Published On: dom, Feb 2nd, 2014

En homenaje a John Machado

 

Sobre John Machado

Por: Federico Vegas*

Hay un proverbio que los años me han ayudado a entender: “No es más grande quien más espacio ocupa, sino quien más vacío deja cuando se va”.

Pensaba utilizarlo para hablar de la arquitectura que está realizando este gobierno, dedicada a ocupar con viviendas cuanto espacio esté disponible, pero no a crear servicios, oportunidades ni participación, ese conjunto de potencialidades, iniciativas y sorpresas llamado ciudad.

Mientras pensaba en el tema, recibo otra patada en el alma y el proverbio se torna espantosamente real: John Machado ha sido asesinado. El vacío ya no es sólo un concepto. Ahora se ha convertido en un sentimiento, que es la única manera de entender las ideas, vivirlas y asomarse a su profundidad, a lo que tienen de carne y de espejo.

El vacío que sentimos no debe consistir sólo en el dolor de su ausencia y en la convicción de que la alternativa de una muerte injusta, para uno mismo o un ser querido, no es cuestión de mala suerte, sino de tiempo. John Machado nos ha dejado una invitación abierta a tomar una actitud digna ante la vida y el país. Ésa es la verdadera grandeza del vacío en que nos deja. Allí nos aguarda el testimonio de los umbrales y horizontes que él había decidido enfrentar, traspasar. Pero no es fácil asumir ambas caras de la palabra “vacío”, llena de esa fuerza insondable que oscila entre el horror y la esperanza.

Hay amigos a los que no les cuadra la muerte. Sin darnos cuenta, los hacemos asumir el lado más luminoso de la vida, pues son nuestra referencia de que vale la pena vivir con plenitud. Secretamente, inconscientemente, nos decimos: “Si John está trabajando, emprendiendo nuevos proyectos, no todo está perdido”. Otros encontraron en él certidumbre ante esa creciente tragedia que es marcharse del país: “Si John no se ha ido, vale la pena quedarse”. Y entonces sucedió lo que queremos suponer como inconcebible.

Nos veíamos poco, con intervalos que se hacían cada vez más largos. Y sólo ahora comprendo cuánto me significaba su estilo, su manera de ser. Quienes lo conocieron recuerdan sobre todo su sonrisa, llena de una cualidad que los hombres poco entendemos, la dulzura; virtud que tendría que estar unidad a una voluntad férrea para manejar una construcción, un trabajo que equivale a dirigir un ejército. No era una sonrisa estrepitosa, repentina, tenía algo íntimo, interior, que brota espontáneo y luego se contiene para no invadir la conversación. No tenía intención, volviendo al proverbio, de llenar espacio sino hacer de éste un lugar más amable, más conciliador, más abierto. Su calidad humana para con su país, su ciudad, sus amigos, sus hermanos, sus padres, sus hijos, su esposa, era un sustento y una señal que, al desaparecer, nos ha dejado a todos al descubierto, al descampado y con una pregunta en los labios: “¿Ahora qué vamos a hacer?”. La intensidad con que surge esta pregunta no se debe a que John fuera un hombre excepcional, que lo era, sino justamente a su capacidad de presentarse como una persona que está decidido a cumplir con sus obligaciones, dejar el mundo mejor que como lo encontró. Es en esta sencillez donde reside el misterio de su huella, lo diáfano de su “ser como hay que ser”.

El lunes, 27 de enero, mi esposa llamó para decirme que iba a una reunión con sus hermanos y John para hablar de un proyecto. El martes comenzó a contarme lo que habían tratado en la reunión, pero se dedicó a hablar sobre todo de John, de cuánto había disfrutado al volverlo a ver, y verlo bien, con unos kilos y unas cuantas canas más, pero siempre con ese rostro tan positivo, tan dispuesto a afrontar las dificultades. John contó que ahora andaba por la ciudad en mototaxi, “es la única manera”. Le preguntaron si se ponía esos gorritos de baño que usan los asépticos antes de ponerse el casco. Contestó que el secreto de que no se le hubiera caído el pelo estaba en esos cascos destartalados y curtidos que a duras penas se encajan los pasajeros de los mototaxis. Al final, Marta me resumió el encuentro: “Da gusto trabajar con él. Es prudente, tienen estrategias claras y te llena de ganas de ir hacia adelante”. El miércoles en la mañana la desperté con esa noticia espantosa a la que hemos ido acostumbrándonos, como si fuera la confirmación de nuestra mortalidad y no la negación de nuestro derecho a vivir.

El miércoles en la tarde llamé a Rafael Pereira. Sabía que él fue la última persona con quien John habló justo antes de ser secuestrado. Quería decirle que debía estar orgulloso y feliz por todo lo que había compartido con John. Rafael fue su profesor y le inculcó la importancia que tiene la historia y el arte en nuestra profesión. Durante treinta y cinco años estuvieron compartiendo y buscando la oportunidad para convertir lo conversado en un proyecto concreto. La oportunidad había llegado y superaba las expectativas.

En un momento en que los promotores y constructores intentan sobrevivir bajo una escasez de materiales básicos, amenazas de expropiación a mitad de la obra, satanización de los promotores privados y un estado de incertidumbre legal y económica, John había logrado llevar adelante en la Isla de Margarita el primer edificio sustentable construido en Venezuela, un concepto que las autoridades consideran como un mito de los países imperialistas, una idea incluso despreciable para un país donde la energía es tan barata.

John salía de su oficina cuando llamó a Rafael a su celular. Continuaron hablando mientras John se dirigía hacia el estacionamiento. El tema era el mismo que trataban con apasionada obsesión desde hacía más de un año. Todo marcha bien, ya está por terminarse la estructura y disfrutan hablando de una obra que pronto tendrá vida propia. Falta poco para que la llamada sea interrumpida.

No era el momento de ahondar en algo que estaría palpitando en Rafael como una herida abierta y pasamos a hablar de los años en que John era su alumno y estaba descubriendo a Palladio. Siempre es reconfortante hablar de esos héroes de un mundo clásico que los siglos han convertido en un cielo perfecto. Luego le insistí en la única idea que quizás podría traerle consuelo. “Ustedes convirtieron la amistad en un acto creador”. Me refiero a ese generoso contexto que invita a los hombres a realizarse, a dar lo mejor que tienen por dentro, a encontrar cualidades y aptitudes que desconocían.

Jorge Luis Borges decía que para un joven es una suerte el elegir un destino que la familia celebra y comparte. John es hijo de arquitecto y hermano de arquitecto, digamos que nació rodeado por su destino. Fue excelente como estudiante y como profesional, hasta que decidió abarcar más partes del proceso constructivo y convertirse en promotor, un oficio equivalente al productor de una película. Había comprendido que el arquitecto necesita un organizador para que se den las condiciones que hacen posible todo proyecto. John era un idealista que asumió el enorme peso de las realizaciones. Gracias a ese hogar de arquitectos contaba además con el apoyo de su hermano Juan Andrés, quien fundó la firma ODA con Erich Brewer, y comparte con John la búsqueda de la excelencia, de las vanguardias y la experimentación.

Han pasado tres días más y no he podido dejar de pensar en ese último proyecto, tema de esa última llamada. Supongo que he tratado de aferrarme a ese vacío que nos invita a actuar, a continuar, para no ver el otro, el de la infinita ausencia. Quiero refugiarme en algo que tiene más de camino luminoso que de dolor estancado, inconducente. Volví a llamar a Rafael. Ahora quería saber tanto como fuera posible de ese edificio sustentable. ¿Qué significa esta sostenibilidad?

La primera cualidad de un edificio es ser tan grato y vivible que sus usuarios lo amen y lo cuiden. Así de simple. La permanencia de una estructura en buen estado es sin duda un ahorro. Aquellos edificios que por su fealdad, mezquindad o pésima construcción se ganan el rencor de sus usuarios son los menos sustentables y suele ser larga y costosa su agonía.

Pereira me explicó que John había explorado esta frontera desde hace años, estudiando al edificio como un ser vivo que puede ser capaz tanto de generar buena parte de su energía como de reducir y reciclar sus desechos. Esta investigación lo colocaba en las antípodas de lo que todos los otros promotores hoy intentan hacer en Venezuela, que es, como ya señalamos, sobrevivir, lograr terminar. Cuando un gremio está viviendo urgentes necesidades es difícil, casi imposible, hablarles de nuevas posibilidades, de nuevos horizontes. John tenía un ejemplo que ofrecer, una prueba de que valía la pena apostarle al futuro. Esta labor visionaria, encarnada gracias a la arquitectura de su hermano, fue premiada por las organizaciones que intentan propiciar esa nueva dimensión de la arquitectura.

El aspecto donde el edificio alcanzó el nivel más alto de reconocimiento es el llamado “proyección a la comunidad”, una estrategia que busca relacionar al edificio no sólo con sus usuarios, sino también con los ciudadanos que lo contemplan. La explicación de Rafael se va haciendo cada vez más emocionante. Mientras me describe la propuesta de los diferentes artistas, los jardines internos, las cubiertas verdes, siento que nos acercamos a los pasos entre la oficina y el estacionamiento, cuando John le dio una buena noticia al asomarle que el próximo proyecto sería un proyecto turístico. “Hay tanto por aprender, por hacer”.

Es entonces cuando John le dice a Rafael, sin cambiar el tono de voz, como si fuera a cambiar el celular de mano para abrir el carro:

– Rafael… espera un momento que me están atracando.

Se escucha entonces unas voces que parecen brotar de los infiernos:

– ¡Échate para allá!

John contesta con la misma calma, la misma sabiduría de quien ha lidiado con obstáculos imposibles:

– Tranquilo, pana, que la puerta está abierta.

Prodavinci

*Escritor, novelista

ImpactoCNA.- John Machado fue en vida un promotor inmobiliario, arquitecto de profesión, padre de familia, optimista y amigo de vocación. También fue asesinado por la delincuencia instalada en Venezuela por cerca de quince años

------

------

Leave a comment

XHTML: You can use these html tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>