Published On: mié, Abr 9th, 2014

El Bogotazo una leccion que no debe olvidarse

_Cómo nació el motín en Bogotá el 9 de abril de 1948

Por: Jaime Quijano Caballero

 

-Una semana después, EL TIEMPO de Bogota  publicó esta crónica del periodista Jaime Quijano Caballero, testigo de aquuellos hechos que conmocionaron a Colombia.

-El asesinato de Gaitan

 Había pasado toda la noche en el Capitolio Nacional, en las oficinas del departamento de documentos de la conferencia haciendo la recopilación de todo aquello que se debía entregar al día siguiente en las casillas de las delegaciones. En el curso de la mañana las sesiones transcurrieron dentro de la mayor normalidad y los debates en las comisiones presentaban ya aspectos de creciente interés. En muchas comisiones se entreveía ya un camino hacia la meta final, aunque eran aún delicadas ciertas soluciones.

Hacia la una de la tarde del viernes, 9 de abril, todo estaba en calma. Salía para encaminarme a mi casa. Las oficinas del departamento de documentos están situadas en el tercer piso. Para bajar a la plaza Bolívar hay un camino que pasa, necesariamente, por frente a la delegación de la Unión Panamericana. El autor de estas líneas iba acompañado de un fotógrafo de la prensa y al pasar por frente a la puerta de dicha delegación salían los doctores Lleras y Carlos Lozano, este último presidente de la delegación colombiana.

–¿Cómo van las labores? –le pregunté.

–Hay aún algo que discutir con los argentinos. Pero considero ya muy adelantada la obra.

Luego, el doctor Lozano siguió comentando las razones que tenía para afirmar lo dicho, y en tanto llegamos a las escaleras frontales del primer piso, frente a la plaza de Bolívar. Miré el reloj para confirmar la hora en que debía venir el carro. Habían pasado unos minutos después de la 1:30. Al mirar alrededor en busca del chofer, y mientras el doctor Carlos Lozano descendía las escaleras de piedra, vi a mi derecha toda la fachada del capitolio con la guardia de policía como de costumbre. Con esos cascos de lata, brillantes, que parecían platones de pensionado de estudiantes. Los guardias inmutables. Y luego, al mirar hacia atrás, por entre las columnas, veo acercarse a Abelardo Forero Benavides y más allá a Antonio García.

–Quijano, ¡que mataron a Gaitán!

Ese grito fue como un golpe seco sobre la frente.

–Sí: qué infamia. Que mataron a Gaitán, ¡lo asesinaron!, repite Forero Benavides. Y viéndome todo incrédulo y estupefacto, dice:

–Mire cómo corre la gente hacia San Francisco. Miré cómo corren todos…

Y esas palabras fueron como una orden imperiosa.

Desde ese momento en que salimos corriendo en dirección hacia el sitio de la tragedia, repitiendo las palabras increíbles: ¡mataron a Gaitán!, corrió también una descarga eléctrica por el sistema nervioso de todos los transeúntes. Los tranvías todavía no habían frenado. Lentamente se estancaba el tránsito. Preguntaban desde los estribos, por entre las ventanillas.

–¿Qué hay? ¿Qué pasa?

–¡Que asesinaron a Gaitán!

Y esa voz iba creciendo para convertirse de duda en certidumbre, de grito esporádico en ola de pavor. En coro, casi, retumbaba por la carrera séptima entre la plaza de Bolívar y San Francisco esa tremenda consigna que quedará en los anales patrios al principio de una era política nueva cortada de todo lo anterior por un episodio oscuro, sin nombre, que manchó por unos instantes la tradición patria. Aún nada se veía más que estupor, desconcierto, ira y sed de loca venganza contra un crimen infinitamente cobarde.

El ambiente en la carrera séptima solo puede explicarse en los primeros momentos por la historia que se había vivido en los meses y días anteriores, como reacción contra el gobierno conservador homogéneo. Un estado de ira colectiva se apoderó de las mentes. Los viajeros de los tranvías dejaban sus vehículos. Algunas mujeres se santiguaban como presintiendo una catástrofe.

La primera descarga de ira se produjo contra el asesino.

–¿Dónde está el asesino de Gaitán?

Y otra ola de voces pedía venganza y muerte para el vil asesino.

–¡Vive todavía el asesino!

Por entre la muchedumbre me abría paso. Detrás de mí seguía el fotógrafo, la máquina en alto. La gente, absorta, lloraba. Las caras mostraban en los más una tensión que debía buscar escape. Al fin llegué hasta el grupo que rodeaba al asesino yacente. Había dos oficiales de la policía y recuerdo a un agente, abriendo, con más público, un círculo alrededor del hombre tendido sobre el pavimento.

–¿Dónde está el doctor Gaitán?

–Lo acaban de llevar a la clínica central, contestaron muchos en coro.

–Maten al asesino, gritaban otros.

Y en ese momento yo estaba agachado encima de la cara del villano asesino; el hombre, casi exánime, movía los labios. Un joven se había sentado sobre las rodillas de Roa y se acercaba a la cara como para escuchar lo que alcanzara a balbucir.

–¡Déjenlo confesar! ¡Sí, déjenlo confesar!

Un grito siguió al otro, los oficiales de la policía hacían el máximo esfuerzo por contener a la masa enfurecida. No se pudo. Por unos segundos se creía que podría aplazarse el castigo, para escuchar, si posible, alguna palabra que identificara a los facedores del crimen. Pero nada. Nada. Era más fuerte el dolor que se veía en las caras de todos. Nuestros gritos fueron contagiándose:

–¡Muera el asesino!

Y apenas puede retirarme, cuando a pisotazos el hombre exánime ya, quedó sin vida.

–¡A palacio! ¡A palacio! ¡A que expliquen!

Y fue como si una nueva descarga eléctrica se apoderara de todos.

Debo confesar que quienes vivimos este primer momento de perplejidad estábamos paralizados por el pavor. No se pensó sino en llevar el cadáver o a ese hombre cuyo corazón posiblemente aún latía, a pesar de su estado de desfallecimiento, a las puertas de palacio. Se pensó quizá en ponerlo ante la presencia del mandatario, para pedirle desagravio por ese horroroso crimen que lesionaba hasta lo más profundo la sensibilidad de cualquier escándalo, ya fuera o no adicto o seguidor fiel de Jorge Eliécer Gaitán. Era un crimen monstruoso contra el jefe de las mayorías liberales de la democracia colombiana. Por eso, quienes estuvimos de testigos en ese primer instante de caos podemos afirmar que la primera reacción no solo tuvo ese temblor de humanidad sensibilizada, sino que cobijó, con igual e indescriptible emoción, a quienes posiblemente nunca antes se habían reunido en una manifestación gaitanista. Fue un clamor que, por un instante y con la más elevada sensibilidad, se levantó unido y puro para gritar contra la destrucción de toda base cívica y de todo fundamento de democracia: ¡el derecho al pensamiento!

En masa, fuimos hasta las puertas de palacio con el asesino en hombros. La gente que lo llevaba casi le quita todas las vestiduras. El uno tomó la chaqueta; el otro, la camisa; otro me pasó los pantalones. Todos buscábamos entre los bolsillos para localizar documentos. Entre los pantalones, de azulosa y burda tela nacional, encontré, en el bolsillo pequeño, junto al cinturón, unas monedas de a veinte y diez centavos. No las sacamos. Las devolvimos a su sitio. Alguien buscó una vara, surgían por encima de las cabezas.

El gentío llegó a palacio. Se pedía que salieran a explicar. Se oían ‘abajos’ al régimen y a figuras del gobierno conservador cuyos nombres ya se han acallado entre el rumor de los acontecimientos, y desaparecieron del horizonte político en el término de una hora.

Luego comenzó la pedrea. Los primeros vidrios, que sonaban como campanillas en duelo, fueron los faroles de la calle octava con la carrera séptima. Avanzaba la piedra y comenzó el desenfreno de dolor contenido. El asesino dejó de existir, casi en el mismo momento en que dejara de existir el jefe único del Partido Liberal de Colombia, doctor Jorge Eliécer Gaitán. Mientras este entregaba su espíritu rodeado de todos los hombres que, momentos después, debían salir a las calles a asumir la dirección del destino colectivo, aquel quedaba, yerto y semidesnudo, echado boca arriba ante las puertas cerradas de palacio y en medio de los vidrios que caían de las ventanas hechas añicos por la piedra.

Pasaron cerca de 30 minutos. Estábamos a unos 6 metros de las puertas de palacio. Entre el gentío se oían sollozos, mezclados con palabras de dolor iracundo.

–¿Y qué hacer ahora?

El desconcierto se apoderó de muchos, y se inició la desolación.

De esa desolación vimos surgir la acción a que impulsa el desespero.

En ese preciso momento, salió la guardia por el lado de San Agustín. Adelante venía el oficial, un teniente, con el sable en alto. Algunos corrieron. Los más iban retirándose paso a paso. El oficial se acercó con su tropa hasta empujarme para que siguiera. Sin resistencia, sin premeditación, el gentío retrocedía.

Sonó de pronto un disparo. Uno de los soldados disparó. En ese momento el gentío, en lugar de correr o retirarse, quedó como clavado en el piso.

Gritos:

–¡No! Así no… ¡No es con ustedes!

Y otros, luego:

–¡Viva el ejército de Colombia!

Y un coro unánime:

–¡Vivaaa!

El oficial, aun antes de escuchar la reacción de las voces, se había acercado, retrocediendo hasta donde estaba el soldado, y le dio órdenes que no escuchamos. Pero no sonó un disparo más. No pasó nada.

Como testigo presencial, puedo afirmar que no fue más lo que ocurrió en ese primer acercamiento a palacio. Así lo vieron los colegas de la prensa extranjera, asomados a las ventanas del hotel Astor, en diagonal al palacio y al Capitolio Nacional.

Ni el muerto fue descuartizado y echado al fuego de los tranvías, ni hubo muerto alguno causado por esa bala disparada frente a palacio, la primera en esa infinita serie de disparos que se han escuchado desde esa hora funesta en toda la República.

En esta primera reacción de dolor no hubo ni orden ni concierto subversivos. Se clamaba por un desagravio justo que, ¡pobre de Colombia!, jamás se podrá dar a quienes lo pedían.

Cuando el gentío retrocedió siguió para el Capitolio Nacional, por la carrera séptima, y en ese momento se lanzó la primera piedra contra esa reliquia nacional. Pasábamos todos por frente a la placa que conmemora el asesinato del gran jefe liberal de antaño que se llamó Rafael Uribe Uribe.

JAIME QUIJANO CABALLERO

El Tiempo

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