Published On: mar, Ene 8th, 2013

El régimen de Hugo Chávez visto por los mexicanos

  La delicada salud del presidente genera incertidumbre sobre la continuidad del proyecto socialista que comenzó Hugo Chávez

El régimen de Hugo Chávez en Venezuela es un rompecabezas compuesto de continuidades, retrocesos y contradicciones. Un Gobierno que abraza algunos preceptos del socialismo occidental, una veta historicista de celosa soberanía, una concepción demagógica de la democracia y el retorno a las visiones del Estado positivista encargado de transformar a su sociedad hasta construir el “Hombre Nuevo” con el que tanto soñó la izquierda latinoamericana durante la mayor parte del siglo XX. Todas estas piezas, aisladas y dispersas, encuentran sentido en el chavismo, una corriente política sustentada en un hombre que ha logrado reconciliar a Marx y a Bolívar, a Pléjanov y a San Martín, sin importar sus distancias ideológicas y sus claras aversiones políticas.

La Venezuela de Hugo Chávez, bajo su mandato desde 1999, es un juego de luz y sombras. Despierta tanta polémica hablar del mandato del oriundo de Sabaneta, al Oriente de Venezuela, que es difícil ver la “película completa”. Sus detractores descansan su crítica en el magro crecimiento económico, en la rampante inseguridad pública, en su proclividad hacia el juego de la Petropolítica y el agrandamiento ininterrumpido del Estado. Sus fieles seguidores prefieren voltear la mirada hacia la reducción de la pobreza, la disminución de la desigualdad, la extinción del analfabetismo (cifras oficiales del Gobierno venezolano) y el ímpetu gubernamental por construir un sistema de salud de calidad para toda la población.

Y es que todas estas realidades coexisten a diario en una Venezuela que se mueve a base de distintas velocidades y ritmos. El proyecto chavista, desde su concepción, tiende hacia lo rural, hacia los márgenes de las grandes urbes. Incluso, la fuerza política del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) reside precisamente en las localidades pequeñas, en los grandes centros agrícolas y en las periferias de las ciudades más importantes de Venezuela. En estas grandes áreas, abandonadas por gobiernos anteriores, late el corazón del chavismo. Cuando Hugo Chávez arriba al Palacio de Miraflores, el analfabetismo entre pobladores rurales alcanzaba 50%, mientras que en la actualidad se ha erradicado. De la misma manera, mientras en toda Venezuela, la pobreza extrema pasó de 24% a 9% en una década del Gobierno de Hugo Chávez, en las zonas rurales se redujo de 37.4% a 10.7% en el mismo periodo de tiempo.

La política social es uno de los ejes del “Socialismo del siglo XXI” de Hugo Chávez. Según la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL), el gasto social en Venezuela se duplicó en menos de una década. El promedio anual de inversión gubernamental en materia social es de 30 mil millones de dólares, acorde con las cifras del Instituto Nacional de Estadística de Venezuela. La mayoría del gasto, orientado hacia la reducción de pobreza, la alfabetización y las brigadas móviles de médicos que atienden a la población venezolana. El objetivo central de la política social del chavismo ha sido la erradicación de la pobreza extrema y la reducción de las vulnerabilidades de otros niveles de pobreza. Sin embargo, nunca ha estado enfocado a la construcción de una vigorosa clase media al estilo de los estados benefactores de Europa.

La Venezuela de hoy es en materia económica polifacética. Por un lado, los primeros años del chavismo convirtieron la legitimidad política en crecimiento económico. Empujado por el sector petrolero, Hugo Chávez comenzó su odisea reformando a profundidad a la compañía estatal  Petróleos de Venezuela S.A (PDVSA). Tras décadas de apertura de la paraestatal, el recién desembarcado proyecto socialista nacionalizó buena parte de la empresa y mantuvo algunos mecanismos de cooperación como los contratos de riesgo. Así, Chávez centralizó los recursos energéticos a la orden del proyecto nacional en ciernes e inundó a las arcas estatales con millones y millones de dólares provenientes de la exportación de hidrocarburos a todos los puntos cardinales. De esta manera, las carretadas de recursos económicos fueron a parar a una gran plataforma de políticas sociales abanderadas por el chavismo y a la construcción de una red político-clientelar que le permitía asegurar triunfos electorales.

El sueño de Bolívar

Sin embargo, desde los primeros días de Chávez en la silla del Palacio de Miraflores, las inestabilidades económicas han sido más la regla que la excepción. El programa económico de Chávez se contrapone tajantemente a los mandatos expresados en el Consenso de Washington y defendidos por instituciones internacionales. Lejos quedaron las instrucciones de estabilidad y limpieza macroeconómica promovidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). Las nacionalizaciones de diversos sectores de la economía venezolana han generado problemas de inflación constante que afectan directamente a la clase media del país e impide la constitución de un mercado económico dinámico y flexible. Asimismo, el acceso a crédito es raquítico y las opciones de inversión privada son mínimas en un país que recibe muy pocos recursos por esta vía.

Toda esta realidad de matices y claroscuros se vincula directamente con el proyecto geopolítico del chavismo. El llamado “Bolivarianismo” venezolano, la idea de Chávez de inspirar la construcción del país en el “libertador de las Américas Simón Bolívar, ha traído consigo la edificación de una política exterior de claro contrapeso a los designios de los Estados Unidos y a la consolidación de un bloque socialista en América Latina. En consonancia con la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa o la Cuba de los Castro, el proyecto chavista es más que la intención de exportar un régimen político y económico, sino que es la recuperación del “Sueño de Bolívar”, una América Latina unida y fraterna. Para esto, Venezuela se ha convertido en el gran proveedor de petróleo a naciones afines que comparten el proyecto chavista, ha inyectado vitalidad a su participación en las organizaciones globales y ha creado toda una red de instituciones que solidifican los acuerdos (Banco del Sur, el ALBA, Petrocaribe). Una alianza de naciones que comparten un discurso antimperialista, la denuncia a las presiones exteriores, la defensa irrestricta de la soberanía nacional y un sesgo hacia la izquierda del cartesiano político. En este bloque no sólo encontramos naciones latinoamericanas, sino que también China, Irán y hasta Rusia han tendido puentes de comunicación.

Sólo recientemente, y a raíz de la crisis de inseguridad que vive México, la prensa internacional ha puesto el ojo en la alarmante escalada de violencia que vive Venezuela. Los datos no son nada alentadores: la tasa de homicidios en Venezuela es de 73 personas por cada 100 mil habitantes, lo que significa el triple de México y es el registro más alto de toda América Latina. Y Caracas es el punto más álgido de inseguridad al registrar más de 80 muertes violentas por cada 100 mil habitantes en 2011. Las explicaciones no son de todo claras, pero un hecho indebatible, es la penetración de cárteles colombianos en suelo venezolano, un fenómeno que ha tomado fuerza en el último lustro.

La defensa de la democracia y el respeto al estado de derecho son quizá los elementos más criticados del régimen chavista. Hay que decir que Venezuela vive elecciones recurrentes, se renuevan todos los poderes en un entorno pluripartidista y la afluencia de votantes se encuentra por encima de la media electoral en América Latina. Sin embargo, lo que está a debate no es la posibilidad de votar, sino las condiciones con las que se ejerce este derecho. Los medios de comunicación audiovisuales son manejados por el aparato estatal y la oposición tiene pocas posibilidades de aparecer en cadena nacional lanzando un mensaje político. Los diarios críticos del chavismo han sufrido embates constantes por parte del régimen, ante lo cual la organización Internacional Freedom House ha señalado violaciones reiteradas a la libertad de expresión en Venezuela. Así, la democracia venezolana tiene los ingredientes necesarios para realizar elecciones y determinar ganadores y perdedores, aunque en un contexto de desigualdad política y económica.

En el mismo sentido, Chávez no ha sido el mayor promotor de la fortaleza del entramado institucional de Venezuela. Por un lado, su relación con el Congreso ha sido ambivalente: ha negociado con él cuando tiene la mayoría y ha gobernado a golpe de decreto durante los tiempos donde la oposición ha tenido influencia en el Legislativo. A pesar de todas estas vicisitudes, en octubre del año pasado, el candidato opositor, Henrique Capriles aceptó su derrota y llamó a cerrar filas con el presidente reelecto.

Esta es la Venezuela de 2013 llena de contradicciones, afirmaciones e involuciones. Una Venezuela menos desigual y menos pobre aunque más insegura e inestable económicamente; una Venezuela con presencia a nivel mundial y con voz en las instituciones globales, aunque derrochando recursos energéticos y comprando voluntades nacionales; una Venezuela donde se celebran elecciones libres, legítimas y representativas, aunque con impulsos antidemocráticos, clientelares y corporativos; una Venezuela que sabe leer y escribir y que tiene aspiraciones de más años de estudio, aunque con empleos precarios y salarios deprimidos. En fin, aunque el cáncer termine con la vida de Hugo Chávez, el chavismo como ideología política no caerá con Chávez, como el peronismo no se fue con Juan Domingo Perón ni el gaullismo con Charles de Gaulle.

Por: Enrique Toussaint/Elinformador.com

 

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