Published On: mié, Sep 25th, 2013

El imperio americano

Editorial de ” América Economía”

-Estados Unidos no aprende de sus propios errores en materia de política exterior

-Mucho es lo que pierde Estados Unidos con su espionaje. Pierde en imagen y liderazgo

-Washington apoyó al dictador anticomunista nicaraguense Anastasio Somoza para luego impulsar su derrocamiento. Así fue como ayudó a llevar al poder al dictador anticomunista chileno Augusto Pinochet y luego ayudó a quitarle el poder.

Dilma Rousseff ha decidido postergar su visita oficial a Washington, programada para el 23 de octubre próximo, dejando en claro que la decisión de Estados Unidos de espiar a la presidenta de Brasil no favorece a los intereses de Estados Unidos.

Muy poco es lo que gana Washington al leer e-mails y escuchar conversaciones telefónicas de la presidenta brasileña. Dilma es aliada de Estados Unidos y se ha acercado a la posición norteamericana en temas como el proceso de paz en el Medio Oriente y el programa nuclear iraní, cosa que no sucedía durante el gobierno de Lula.

El gobierno, el pueblo de Estados Unidos deberían sentirse avergonzados de que la National Security Agency (NSA) haya espiado los e-mails, mensajes de texto y conversaciones telefónicas de Dilma y también los de su colega mexicano, Enrique Peña Nieto. El espionaje es una agresión, está prohibido por el derecho internacional, viola la carta fundamental de Naciones Unidas y atenta contra ese derecho humano fundamental que es la privacidad.

Mucho es lo que pierde Estados Unidos con su espionaje. Pierde en imagen y liderazgo, y no sólo frente a Brasil, sino frente a todo el mundo: hay pocas cosas peores que ser percibido como el tipo que abusa del poder.

Estados Unidos pierde también en lo político, porque arriesga perder el importante apoyo de Brasil en los foros internacionales. Y también pierde económicamente. El gobierno brasileño, como respuesta al espionaje, está analizando una ley que impediría operar en el país a las empresas que cooperen con el espionaje estadounidense, acción que podría perjudicar a Google, Microsoft y otras administradoras de sistemas globales de correo electrónico. Brasil estudia también reducir su dependencia de Estados Unidos en infraestructura de telecomunicaciones, construyendo un cable submarino a Europa para canalizar su tráfico de internet.

Y una empresa estadounidense podría estar perdiendo un negocio por US$5.000 millones. La Fuerza Aérea brasileña va a renovar el próximo año su flota de aviones de combate con la compra de 36 nuevos jets y las finalistas en la licitación son la francesa Dassault, la sueca Saab y la estadounidense Boeing. Hasta ahora, Dilma había dado señales de que prefiere los F-18 Super Hornet de Boeing y ése era tema importante en su postergada visita a Washington.

Más allá de los detalles de la situación brasileña, el gobierno, el pueblo de Estados Unidos deberían sentirse avergonzados de que la National Security Agency (NSA) haya espiado los e-mails, mensajes de texto y conversaciones telefónicas de Dilma y también los de su colega mexicano, Enrique Peña Nieto. El espionaje es una agresión, está prohibido por el derecho internacional, viola la carta fundamental de Naciones Unidas y atenta contra ese derecho humano fundamental que es la privacidad.

Además, sobre todo en tiempos de paz, y con gobiernos aliados, es un abuso de confianza y una falta de cortesía.

Por último, muestra que Estados Unidos no aprende de sus propios errores en materia de política exterior. Sigue interviniendo en asuntos internos de otros países cuando a todas luces no le conviene hacerlo. Peor, interviene favoreciendo los intereses norteamericanos de corto plazo, sin darse cuenta de que su intervención va en contra de los intereses norteamericanos de largo plazo.

Así fue como Washington apoyó al dictador anticomunista nicaraguense Anastasio Somoza para luego impulsar su derrocamiento. Así fue como ayudó a llevar al poder al dictador anticomunista chileno Augusto Pinochet y luego ayudó a quitarle el poder. En ambos casos, Estados Unidos terminó alienando a todos los sectores políticos de cada país.

Más extremo es el caso de Irak. Washington apoyó al gobierno laico de Saddam Hussein al punto de hacer vista gorda cuando éste usó armas químicas contra los kurdos en 1988. Quince años más tarde, Estados Unidos invadió Irak para derrocar a Saddam Hussein, usando una mentira como excusa para la invasión.

Washington quiere ahora intervenir militarmente en Siria para recordarle a Bashar Assad y al mundo que las armas químicas están prohibidas.

Independientemente de si tiene razón o no respecto de la intervención en Siria, Estados Unidos debe preguntarse si le conviene intervenir en asuntos de otros países, porque hasta el ,momento no le ha resultado.

Y si decide intervenir, debe hacerlo solo cuando su acción favorece a los intereses norteamericanos de largo plazo: la democracia representativa, la libertad individual y la economía de mercado.

 

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