Publicado el: Jue, Nov 19th, 2015

Empleados públicos y estudiantes peronistas buscan votos casa por casa

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El peronismo lucha casa por casa para no perder el poder
Recorrido con los militantes que llaman puerta a puerta en un barrio del Gran Buenos Aires
Blejer: “La gente quiere un cambio pero no drástico”

El voto es secreto en Argentina, como en todas partes, pero no para Laura López. La dirigente local del Frente para la Victoria -la formación del peronista Daniel Scioli- en el barrio Obligado de Bella Vista, en San Miguel, a 37 kilómetros de carretera de Buenos Aires, tiene un mapa electoral de su zona en la cabeza. Sabe cuántos mayores de 16 años hay en cada casita baja, algunas muy precarias y con calles de tierra, que recorre a diario. Sabe quién votó y quién se quedó en casa. Y dice saber casi al 100% quién apoyó a Scioli, quién eligió al liberal Mauricio Macri y sobre todo quién respaldo al peronista disidente Sergio Massa, el tercero en discordia. Y ése es su objetivo. Massa quedó fuera de la segunda vuelta y sus 5,2 millones de votos deciden las elecciones. El enorme entramado local del peronismo lucha casa por casa para llevarse esos votos de Massa. Es su única oportunidad para no perder.

Laura sale a “rastrillar” –literalmente peinar manzana a manzana- a las 11:00 de la mañana con un grupo de ocho compañeros. La mayoría son empleados públicos que se toman el día o unas horas para hacer este trabajo. Otros son estudiantes. Pablo Walker, el jefe del grupo, asegura que nadie cobra por hacer esto, que son militantes. Van casa por casa en grupos de dos. Tocan las palmas para llamar, el modo habitual en la periferia. En muchas no hay timbre.

“Acá la gente no tiene ni teléfono fijo, por eso los encuestadores no llegan. Ni hay tanto twitter ni Facebook. Pero todo el mundo vio el debate. Y vio a Scioli contando que Macri votó en contra cosas que fueron buenas para la gente. Eso tiene mucho más efecto que cualquier encuesta”, se anima Laura. Los sondeos dan vencedor a Macri pero ninguno puede detectar esta pelea casa a casa, voto a voto. Los militantes reparten folletos en los que se augura que con Macri bajarán los salarios y las jubilaciones y habrá menos trabajo. “A partir del 25 de octubre [la primera vuelta] nos pusimos a hablar con la gente sobre cómo Macri le va a afectar el bolsillo, que le va a subir el pan, la milanesa, la leche”, explica Walker. Todos están muy descolocados por el resultado y han visto que también Macri ha ido puerta a puerta, algo que nunca había pasado. La competencia es dura.

Los militantes preguntan a los vecinos cómo ven las elecciones e intentan convencer sin confrontar
Los militantes preguntan casa por casa a quién van a votar. Lo hacen de forma suave. Si ven dudas, les hablan de Macri y de cómo afectaría su victoria al bolsillo, con una gran devaluación. “Este país no va a cambiar”, le espeta un vecino a una militante, pero después afloja: “Pero a Macri no lo voto, es empresario”, les dice. Pablo entra a una zapatería. Le pregunta al dueño cómo vio el debate televisado. No lo ve decidido. “El pequeño comercio se ve afectado si al laburante le va mal”, argumenta Pablo, que después reflexiona con sus compañeros: “No hay que confrontar porque te bajan la persiana”.

Eduardo Zone, también empleado público, es el responsable de este barrio. “El pibe laburante prefiere a Scioli. Tiene algo de piel contra Macri, piensa que lo va a cagar. Quizá votó a Massa por la inseguridad y el narcotráfico, pero ahora piensa en lo laboral y lo económico”. Eduardo saluda a una anciana de 85 años. “Yo no voto más. Ya hice todo lo que tenía que hacer en mi vida. Mis cinco hijos tienen trabajo”, dice la vecina. “¿Y no le preocupa el futuro de sus hijos y nietos?”, pregunta Eduardo. Al finalizar el diálogo, Pablo, su jefe político, anota dónde vive la señora. Después le dirá a Laura, la que conoce a todos y viene a diario, que pase a tomarse unos mates con la señora para convencerla de que vaya a votar.

Eduardo encara a tres barrenderos. “Yo voto a Macri porque quiero un cambio”, le dice uno. “Sí, Macri va a ganar, ganó el debate”, sonríe otro. “¿Vos cuánto ganás?”, le pregunta el militante. “6.500 pesos (670 dólares)”, responde. “¿Vos crees que Macri te va a subir el salario? Si viene una devaluación del 50% van a subir todos los precios, pero el salario no”, advierte Eduardo. Los barrenderos le toman el pelo. Finalmente, el primero le dice: “No, yo en realidad voy a votar a Scioli. Con Macri vamos a cagar”.

“Si viene Macri, se cae todo abajo”, le dice a Eduardo una feriante que vende ropa en una plaza. En una pared está escrito: “Si votás a Macri, te espero en el trueque”. Así los peronistas recuerdan cómo en la crisis de 2001 los pobres, sin dinero para comprar nada, iban a los llamados clubes de trueque, ya desaparecidos, para cambiar unas pertenencias por otras o por comida. Toda Argentina está llena de pintadas. Las universidades también. “Para que los científicos no vuelvan a lavar platos, vota a Scioli”, se ve en la entrada de una de ellas.

Y sin embargo el voto joven es el que más preocupa al peronismo, que está echando el resto. Hasta la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, que llevaba varios días en silencio a la vista de que su presencia en la campaña parece perjudicar a Scioli, reapareció en Twitter para arengar a los jóvenes contra Macri. “Si sos muy joven y no viviste lo que pasó antes de 2003, preguntale a tus padres qué pasaba en Argentina de los 80, de los 90, de 2001”, escribió la presidenta.

El peronismo está echando el resto contra la probable victoria de Macri. Scioli está logrando a última hora apoyos inesperados como el del expresidente Eduardo Duhalde, muy crítico con el kirchnerismo, o de Felipe Solá, que fue gobernador peronista de Buenos Aires y ahora está con Massa. Indirectamente dijo que votará a Scioli. La movilización en la base peronista para frenar a Macri está siendo importante y silenciosa. Las divisiones internas siguen siendo el gran problema, pero ahora parecen apartadas para tratar de ganar.

La campaña negativa contra Macri no tiene efecto en las clases medias y altas, donde incluso se la ha ridiculizado. Pero nadie sabe qué efecto real tendrá en los barrios populares, como el de Obligado, en esa enorme masa de votantes de la periferia de Buenos Aires que fue el granero del peronismo y en la primera vuelta le dio la espalda, al menos en parte. De su recuperación o no dependen las elecciones. “Nosotros vamos a seguir casa por casa, en los trenes, en los colectivos (autobuses), con pintadas hasta el viernes a las 7:59, cuando permite la ley. Cada voto cuenta”, promete Pablo Walker mientras se marcha con su equipo a la estación de tren para buscar a los trabajadores que vuelven a sus casas. Es la micropolítica que no detectan las encuestas.

El País

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