Publicado el: Sab, Feb 13th, 2016

El peligroso trayecto hacia ‘el Norte’ de migrantes centroamericanos

MIGRANTS centroamericanos
Campaña del gobierno mexicano para atrapar a migrantes sirve como primera línea de defensa para los estadounidenses
Organizaciones de Derechos Humanos denuncian abusos de las autoridades mexicanas contra los migrantes
En el trayecto se exponen a robos, asaltos y violaciones

La camioneta de la policía apareció de repente, apenas un destello de metal y cristal. Los migrantes corrieron a toda velocidad, tropezando con las grietas del pavimento mientras una anciana que barría la entrada de su casa los animaba a apresurarse.

Los 10 hombres doblaron la esquina y se escondieron detrás de unos árboles. Era el cuarto día de su trayecto desde Centroamérica y ya empezaban a entender la nueva realidad de la frontera sur: la presión de Estados Unidos es cada vez más fuerte y la respuesta de las autoridades mexicanas es ser cada vez más estrictas.

Los minutos pasaron. Los hombres se dispersaron y se agacharon para recuperar el aliento. Junto a la hilera de árboles, un hombre en sandalias y camisa se les acercó. Les dijo que no se preocuparan, que él conocía el camino hacia el Norte.

Pequeño y de ojos amarillentos, el hombre tenía experiencia en el arte de traficar personas. Podía detectar patrullas, parar autos para que lo llevaran e incluso navegar por los caminos ocultos entre la maleza. Podían confiar en él, prometió. Solo quería ayudar.

Al principio, los migrantes apenas le respondían. Pero mientras más hablaba, más difícil se volvía ignorarlo. ¿Qué otra opción tenían? Las alternativas se redujeron a ir con él o ir solos, de regreso a las calles desconocidas inundadas de autoridades mexicanas.

Esas son las opciones de un migrante: evaluar los riesgos de avanzar o considerar la posibilidad de regresar a casa. Los seis hondureños y cuatro guatemaltecos aceptaron a regañadientes.

“Hay dos clases de historias en este viaje”, dijo uno de los hombres, echándose la mochila al hombro mientras el grupo se preparaba para partir. Rafael Lesveri Pérez, un guatemalteco de 38 años, es un veterano del trayecto después de haberlo recorrido tres veces. “Hay verdades y hay mentiras. Solo el tiempo puede decir cuál es cuál”.

Una red que se extiende

Los próximos dos días fueron un microcosmos del trayecto hacia el Norte para los migrantes centroamericanos, un viaje que se ha hecho cada vez más peligroso después del aumento de las medidas de seguridad por parte del gobierno mexicano.

Huyendo de la incesante violencia provocada por las pandillas y de la falta de oportunidades, un inusitado número de centroamericanos emprendió rumbo hacia Estados Unidos en la primavera de 2014. Ese año detuvieron a 68,631 niños –casi el doble que el año anterior– en la frontera estadounidense tras haber preferido enfrentarse a los riesgos del recorrido de más de 1,600 kilómetros que a los peligros que enfrentaban en casa.

EN EL ÚLTIMO AÑO, LAS DEPORTACIONES EN MÉXICO SE HAN DISPARADO Y LOS ARRESTOS ANUALES DE MIGRANTES CENTROAMERICANOS EN ESTE PAÍS SE HAN DUPLICADO, DE 78,000 EN 2013, A MÁS DE 170,000 EL AÑO PASADO

Para contener el flujo migratorio, el gobierno de Estados Unidos prometió apoyo financiero para mejorar la vida de los migrantes en sus países de origen. En diciembre se aprobó un paquete de $750 millones para Guatemala, Honduras y El Salvador.

Pero el gobierno del presidente Obama también tomó otras medidas: presionó al gobierno mexicano para que fuera más estricto en sus propias fronteras y para que, en esencia, creara una red para atrapar a los migrantes a miles de kilómetros de la frontera con Estados Unidos.

La campaña del gobierno mexicano, el Plan Frontera Sur, sirve como primera línea de defensa para los estadounidenses. En el último año, las deportaciones en México se han disparado y los arrestos anuales de migrantes centroamericanos en este país se han duplicado, de 78,000 en 2013, cuando empezó el plan, a más de 170,000 el año pasado.

Aun con todos esos esfuerzos, la campaña del gobierno mexicano no ha podido detener el flujo de migrantes; pero sí ha convertido a este viaje en una travesía aún más peligrosa.

La vigilancia más estricta de las autoridades ha obligado a los migrantes a abandonar sus medios de transporte preferidos –autobuses y trenes– para tomar rutas más riesgosas a pie, a través de tramos apartados en el campo mexicano plagados de pandillas, residentes frustrados y policías corruptos.

Funcionarios y defensores de derechos humanos en los estados sureños de Chiapas, Tabasco y Oaxaca reportan un aumento de la violencia en contra de los migrantes, y no solo por parte de criminales. La Comisión de Derechos Humanos del país informó que en el primer año de aplicación del plan, las denuncias de los migrantes en contra de las autoridades aumentaron en un 40 por ciento.

La presencia constante de los migrantes también ha probado la paciencia de muchos mexicanos. Al viajar a pie se demoran más en las comunidades que antes solo recorrían en tren, lo cual ha provocado resentimiento y miedo entre los pobladores, poco acostumbrados a extraños. Los casos de violencia se han vuelto más comunes y algunas comunidades han firmado peticiones en las que exigen la eliminación de los refugios para migrantes.

Durante dos días a principios de noviembre, los 10 migrantes en Arriaga, Chiapas, atravesaron más de 64 kilómetros entre bosques tupidos, cultivos blanqueados por el sol y autopistas patrulladas por las autoridades; algunos de sus zapatos quedarían hechos pedazos. Un recorrido de media hora en automóvil se convirtió en una caminata de más de 20 horas. Pasaron una noche en vela en un porche de concreto, listos para enfrentarse al ataque de los residentes hostiles de un poblado. Uno de ellos se enfermaría gravemente, lo que les obligaría a dividirse y a vivir con la incertidumbre de no saber si terminarían el trayecto.

Solo dos de ellos llegarían a Estados Unidos.

Casi nada de lo que el coyote les prometió sucedería.

En manos de un traficante

El viaje por México solía ser más sencillo. Muchos migrantes se montaban en la Bestia, el tren de carga que por mucho tiempo fue parte integral del viaje a Estados Unidos. Pero desde que las autoridades aumentaron la vigilancia en el sur, el recorrido en tren disminuyó drásticamente.

Esa vigilancia casi terminó el viaje de los 10 hombres antes de que comenzara. En la mañana de su partida, alguien les había advertido que se alejaran de un área cercana a las vías del tren. Los agentes de inmigración pasarían por ahí. Minutos después, la camioneta de la policía apareció, lo cual los obligó a ponerse en las manos del traficante.

Paso a paso les describió el recorrido, una combinación de viaje en auto y a pie en el que atravesarían 160 kilómetros en dos días. El costo: solo 15 dólares por persona.

Walter Martínez, de 28 años, el líder del grupo de hondureños, sacó de su mochila un pastillero de cartón. Los hondureños estaban preparados y tenían experiencia. En el interior del pastillero estaban los nombres de las ciudades a lo largo de la ruta. Esta, de acuerdo con sus notas, era la “Parte 1”.

Martínez presionó al coyote para que les diera más detalles. El hombre accedió: dependerían de una red de conductores para llevarlos de un control fronterizo a otro. Descenderían solo para rodear a pie las barricadas del gobierno.

Pero primero, dijo, tenían que ir a su casa. Necesitaba ponerse zapatos.

“Ya verán, yo soy uno de ustedes”, les dijo mientras regresaban a la carretera. “Yo también fui un migrante”.

En terreno hostil

El viaje que les explicó es de los más peligrosos para quienes van a pie. Los funcionarios locales dicen que el número de asaltos en ese tramo se duplicó el año pasado. Robos, asaltos y violaciones son los crímenes más comunes. En el camino, pequeños cirios se iluminan bajo los árboles en memoria de los muertos.

Pero el mayor peligro estaba entre ellos mismos.

Josué Carillas Carnelas, un hondureño de 30 años que había vivido en Colorado hasta que fue deportado, cayó enfermo y vomitó a lo largo de la carretera mientras los hombres comenzaban a andar. Sospechaban que se había enfermado por tomar agua de un charco el día anterior, pero lo animaron a seguir con la promesa de que pronto darían con una miniván.

Pero nunca llegó. Ni los contactos del traficante ni su conocimiento del sistema de transporte resultaron en un viaje en auto. En cada estación los hombres lo aceptaron y siguieron caminando. El paisaje los llevó a través de una jungla espesa seguida por campos abiertos. Las montañas se dibujaban a lo largo de los bordes del cielo.

Era la primera vez que tres de los guatemaltecos abandonaban su país. Permanecieron siempre al frente, como si quisieran demostrarles algo a los demás. El mayor de ellos, un jornalero de 50 años llamado Negrole Jorgito López, era especialmente entusiasta. La noche anterior, en un refugio, los más jóvenes lo llamaban Abuelo.

El calor fue otro incansable compañero de viaje. Entonces se quitaron las camisas y quedaron a merced de los enjambres de mosquitos. Tomaban agua de una botella de Coca-Cola de tres litros. Al menos el humor hizo el viaje más ligero. Rafael hacía payasadas: fingía marchar, daba suspiros exagerados cada vez que terminaba un descanso y apresuraba el paso cuando se quedaba atrás.

El viaje también estuvo marcado por momentos de generosidad. El propietario de una tienda les dio paquetes de medicamentos gratis y unos granjeros les advirtieron de algunas patrullas que podrían estar más adelante, y los dejaron tomar agua de sus pozos.

Finalmente el traficante llevó al grupo a las vías del ferrocarril, líneas perfectas de acero, rectas y sólidas, que desaparecían en el horizonte. Los árboles creaban un solo corredor, que apenas dejaba espacio suficiente para que el tren pasara.

Al caer el sol, los llevó al borde de la autopista. Esperaron en una zanja, escuchando el sonido de los autos que pasaban y los quejidos de Josué. El traficante fue de un lado al otro de la carretera asegurándose de que estuviese libre de policías, mientras la luz de las luciérnagas parpadeaba en la oscuridad de la noche.

‘¿A qué vienen aquí, mojados?’

El pueblo Emiliano Zapata, que lleva el nombre del héroe revolucionario mexicano, estaba cerca de un camino que se desprendía de la autopista; es una cuadrícula de casas color pastel con las puertas abiertas de par en par, que dan la bienvenida a la noche.

El traficante había prometido que recorrerían el doble de kilómetros que el primer día, pero después de siete horas de caminata, el cansancio imperó y los hombres anduvieron en silencio. Ninguno se quejó ni se tomó la molestia de ocultarse al entrar al pueblo.

El coyote les dijo que su hermano vivía en el pueblo y les daría alojamiento esa noche. También tenía comida, por un modesto precio. Los hombres asintieron mientras pasaban por una glorieta de concreto destrozado donde unos lugareños estaban sentados, bebiendo.

“¿A qué vienen aquí, mojados?”, gritó uno de ellos, atrayendo la atención de los migrantes. Otro gritó una grosería. Un tercero comenzó a provocarlos con burlas.

Walter, el hondureño que se había convertido en el líder de facto del grupo, les ordenó seguir caminando.

“No volteen”, susurró.

El traficante se adelantó y escoltó al grupo hasta una casa sin luz a unas cuadras de la glorieta. Al otro lado de la calle, tres mujeres estaban sentadas en las escaleras de una entrada, observándolos.

Una de ellas llamó a Rafael.

“Este no es un lugar seguro”, le susurró, inclinándose hacia adelante en su silla. “En esa casa atacan a los migrantes y hasta los matan”.

Temblando, Rafael corrió al patio trasero de la casa, donde los otros estaban tumbados en el porche de concreto. El traficante estaba ocupado vendiéndoles una cena de huevos fritos por unos cuantos dólares.

Rafael lo tomó del brazo. “¿Adónde diablos nos trajiste?”.

Casi nadie durmió esa noche.

Oraciones, y un poco de pánico

A las 3:30 de la madrugada empezaron los rituales matutinos. Se lavaron la cara y descolgaron sus camisas y calcetines de la línea de ropa. Alguien sacó un envase de gel para el cabello, y cada uno se turnó para peinarse. Walter desentonaba canciones de amor mientras los otros se reían.

Formaron un círculo y rezaron; dos minutos solemnes pusieron fin a una noche difícil. Oraron por su seguridad, la buena suerte y un futuro en Estados Unidos; después se fueron cobijados por la oscuridad. Parecían confiar más en el coyote ahora que lo peor ya había pasado.

Pero la siguiente crisis llegó enseguida. Después de cruzar una serie de autopistas para adentrarse en las orillas opuestas de un follaje impenetrable, Josué colapsó. Lo pusieron en una roca enorme y se turnaron para ventilarlo. Su rostro estaba hinchado, rojo y le costaba respirar.

Cerró los ojos y casi se cae de donde lo tenían encaramado.

“No puedo seguir”, le dijo al grupo.

Conseguirle ayuda significaba el fin del trayecto. Le pidieron al más joven que acompañara al hombre enfermo al hospital mientras el resto continuaba. Asintió sin quejarse. Más adelante la autopista se cruzaba con las vías del tren, una verdadera encrucijada.

Los hombres se apresuraron mientras se deslizaban a lo largo de una pendiente de concreto bajo un puente y cargaban a Josué por los brazos. Se apiñaron bajo la sombra mientras el traficante se montó encima de la valla de contención para buscar un taxi.

De repente comenzó a gritar por encima del zumbido del tráfico de mediodía.

“Migra”.

El descenso por la parte inferior del puente fue torpe, peligroso. Josué, incapaz de permanecer despierto, se quedó atrás mientras los otros caían por el barranco.

Cuando las autoridades no tomaron el puente, los migrantes regresaron a la parte de arriba.

Todos subieron excepto Negrole, el mayor del grupo. Seguía corriendo por el camino que habían seguido, solo.

“Voy a adelantarme”, le gritó al grupo. “No puedo esperar aquí hasta que me atrapen”.

Sus dos compañeros novatos corrieron tras él.

ESTE NO ES UN LUGAR SEGURO. EN ESA CASA ATACAN A LOS MIGRANTES Y HASTA LOS MATAN
Una mujer que encuentran en el viaje

Cuando pararon un taxi, Walter, el líder del grupo, decidió acompañar a Josué al hospital. El coyote los vio alejarse en el taxi con un suspiro profundo. Dos porciones más de su ingreso habían desaparecido.

La caminata continuó bajo el sol del mediodía. Lo único bueno del calor sofocante era que los guatemaltecos que se habían adelantado estaban avanzando más despacio ahora y hacían pausas frecuentes para descansar; uno de ellos se detuvo para reparar la suela de su zapato izquierdo, que se había despegado.

Llegar al pequeño poblado de Chahuites, en el suroeste de México, se convirtió en una obsesión para ellos. En cada parada alguno le preguntaba al coyote cuánto más faltaba para llegar. Fantaseaban con almorzar, beber una botella grande de refresco y con un nuevo par de zapatos.

Pero Chahuites no era el pueblo amigable de antes. Ahora es un símbolo de los cambios en la ruta de los migrantes. Un refugio para inmigrantes dirigido por una iglesia se creó un año antes y ahora estaba bajo amenazas de pobladores cansados, que incluso habían presentado una petición para su clausura.

“Sé que nuestra gente tiene razón en estar molesta, pero los inmigrantes también tienen derechos”, dijo José Antonio Ruiz Santos, el alcalde de Chahuites.

Al entrar a la ciudad, los hombres encontraron a Walter sentado en una cerca, esperándolos bajo la sombra. Con una sonrisa les contó cómo él y Josué habían logrado llegar a salvo.

Los llevó al refugio para migrantes, donde Josué descansaba; estaba feliz porque le habían dado pastillas y una infusión intravenosa sin haberlo denunciado a las autoridades de inmigración. Afuera, hombres tatuados jugaban fútbol en las calles. Otros fumaban en la entrada.

“Sigamos”, le dijo Walter al grupo.

El coyote se puso nervioso al ver cómo perdía el control del grupo. Walter era quien decidía los tiempos. Sugirió, con firmeza, que tomaran un autobús.

Josué casi se desmaya de la emoción al escuchar esa idea. Se estaba sintiendo mejor, aunque nadie sabía cuánto le duraría. El autobús al que se subieron se dirigía al pueblo de Tapanatepec, Oaxaca, a unos 20 minutos en auto o medio día a pie.

El respiro fue breve. A las afueras del pueblo el autobús se detuvo repentinamente. Uno por uno, los migrantes descendieron con dificultad. Atravesaron la autopista a toda velocidad y siguieron su interminable camino.

Había un retén más adelante.

Durante el siguiente mes se abrieron paso por todo México: usaron una red de autobuses y trenes y fueron por caminos arduos. Más al norte los robaron a bordo de la Bestia. Sin un centavo, se detuvieron para trabajar en un punto del trayecto, con la esperanza de reunir lo suficiente para continuar el viaje.

Solo Walter, el líder del grupo, y otro integrante lograron llegar a Estados Unidos. Walter atravesó el río Grande en Noche Buena, a mes y medio de haber iniciado la travesía, y con poco espíritu para celebrar. Su próxima odisea ya había comenzado: buscarse la vida en Estados Unidos.

Paulina Villegas colaboró con este reportaje desde Chahuites.

Fuente: http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/trasfondo/article59914891.html#storylink=cpy

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