Published On: dom, Sep 9th, 2018

Envejecer lejos de casa, reportaje ganador del concurso Miguel Otero Silva en España

Envejecer lejos de casa

UN RETO DESCONOCIDO PARA LOS VENEZOLANOS MAYORES DE 60 AÑOS

Briomel González Mendoza (1978) ha acumulado una sólida experiencia como reportera en los diarios El Nacional, El Universal y El Tiempo. Ha recibido varios premios en reconocimiento a su trabajo periodístico. Presentamos el reportaje ganador en la III edición del Concurso de Periodismo Miguel Otero Silva, organizado por Venezuelan Press, en España.

Una tarde de 2014 un par de maleantes encañonó en la cabeza a José Antonio Fernández (Ponferrada, España, 1940) en Puerto Ordaz, la ciudad donde desarrolló su carrera como profesor universitario de inglés durante cuarenta años. Los malhechores subieron a su coche con él dentro. Le repetían: “¡Qué bonito es tu carro!”. Él respondía: “No me maten”. Lo soltaron horas después, previa entrega del dinero sacado en cajeros. Relata la historia su mujer, Symely Ochoa (Maracaibo, 1943) –por Skype– desde Vigo, adonde se mudaron doce meses después del suceso. Lo cuenta apretando sus labios y con la mano abierta en el pecho. “Le dije que teníamos que irnos”. Termina la frase y se pone los dedos sobre los párpados cerrados. Solloza.

Para el momento del robo, sus cuatro hijos se habían marchado de Venezuela hacía una década: José y Juan a Francia, Irene a Inglaterra y Raquel a España. Después del asalto, sus vástagos incrementaron la presión para que migraran. Cedieron. Ochoa ya estaba jubilada como bibliotecaria universitaria y su marido también. Ella obtuvo la residencia en España como cónyuge de un ciudadano de la Unión Europea (UE).

“Siento que me arrancaron de mi esencia, de mi calorcito. Para mi esposo, todo aquí es conocido. Fue volver a su tierra. Yo, en cambio, pienso en mi familia que queda allá, pero estoy agradecida a Galicia. Ahora estamos felices porque aquí nació nuestra primera nieta: Sara. A ella le hablaré mucho de Venezuela”.

La inseguridad figura entre las primeras causas de la migración venezolana. Según el Observatorio Venezolano de la Violencia, en 2017 hubo 26.616 muertes violentas.

En mayo de 2015 una fuente le avisó a Omar Pineda (Caracas, 1949), periodista y entonces editor web de TalCual, que saliera del país cuanto antes. El Ministerio Público estaba a punto de citarlo y, a partir de esa acción, podrían imputarle delitos de difamación agravada por la publicación de un artículo (replicado del diario español ABC), que establecía vínculos del diputado chavista Diosdado Cabello con el narcotráfico.

Pineda lo tomó a guasa, pero el informante insistió: “Vete ya. Te compro el pasaje”. Dos días después Pineda y Elizabeth Araujo, su esposa y también periodista, aterrizaron en Barcelona. En 48 horas se convirtieron en objetivo del gobierno venezolano y solicitantes de protección internacional en España. Sus dos hijos ya vivían fuera de Venezuela: Omareliz en Dublín y Oliver en Madrid.

Atrás quedaron su piso en Montalbán, dos perros y cinco mil libros. En la capital catalana reiniciaron sus vidas. Cuidaban mascotas, luego comenzaron a gestionar cuentas de redes sociales y a colaborar con medios digitales. Estiran los ahorros obtenidos por las ventas de sus bienes. Pineda lo cuenta –por Skype– desde Barcelona. Araujo está cerca y lo interrumpe para decir: “Ambos tenemos familias numerosas, con muchos hermanos y sobrinos. Los amamos y nos duele estar lejos. Enviamos medicamentos y dinero cuando se puede”.

La pareja presentó su caso ante las autoridades españolas. Cuentan con la tarjeta de solicitantes de protección internacional que les permite residir y trabajar en España hasta que respondan a su solicitud. La resolución del trámite puede demorarse hasta tres años. El Ministerio del Interior ha concedido el asilo a 1% del total de solicitantes (1).

Según datos oficiales del Alto Comisionado de Nacionales Unidas para los Refugiados (Acnur), en 2017 se registraron 31.700 solicitudes de protección internacional en España, de las cuales 10.600 eran de venezolanos (2), la población más numerosa en peticiones de asilo, seguidos por sirios (4.300) y colombianos (2.500).

A Elleenn Fernández (Caracas, 1948) su hermana Egleé le decía “La Miss” porque saludaba con sonrisas a todos los vecinos en San Cristóbal. Fernández, divorciada y con dos hijas, trabajó quince años como Jefa de Tesorería en Corpoelec. Viajaba anualmente para visitar a sus chicas, que viven en la capital española desde 2007 y 2013, respectivamente. En 2014 nacieron sus nietas trillizas. Su hija Ellem le pidió que se quedara a vivir en España para ayudarla porque ya sumaba cuatro niñas.

Después de un año vendió su casa y compró un inmueble cerca del edificio donde viven ahora repartidos en dos apartamentos en Madrid. “Me deprimí por el fallecimiento de mi hermana, que me ayudó mucho en la crianza de las muchachas. Decidí irme”. Se le saltan las lágrimas al decirlo. Coloca una muñeca sobre la otra. Después se calma y sigue hablando. Sentada en el comedor del Centro Cultural Juan Bautista, donde concede la entrevista, la saluda mucha gente. Sigue siendo “La Miss” y allí es la profesora de ortografía. Nunca había sido docente, le divierte y lo hace ad honorem. También asiste a gimnasia, estimulación cognitiva y va de excursión con otras jubiladas. Tienen un grupo de chat telefónico llamado “Las Chicas de Oro”.

Fernández obtuvo documentación para vivir en España por ser madre de una española (su hija mayor ya obtuvo la nacionalidad). El trámite de solicitud de residencia para familiar comunitario representa en 2018 el 45% del volumen de negocio de voyaemigrar.com y documentoselcriollito.com, empresas de asesoría jurídica y extranjería especializadas en venezolanos. Su directora, María Eugenia Díaz, habla sobre el incremento del número de gestiones: “Hasta hace un par de años era algo residual. Ahora es una auténtica estampida. Los venezolanos que ya se han nacionalizado españoles se traen a sus padres por la falta de medicamentos, de alimentos y por la inseguridad. La mitad de las llamadas que recibo son para consultas sobre esto”.

Los solicitantes deben demostrar que le envían dinero a su familiar en Venezuela, comprarle un seguro privado y presentar solvencia económica para mantenerlo en España. La residencia dura 5 años y es renovable.

El Tsunami

Crisálida Senges Duno (Caracas, 1953) es licenciada en Educación y doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación. Trabajó siempre como académica. Viajaba a Madrid para visitar a su hija y sus dos nietas, pero no se planteaba quedarse. En 2014 no pudo pagar el seguro de su camioneta. “Fue una sensación terrible. Vengo de una familia muy pobre y trabajo desde los 14 años. Todo me lo gané con esfuerzo”. Rompe en llanto. Presiona sus labios. Prosigue.

“Mi apartamento de Terrazas del Ávila, el de la playa, todo fue luchado. Me asaltaron varias veces. Tenía ahorros en divisas y mi hija me convenció de que comprara una vivienda en Madrid. Lo hice y me vine. Dejé mi carrera, dejé todo y tengo una sensación de tsunami de la que no levanto cabeza. Necesito que no me pese gastar diez euros en un par de copas de vino. Me urge retomar algo de mi poder adquisitivo”, cuenta.

Senges fue rectora en instituciones privadas y trabajó 30 años en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Ahora estudia estética facial y prepara un proyecto para cambiar su “Visa No Lucrativa” por la residencia de “Trabajador Autónomo”. Va a clases de teatro y se reúne con “Los Chamos”, un grupo de padres de periodistas que pertenecen a la Asociación de periodistas venezolanos en España Venezuelan Press, que tienen en común la profesión de sus hijos y la nostalgia por su país.

Crisálida vivió en España entre 1992 y 1995, donde hizo su doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. El país no le resulta ajeno, pero no están sus amigos ni la posibilidad de trabajar en la academia. Por eso el tsunami todavía la revuelca.

A Corina Carrillo (nombre ficticio) (Anzoátegui, 1952) la derrumbó la victoria electoral de Hugo Chávez sobre Henrique Capriles en 2012. Inició los trámites para marcharse. En 2014 llegó a Madrid para vivir con su hija y su yerno. Nunca había estado en el país Ibérico y la cautivó. Es administradora y trabajó como jefa de compras. Su madre y sus cuatro hermanos viven en Estados Unidos. “Mi única hija es española por parte de su padre (de quien estoy separada hace más de treinta y cinco años) y me sacó la residencia. Cuando llegué me pagaron la pensión durante unos meses”, explica por Skype.

En 2016, Carrillo y su familia se mudaron a Barcelona. Allí estudia catalán. Estuvo en un grupo de Whatsapp de “Abuelas venezolanas”, pero al no tener nietos se aburrió y se salió. “Lo mío es la juventud y estoy buscando novio”. Suelta la carcajada y remata: “Hice cursos de inglés y vendí tartas. Me encanta España y doy gracias a Dios todos los días, aunque me dan mis tristezas. Una vez estaba en el Museo Picasso y tocaron Moliendo Café en violín. Lloré inconsolablemente”.

En la capital catalana, Carrillo también asiste a las manifestaciones de los pensionados y jubilados venezolanos para exigir al gobierno de Venezuela que pague la prestación social.

Andrés Varenkow preside la Asociación de Jubilados y Pensionados Venezolanos en Galicia. De las nueve asociaciones similares que hay federadas en España, la gallega es la más numerosa con más de 2.800 miembros (entre españoles retornados y venezolanos). Se creó en 2015, cuando el gobierno venezolano dejó de pagar las pensiones.

Varenkow, que vive en Vigo desde 2002, trabaja a diario para conseguir el cobro de las jubilaciones. Habló con tres cónsules, envió comunicaciones a la Embajada de Venezuela en Madrid, a la Junta de Galicia y al Ministerio del Trabajo en España. “Hay un silencio institucional. La última noticia es que se retomarían los pagos en 2018, según dijo Nicolás Maduro al periodista Jordi Évole en diciembre de 2017. Seguimos esperando. Somos un colectivo discriminado (3), aunque ya sesenta jueces nos han dado la razón”, explica.

Las otras asociaciones funcionan en Valencia, Asturias, Andalucía, Cataluña, Canarias, País Vasco, Madrid y Aragón (4). Sus miembros abarrotan las protestas. Por la falta de pago de la pensión, muchos de ellos viven de la beneficencia. Acuden al banco de alimentos y a la organización Cáritas para pedir comida y ropa.

El venezolano es el colectivo de extranjero que más creció en 2017, según el Instituto Nacional de Estadística de España (INE).

Mercedes Martínez (Caracas, 1953) es una periodista jubilada que trabajó en El Diario de Caracas, en revistas y en prensa institucional. En enero de 2016, cambió su apartamento de 150 metros en Altamira por uno de 100 metros menos en el madrileño barrio de Vallecas. Vive con su marido Sebastián de la Nuez y su hija Valentina. La falta de medicinas, la inflación, la escasez de alimentos y la presión de sus hijos la empujaron a irse.

Obtuvo la residencia por ser cónyuge de un ciudadano de la UE (su marido es de Canarias). Ella insiste en que necesita una entrada económica. Busca empleo sin éxito. Ya tiene 65 años y eso lo dificulta más. Ni ella ni su pareja cobran la pensión. Tienen ahorros para un par de años. Sus dos hijos viven en Madrid, Diego desde 2009 y Valentina desde 2013.

“Vengo a España desde 1983, pero nunca pensamos vivir aquí hasta que el chavismo y el madurismo destruyeron el país. La decisión correcta fue mudarnos. Me quejo del clima, de vivir con mi hija porque quisiera mi espacio, de la estrechez económica, pero sé que estamos mejor aquí. Amo a Venezuela, pero no la veré recuperarse. Estuve deprimida y hasta en el metro de Madrid un día le pedí llorando a los viajeros que no se olvidaran de mi país”, comenta.

Elena Antillano (Caracas, 1949) y Roberto Gutiérrez (Cúcuta, 1939) se habían quedado también sin hijos en Venezuela. La vida de esta pareja de médicos jubilados, ella pediatra y él ginecólogo, incluía ir al supermercado, el cine y a las citas médicas de Roberto, que lleva un par de años en silla de ruedas por una afección en sus rodillas. “Mi corazón se fue yendo a pedazos de Venezuela cuando partieron mis cinco hijos”, comenta Antillano.

En octubre de 2017, dejaron su casa de Terrazas de Club Hípico por un piso muy cerca de su hija Alejandra en Madrid. Las otras dos, Laura y Roselena, viven en Estados Unidos. Además, sus dos hijos de crianza (vástagos de Migdalia, su empleada doméstica durante décadas) están en Colombia y República Dominicana respectivamente.

“Yo peleaba con Dios por la situación de Venezuela, pero jamás quise irme. Me imaginaba viajando para ver a mis muchachos, pero ya no pudimos más. Nos expulsaron la escasez, la inseguridad y la inflación. Nuestras pensiones no alcanzaban para nada. Vendimos acciones de clínicas, el apartamento de Higuerote y el carro. Estamos adaptándonos. Es muy dura la vida sin amigos, sin tu clima”, dice Antillano, que asiste a clases de coral, sevillanas y estimulación cognitiva.

Para Roberto es su segunda migración. A los 17 años se fue de Cúcuta a Caracas, huyendo de la pobreza. En la capital venezolana fue barbero y enviaba parte de su salario a Colombia. Con 28 años empezó a estudiar medicina en la UCV. “No sentía que vivía en tierras extranjeras, aunque estaba muy lejos de mi familia. Los llevé a todos a Venezuela y allí hicimos nuestras vidas”, comenta rodeado de bocetos, porque ahora va a clases de pintura.

En Madrid se siente a gusto porque cuenta con muchos lugares con accesibilidad para personas con discapacidad. Sin embargo, le agobian las restricciones económicas. “Estoy acostumbrado a ser el proveedor en casa. Ahora le pido a mi esposa 20€ y se escandaliza. Me resulta muy incómodo, pero sé que es necesario para rendir nuestros ahorros”. La pareja obtuvo la residencia en España por solicitud de su hija Alejandra, quien ya se nacionalizó española.

Para Magaly Varela, trabajadora social y compañera de trabajo de Elena Antillano durante 40 años en el Centro de Desarrollo Infantil en Caracas, migrar ha sido un camino áspero y espinoso. En Venezuela, a su hija Adriana le hurtaron el vehículo en dos ocasiones y le pedían rescate en dólares. A eso se sumó que la Guardia Nacional visitó su calle en Montalbán en varias ocasiones con tanquetas durante las protestas de 2017.

Magaly llegó con su familia a Madrid en agosto de 2017. Es viuda de un español y cuentan con documentación para vivir en España. Al aterrizar, fueron víctimas de una estafa inmobiliaria por parte de una venezolana. No fue un buen comienzo. Varela relata su historia entrecortada por sus lágrimas. Su nieta Andrea, de 6 años, conserva fresco el recuerdo del caos caraqueño y siente miedo caminando por Madrid.

Varela se alegra de estar en España. “Aquí se respeta mucho al adulto mayor, mucho más que en nuestro país. Me siento considerada y respetada. Hay muchas actividades para hacer y me voy a apuntar como voluntaria en una ONG porque siento que tengo mucho para dar”, comenta.

El ajuste emocional

Tomás Páez (Canarias, 1953) es sociólogo y profesor jubilado de la UCV. Está en Madrid desde 2014, donde escribió el libro La voz de la diáspora venezolana, que reúne entrevistas e historias de vida de venezolanos por el mundo. El texto es la base para su trabajo central, que consiste en dibujar la reconstrucción de Venezuela.

“Hay venezolanos en noventa países y más de cuatrocientas cincuenta ciudades. Hay una cantidad de personas mayores de sesenta años cuyo aporte en muy valioso para la reconstrucción. Hay expertos de la industria petrolera, médicos, académicos, científicos, ingenieros… Todos responden afirmativamente cuando les preguntamos si colaborarían en proyectos para ayudar a Venezuela. Eso sí, el 80% no regresaría porque ya tiene una vida nueva. Lo que nos interesa es su experiencia y conocimiento”, afirma Páez.

El académico vio cómo sus amigos sacaban a sus hijos de Venezuela porque preferían despedirlos en Maiquetía y no en el cementerio. Ahora esos jóvenes demandan la presencia de sus padres. Páez considera que la clave está en que el colectivo de la tercera edad tenía su vida resuelta, sus metas cumplidas y todo se derrumbó. “Nadie se imaginaba esta catástrofe de escasez y penurias. Los profesores jubilados como yo ganan cinco dólares al mes. Sin las ayudas de los hijos no pueden vivir. Al final acceden y se van con ellos, por difícil que resulte”.

Las psicólogas venezolanas Virginia Calderón y Laura Lupi pertenecen al grupo “Arte y parte” que reúne a profesionales venezolanos de la salud mental en España. Tratan el tema del desarraigo. Lo primero que observa Lupi en los pacientes de la tercera edad es el duelo migratorio como producto del choque cultural, el estrés aculturativo y los cambios en la identidad.

“Es un duelo ambiguo y más complejo para los mayores. Quieren estar en ambos lugares. Sienten ansiedad e incertidumbre. Pierden la autoeficacia. Pasan de ser los proveedores a tener que obedecer a sus hijos. Hay un cambio fuerte en la autoridad y en los roles familiares. Les arrancas de su mundo. Se sienten desamparados psíquicamente”, explica la especialista.

En algunos casos, observa resistencia al país de acogida y a hacer nuevas redes. “Al principio tienden a aislarse, pero la recomendación es que establezcan nuevas relaciones sociales. Para el español que vivió en Venezuela hay un mundo conocido en España: la comida, el clima, su familia. Es un retorno. El venezolano, en cambio, siente que le quitaron todo lo que le pertenece y hay un universo nuevo para aprender”, sugiere Lupi.

La totalidad de los pacientes migrantes venezolanos de la tercera edad que atiende Virginia Calderón manifiestan su deseo de regresar a Venezuela. “Sienten una profunda nostalgia y tristeza. El duelo propio de la migración se hace mucho más complicado de gestionar porque su cuerpo está en España y su cabeza en otra parte”.

Para Calderón, la presión natural de los hijos para que los padres migren genera una dinámica tensa para los mayores. “Sienten que son una carga, reciben regaños, pasan a ser dependientes. Los hijos exigen que se adapten. Hay quienes se han regresado a Venezuela porque prefieren estar en su territorio”.

También hay un colectivo de adultos mayores que, sin ya familia en Venezuela, no se quiere ir. El escritor y presentador Boris Izaguirre contó en la televisión que cuando le propone a su padre Rodolfo (Caracas, 1931) que se vaya de Caracas, él le contesta: “¿Quién va a cuidar de mis helechos?”.

Recomendaciones para familias con personas de la tercera edad migrantes

• Respetar las decisiones de los adultos mayores.

• Mantener una escucha activa sobre lo que desean hacer y sus sentimientos.

• Recordar que hubo grandes pérdidas. Lo que construyeron ya no existe.

• Mostrarles las ventajas de abrirse al lugar a donde llegaron y de su nueva vida con nietos, alimentos y seguridad.

Fuente: El Nacional web

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