Published On: jue, Ene 30th, 2014

¿Es curable la corrupción?

 -Venezuela y Paraguay están en la  peor posicion de la tabla peleándose las últimas posiciones con Angola,  Congo, Myanmar o Yemen
-Su solución está en gran  medida en manos de los ciudadanos.

 

Por: Alejandro Salas*

 

“Los  países, cuanto más pobres, más corruptos”

No necesariamente. No existe una  correlación directa entre pobreza y corrupción. El fenómeno de la corrupción es  muy complejo y multidimensional. Tiene que ver con valores, creencias, normas,  reglas, instituciones, etcétera. Si miramos a Iberoamérica, por ejemplo, estudios  como el Índice de  Percepción de la Corrupción de Transparencia International, publicado en  2013, que mide las percepciones de corrupción en el sector público de los  países, muestran a Venezuela y Argentina como dos de los peor calificados, sin  embargo, ninguno de los dos es de los más pobres. Mas bien, habría que poner el  énfasis en la fortaleza o la debilidad de la institucionalidad democrática.

Cuando el ejecutivo de un país  domina a los otros poderes del Estado; cuando las fiscalías, contralorías,  tribunales electorales y otros viven bajo el mando de uno de los poderes, por  ejemplo, del Ejecutivo; cuando la prensa no es independiente o está concentrada  en manos de unos pocos; cuando los políticos deben favores a grupos económicos  poderosos que financian sus campañas; cuando lo que aprenden los niños sobre  ética y valores en la escuela no se practica en casa, y cuando la población es  pasiva y solo participa de la vida pública el día de las elecciones, hay un  campo fértil para la corrupción. Por ello, la correlación entre pobreza  económica y corrupción no es lo fundamental. Se trata más bien de un tema de riqueza  o pobreza institucional y de participación ciudadana.

 

“Todos  los políticos son corruptos, por eso nada va a cambiar”

Falso. No todos los  políticos son corruptos ni la política es un mal oficio. Tampoco es cierto que  nada vaya a cambiar. La política es parte esencial de la vida democrática y de  la convivencia en Estados modernos. Hay muchos políticos que hacen las cosas  bien y que quieren hacer más. Es necesario que nosotros como ciudadanos los  identifiquemos y los apoyemos.

En España, de acuerdo al Barómetro  Global de la Corrupción, muy pocos ciudadanos han pagado sobornos para  acceder a trámites o servicios públicos, más bien los encuestados identifican  como las instituciones más plagadas de corrupción a los partidos políticos (8  de cada 10 españoles) y al Parlamento (7 de cada 10). Estas son dos  instituciones clave para una democracia sana, entonces es ahí donde hay que centrar  esfuerzos.

Hay que dejar de votar por los  corruptos, por aquellos que han estado involucrados en actos indebidos. Es  asombroso, independientemente del país o de la ideología del partido político,  que se siga votando por alcaldes, diputados y otros que son conocidos por los  abusos de poder y delitos de corrupción como fraude, evasión fiscal,  enriquecimiento ilícito o que simplemente no hacen más transparente la información  sobre ellos a los votantes.

Usemos un ejemplo sencillo. Si tengo  que llevar mi automóvil a reparar, ¿lo llevo al mecánico que sé que en las últimas  tres ocasiones me cobró muy caro y el coche se volvió a estropear una semana más  tarde, o busco un mecánico nuevo en quien pueda confiar? La respuesta es obvia.  Entonces, ¿por qué no aplicamos la misma lógica a los políticos y a los  partidos y dejamos de apoyar a los que tienen malos antecedentes? El voto es la  primera y más accesible herramienta que tienen los ciudadanos para sancionar a  los corruptos.

 

“En España y América Latina existe mucha corrupción, es una cuestión cultural”

Depende. Si entendemos cultura como una región geográfica con ciudadanos con orígenes, historia y otros elementos comunes, como podría ser Iberoamérica, definitivamente no. Los ciudadanos de España, Perú, Costa Rica, Brasil o Argentina, por ejemplo, no son  por nacimiento o cultura más o menos corruptos que los de los Balcanes, Asia Central, Escandinavia o el Norte de África.

Cuando miramos los resultados del  más reciente Índice de  Percepción de la Corrupción de Transparencia International vemos que Estados  como Uruguay y Chile obtienen calificaciones muy positivas, a la par de países  como EE UU, Irlanda y Francia, incluso por encima de Austria o Estonia. Por el  contrario, otros países de la región como Venezuela o Paraguay están en la  parte más baja de la tabla, peleándose las últimas posiciones con Angola,  Congo, Myanmar o Yemen, solo por nombrar algunos. España es un país de media  tabla, obtiene una calificación de 59, donde 100 es un país percibido como muy  limpio y cero como muy corrupto.

La corrupción ha estado presente  en la historia de la humanidad y se ha manifestado en las diversas sociedades.  Por ello, más que un tema de cultura en el sentido más amplio de la palabra, es  importante entender aspectos puntuales que se repiten ampliamente en una  sociedad y se transmiten y replican a través del tiempo. Por ejemplo, el nivel  de tolerancia que ciertas sociedades muestran a la corrupción. Ahí sí se observa  que en varios países de América Latina existe un alto grado de tolerancia.

En México, por ejemplo, existe la  figura del coyote, un individuo que  ronda las oficinas donde hay que hacer trámites con la administración pública como  son las licencias, pasaportes, etcétera. El coyote te da un servicio, hace que el trámite sea más rápido y sencillo, y esto lo  hace gracias a sus amigos en la burocracia o al pago de sobornos. Esta es una manifestación  de la corrupción. Muchos utilizamos sus servicios porque nos sirve, nos conviene no perder el tiempo. Es decir, demandamos el servicio y ellos proveen. Se podría decir, entonces, que en México está muy difundida la cultura del coyote como un facilitador  de trámites para el ciudadano.

Esto no se da solamente a nivel  personal y en trámites puntuales, ¿qué pasa cuando a pesar de haber sido descubierto que el ex presidente peruano Alberto Fujimori estaba en el centro  de una red de corrupción que capturó al Estado durante diez años, un alto  porcentaje de la población le sigue apoyando? Estamos, sin darnos cuenta,  premiando al corrupto. Estos y muchos otros ejemplos son expresiones de esa  tolerancia a la corrupción. La tolerancia y la resignación son elementos que sí  determinan que en ciertas sociedades esté más extendida esta lacra que en  otras.

 

“España  ha demostrado ser uno de los países más corruptos del mundo”

No se sabe, pero no es  lo más relevante. Al  ser un fenómeno que se maneja en secreto, no existen mediciones que te permitan  decir exactamente que un país es más corrupto que otro. Es más, aunque  existieran dichas mediciones, en el fondo tampoco es lo importante. ¿De qué  serviría saber si Noruega o Francia son países más o menos corruptos que  España? Lo importante es identificar que hay un problema, cómo se manifiesta,  cuáles son sus causas y a partir de ello atajarlas. Es en esto último donde se  vuelve importante mirar a otros Estados, para aprender de aquellos que han  hecho las cosas bien.

Tampoco nos hagamos una idea  falsa en cuanto al incremento reciente de la corrupción, es decir, la corrupción no es nueva, no es un fenómeno que surge en los últimos dos o tres años o que va de la mano con la crisis económica. La corrupción siempre ha estado presente, con mayor o menor énfasis en algún sector u otro. Lo que muchas veces sucede es que en épocas de bonanza económica suele ser un problema secundario para los ciudadanos, es decir, existe en el fondo una falta de interés basada en el pensamiento “mientras algo no me afecta directamente, no me importa”. A  raíz de la crisis económica, que tuvo vinculaciones con temas de corrupción, ahora  a todos parece molestarnos. En gran medida, los ciudadanos somos responsables,  ya que la dejamos florecer durante mucho tiempo, ahora juntos debemos frenarla.

Hay que aprovechar de manera  positiva el descontento. El Barómetro  Global de la Corrupción de Transparencia International de 2013 muestra que  el 60% de los españoles creen que los ciudadanos comunes pueden hacer algo en  la lucha contra la corrupción.

 

“La  corrupción es incurable, hay que aprender a vivir con ella”

Para nada. Definitivamente se  puede cambiar. Los ciudadanos no tienen que aceptar y resignarse a vivir con la  corrupción. Hay que reducir la tolerancia hacia estas actividades y trabajar en  generar cambios. Además, hay que ser realistas, esto no es tarea solamente de  un presidente o de un solo individuo. Se necesita de alianzas entre los  ciudadanos y los sectores público y privado.

Hay que empezar por entender que  la corrupción, por más pequeña que parezca, tiene consecuencias muy severas. Por ejemplo, si se le da un soborno a un inspector de una municipalidad para que me deje operar un club nocturno sin las medidas de seguridad en regla, el día que hay un incendio y fallecen varios jóvenes, el origen del problema fue, en gran medida, ese soborno. Es responsabilidad de todos entender que un acto indebido, por más mínimo que parezca, tiene consecuencias.

También hay que fortalecer y  mejorar las reglas e instituciones que previenen y castigan la corrupción. Necesitamos  leyes que permiten el acceso a la información, mejores sistemas de compras  públicas, más esquemas de gobierno electrónico, controles efectivos y autónomos  por parte de las instituciones responsables del control y auditoria, entre  muchas otras.

Además, es clave contar con ciudadanos  que activamente demanden transparencia. La democracia no se vive solamente el  día de las elecciones, es ahí donde empieza. Es necesario vivir en democracia  pidiendo rendición de cuentas de los políticos que elegimos y a los  funcionarios, cuestionándolos cuando no estamos de acuerdo.

Finalmente, y este es un elemento  clave, es preciso que exista el castigo a los corruptos. La impunidad se da  cuando no se castiga a alguien que ha cometido una falta. Lamentablemente, con  los casos de corrupción esto sucede con frecuencia. Quienes tienen los medios o  la capacidad de evitar el castigo, ya sea por su influencia, recursos  financieros o porque conocen bien las debilidades del sistema, suelen evadir el  castigo o negociar uno mucho menor al que correspondería en proporción al daño  cometido.

Es imperante que no les permitamos salirse con la suya. De otra manera, no existe un incentivo para ir por el buen camino, para que aquellos que están en posición de corromperse se  inhiban. Cuando empecemos a ver a más corruptos que son castigados, ya sea formalmente  por las instituciones encargadas de impartir justicia o por la población, a  través de medidas simples como dejar de votar por ellos si son políticos, dejando  de comprar sus productos y servicios si son empresas, o simplemente marginándolos  socialmente, habremos dado grandes pasos en el duro camino para eliminar la  corrupción.

Por todo esto, no es sorprendente  que en la más reciente medición de percepción de la corrupción de Transparencia  Internacional España haya sido uno de los países, junto con Siria, que más  retrocedió. A pesar de los escándalos frecuentes y las denuncias, hay muy pocos  castigos, muy pocos cambios profundos e incluso se promovió una reforma a  través de la Ley de Transparencia, aprobada el noviembre pasado, que se queda  muy corta ante las necesidades actuales del país.

*Transparency International’s Regional Director for the Americas

Esglobal

 

 

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