Publicado el: Mar, Nov 17th, 2015

El Bitcoin y su cadena de bloques que lo hace funcionar

bitcoin (600 x 400)
«Blockchain», la base tecnológica de Bitcoin que sacude el sistema financiero
La clave está en la tecnología. Es la «cadena de bloques» la verdadera revolución que Bitcoin ha sacado a flote. También para la banca. La moneda digital abre además un nuevo camino en el mapa de carreteras de la economía colaborativa

En marzo de 2014, un abogado español de Abanlex, despacho especializado en tecnología e internet, llevó hasta el Congreso de los Diputados una bandeja de «cookies» (galletas) compradas con bitcoins. El presente no era más que un reclamo para llamar la atención de los allí reunidos sobre un aspecto muy concreto de esta pionera moneda virtual, la más fuerte de las 600 que circulan por internet. En la «cadena de bloques» o «blockchain» en que se basa toda la red Bitcoin -una especie de libro de contabilidad virtual público, compartido por un conjunto de usuarios y en constante actualización- , es decir, en la tecnología que ha hecho posible su funcionamiento, pueden grabarse de forma anónima frases que jamás podrán ser borradas ni modificadas. Un conjunto de palabras a las que se puede acceder de forma gratuita desde cualquier lugar del mundo y sin posibilidad de que ningún Estado las controle o fiscalice.

El joven letrado puso como ejemplo un mensaje propio, un imborrable aviso a navegantes sin más importancia que la breve advertencia que en sí incluía: «After all, with the BC we can do great things. Terrible, yes, but great». (Después de todo, con la “cadena de bloques” se pueden hacer cosas grandiosas. Terribles, sí, pero grandiosas).

Autopista hacia…?
«¿Y si hubiese escrito datos personales, amenazas o algo peor…?», se pregunta su autor, Pablo Fernández Burgueño, abogado y profesor del Programa de Ciberseguridad de Deusto Business School. «Este mecanismo bien usado -advierte- puede servir como registro de la propiedad intelectual o como base de datos de las cuentas del Estado. Pero el mal uso de esta tecnología puede ser terriblemente irreversible». Por ello, resume, «Bitcoin, como tal, es legal; las que tienen difícil encaje legal son muchas de las situaciones que el uso de esta tecnología permite».

Su supervivencia, como la del euro, es hoy una gran incógnita. Pero es precisamente esa capacidad de circular sin la regulación de una autoridad central ni supervisión bancaria la que ha hecho fluctuar a esta moneda entre certificados de legalidad e ilegalidad, en un «mundo oficial» que trata de subirse al furgón de cola de un tren imparable, el de la economía colaborativa.

En un entorno digitalmente más formado que en 2009, los usuarios de bitcoin han visto cómo el valor de este medio de pago internacional, definido como «unidad de cuenta con base criptográfica», se ha mantenido más o menos estable desde 2014 -en torno a los 250 dólares-, en comparación a los grandes altibajos registrados en fechas anteriores, y a pesar de los usos dudosos que se le atribuyen en el lado más oscuro de internet. «Pero aún es pronto para confiar en esa estabilidad, su volatilidad con respecto a cualquier divisa de referencia es extremadamente elevada», matiza Borja Foncillas, socio de Desarrollo Tecnológico de Analistas Financieros Internacionales (Afi).

De la duda al escándalo
Sigue siendo una enigmática y peligrosa moneda para el común de los mortales, más al tanto de los escándalos protagonizados por sonados fracasos como el del portal de transacciones MTGox, que de las múltiples posibilidades de desarrollo en abierto que ofrece su tecnología. «Aunque los usos dudosos que se le atribuyen son equivalentes a los que se puedan atribuir al efectivo, cuyas transacciones se pueden realizar sin intermediario, traza o registro identificativo. Eso sí, bitcoin cuenta con la ventaja de que las transacciones son digitales e inmediatas», aclara Foncillas.

El quid de la cuestión, mantenía en portada hace unos días The Economist, no está en la moneda, sino en esa cadena de bloques que hace que gire la rueda de bitcoin mediante una relación sin intermediarios ni «guardianes» de la seguridad global, de ordenador a ordenador, de «minero a minero» -que es como se denomina a los especializados buscadores de este oro digital-, con la confianza puesta en la propia seguridad del sistema.

«Es curioso -añade Fernández Burgueño- cómo durante mucho tiempo, la gente solo ha prestado atención al detalle de la moneda digital como vector especulativo (comprar barato para vender caro), mientras la cadena de bloques iba desarrollándose sigilosamente por debajo».

Una circunstancia que no ha favorecido la velocidad en términos de regulación. Una enorme variedad de leyes acostumbradas a acotar dentro de sus parcelas «cosas» tangibles tienen ahora que hincar el diente a una tecnología disruptiva, con una prodigiosa base matemática y validez internacional. «La regulación está tardando en llegar y, más aún, en converger. Pero en muy pocos países han regulado en el sentido de considerarlo ilegal, aunque en muchos casos la legislación al respecto es inexistente o poco concreta», explica Foncillas.

En España, «sensatez»
«Afortunadamente España se ha posicionado internacionalmente como uno de los países más sensatos a la hora de aceptar la evolución del bitcoin dentro de sus fronteras», afirma Fernández Burgueño. «Ya en 2014 -continúa- la Agencia Tributaria española declaró que el bitcoin es un medio de pago (V1029-15), declaración que ha sido reforzada por una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea en el mismo sentido».

La alarma ante lo nuevo, como en el caso de otras transformaciones recientes -también cuestionadas, como Napster, y después reconducidas hacia modelos legales, como el de Skype o Spotify- está en el aire; y por supuesto, en el corazón del sector financiero. Para reforzar esta tesis, el semanario inglés citaba la reciente unión de 25 grandes bancos al proyecto de una «blockchain startup», R3 CEV, que experimenta con un uso «regulado» de esta tecnología. En España, por ejemplo, Impact, la aceleradora de proyectos de internet móvil creada por ISDI (Instituto Superior para el Desarrollo de Internet), impulsa una app (Tab Trader) pensada para favorecer el intercambio entre criptomonedas.

Pero tambien la banca «está considerando “blockchain” como una oportunidad. Todos los grandes grupos financieros están estudiando esta tecnología de manera interna, a través de participación en compañías Fintech (finanzas + tecnología) o asociándose con terceros», resume Foncillas.

La unión hace la fuerza
«Las entidades financieras – coincide Rodrigo García de La Cruz, director de Financial Innovation & Technology en IEB- se han dado cuenta del gran potencial que tiene la cadena de bloques y de cómo podría cambiar la forma de hacer banca. Por este motivo se están uniendo para poder utilizar esta tecnología para su propio uso, con el objetivo de convivir con ella en vez de competir contra ella».

Javier Martín, fundador de Loogic.com, va un paso más allá. «Hay una alta probabilidad de que dentro de diez años se haya producido un cambio gigantesco en el mundo financiero. Muchos grandes bancos ya han quebrado, otros han sucumbido por su propio peso… Creo que en el futuro veremos cómo este sector no depende como hasta ahora de grandes monopolios sino de miles de empresas muy especializadas. Ya lo estamos viendo con el desarrollo de las plataformas de “crowdlending”, que pronto tomarán el protagonismo de la parte de préstamos especialmente a pymes, un negocio que es muy difícil que vuelva a ser exclusividad de la banca».

Por lo que no cabe duda de que «se están reduciendo cada vez más las barreras de entrada», recalca Foncillas. La llegada de nuevos actores (startups fintech, los gigantes de internet, operadores móviles…) así lo corroboran.

«Hay miles de emprendedores que están dando rienda suelta a su imaginación, utilizando una tecnología muy potente y sin imponerse límites de ningún tipo. Evolucionaremos hacia situaciones que practicamente nadie se atrevería a predecir. Esa es la gran motivación que ofrece toda esta tecnología, concluye el fundador de Loogic.

ABC

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