcconnell, advirtió: “Lamentarán lo que han hecho, y lo lamentarán antes de lo que creen”.

Este obstruccionismo”, dijo el presidente, “no es la oposición a las personas que yo escojo, es la oposición a la política que los norteamericanos eligieron”

Obama compareció ante los periodistas unos minutos después de la votación en el Capitolio para respaldar la decisión tomada por sus compañeros de partido y acusar a los republicanos de “abusar de tácticas y procedimientos parlamentarios” para impedir que quienes fueron elegidos por los ciudadanos en las urnas puedan cumplir con su obligación de gobernar. “Este obstruccionismo”, dijo el presidente, “no es la oposición a las personas que yo escojo, es la oposición a la política que los norteamericanos eligieron”.

La necesidad de limitar el filibusterismo en las designaciones presidenciales, la mayor parte de las cuales requiere confirmación del Senado, ha sido discutida durante años en este país, tanto cuando los demócratas tenían mayoría como cuando la tenían los republicanos, pero nunca nadie se había atrevido a avanzar en una medida que pone en cuestión la esencia misma bajo la que ha funcionado esta democracia desde su nacimiento: el respeto sagrado a las minorías.

Pero ese funcionamiento, a juicio de los demócratas, se ha visto amenazado por la decidida voluntad de los republicanos de torpedear el derecho del presidente a elegir a los colaboradores que prefiera y a modelar la composición de los principales tribunales de justicia de acuerdo a sus criterios, tal como han hecho todos los presidentes antes de Obama. Aunque el recurso al filibusterismo ha existido siempre, particularmente desde que en 1917 se aprobó la norma que requiere 60 de los 100 votos del Senado para permitir que una propuesta sea votada en el pleno, nunca se había utilizado con la frecuencia que ahora. Cuando Lyndon Johnson era líder de los demócratas tuvo que hacer frente a un caso de filibusterismo; Reid ha conocido ya más de 400.

La gota que ha colmado el vaso ha sido el bloqueo en las últimas semanas de los tres jueces designados por Obama para cubrir vacantes en el Tribunal federal de Apelaciones del Distrito de Columbia, el segundo más importante del país, bajo explícita confesión de los republicanos de que no iban a permitir que el presidente hiciera más nombramientos en esa corte, esencial en la mayor parte de los casos que pueden acabar en el Supremo.

Antes de eso, numerosos cargos de relevancia en el equipo de gobierno de Obama, entre ellos el último secretario de Defensa, han tenido que esperar meses antes conseguir su confirmación, lo que frecuentemente ha ocurrido a cambio de importantes concesiones políticas de parte de los demócratas o de la Casa Blanca.

“Basta ya”, dijo el senador Reid al asumir la gran responsabilidad de someter a votación la norma aprobada este jueves. El propio Reid se opuso a hacerlo hace tres años. Los demócratas podrían perder la mayoría en las elecciones legislativas del año próximo o en 2016 y la nueva regla podría volverse en su contra. Pero la situación había llegado a un punto en el que Obama se veía, literalmente, con las manos atadas, no ya para sacar adelante las reformas prometidas, sino para garantizar el funcionamiento básico de las instituciones judiciales fundamentales.

La drástica medida adoptada por los demócratas en el Senado de reducir la capacidad de bloqueo de la minoría es un puñetazo sobre la mesa de Barack Obama en un momento en que su presidencia se tambalea y su autoridad es puesta en duda desde los cuatro costados.

Cansado de buscar consenso, de intentar la aproximación a los republicanos día tras día, ley tras ley, durante cinco años, Obama ha decidido lo que nadie esperaba: un cambio de las reglas de juego que le quita considerable poder a la oposición en el Senado y le deja claro a todos –esa es la intención, al menos- quien manda todavía en esta ciudad.

Obama puede ser criticado por actuar como los malos perdedores, que cambian las reglas a mitad del partido. Incluso se le puede acusar de haber violado el espíritu fundacional de esta democracia

Se trata de un paso arriesgadísimo. Cualquiera que afecta a la forma en que el sistema político norteamericano ha funcionado durante décadas lo es. Obama puede ser criticado por actuar como los malos perdedores, que cambian las reglas a mitad del partido. Incluso se le puede acusar de haber violado el espíritu fundacional de esta democracia. Pero es evidente que necesitaba hacer algo, y algo grande, para poner fin a esta sensación de muerte prematura en la que había caído su gestión.

El líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, enseguida ha acusado a sus rivales y a la Casa Blanca de haber provocado una maniobra de diversión para evitar que el debate entre la opinión pública siguiera enfocado en el desastre de la reforma sanitaria. Obama, por su parte, ha recriminado a la oposición por utilizar el reglamento del Congreso para quebrantar la voluntad popular, que lo eligió a él, y no a otro, como presidente hace apenas un año.

Obama, probablemente, era consciente de que este paso había que darlo ahora o nunca. No solo porque ahora aún está a tiempo de salvar su presidencia, sino porque está ya a punto de perder el apoyo que requiere en su propio partido para una aventura similar. El debate de la reforma sanitaria está minando la posibilidades electorales de los demócratas, que cada vez están más incómodos al lado del presidente.

Son muchos los norteamericanos que aún esperan ver otra versión de Obama, un lado más enérgico, más firme, más combativo

Todavía, sin embargo, de la mano de uno de sus principales aliados en el Capitolio, el senador Harry Reid, y apoyado en un equipo dirigente que aún le guarda fidelidad, Obama ha demostrado conservar la autoridad suficiente como presentar este inesperado desafío.

Para defender ese paso, Obama ha tenido que recurrir a una redefinición de las normas del sistema político norteamericano. Este sigue siendo formalmente el imperio de las mayorías, ha recordado este jueves. Pero la realidad, añadió, es que “el voto mayoritario no sirve ya ni para cumplir con las más elementales tareas diarias de gobierno”.

El presidente sabe que, a partir de ahora, no podrá contar para nada con los republicanos, lo que, seguramente, condenará la reforma migratoria –todavía pendiente de votación en la Cámara de Representantes- al ostracismo. Obama puede olvidarse de cualquier colaboración para cerrar Guantánamo, para negociar con Irán o para un plan más ambicioso contra el cambio climático. Pero el cálculo que él ha debido de hacer es el de qué importa eso, puesto que tampoco contaba con esa colaboración cuando vestía piel de cordero.

Obama ha conseguido confundir a los republicanos, que ahora están obligados a ceder o a jugar más fuerte aún, lo que solo los llevaría a una mayor y más impopular radicalización

Este jueves el presidente sacó sus garras de lobo. Varias organizaciones sociales próximas a la izquierda manifestaron rápidamente su entusiasmo. Son muchos los norteamericanos que aún esperan ver otra versión de Obama, un lado más enérgico, más firme, más combativo.

Hay que esperar a ver si el gesto de este jueves es el anticipo de nuevas acciones audaces de parte de la Casa Blanca o es una mera táctica intimidatoria. Después de lo visto en los últimos cinco años, cuesta imaginar a un Obama diferente. Pero, de momento, Obama ha conseguido confundir a los republicanos, que ahora están obligados a ceder o a jugar más fuerte aún, lo que solo los llevaría a una mayor y más impopular radicalización

El País .

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