Published On: mié, Jun 25th, 2014

Este Otro País

Por: Gonzalo Himiob Santomé*

A riesgo de ganarme algunas antipatías, no logro entender cuál fue el momento en el que las líneas de nuestro entorno se desdibujaron de esta manera brutal hasta llegar a ser este manojo de tachones y manchas, sin destino ni norte, que ahora llamamos patria. No es que antes de Chávez fuésemos una obra culminada, una “pieza maestra” sin necesidad de más trabajo o de ajustes importantes, pero al menos éramos una nación “en construcción”. Ahora somos otra cosa, una tan inaprehensible y accidentada que dista mucho de tener un calificativo que la categorice. No hay proyecto común, no hay luces ni senderos compartidos, no hay certezas. Acá ya no vemos al frente, solo a los lados (por miedo a que nos roben o nos maten) y hacia atrás (para encontrar siempre en el pasado en quien descargar nuestras culpas). Somos un simple grupo de seres humanos que comparten tiempo y espacio, nada más.

Lo único que se ve con claridad es que nuestros males actuales tienen más que ver con lo que somos como pueblo -así, en minúsculas y sin idealizaciones- que con otras variables. Es verdad que en todo este juego nuestra dirigencia, de un bando o del otro, tiene una clara influencia, pero en algún momento olvidamos que no hay liderazgo que haga más que lo que el mismo pueblo le permite hacer. Ningún político llega a donde el pueblo no le deja llegar.

¿En qué momento comenzamos a aceptar que a las cosas no se las llamara por su nombre? ¿Cuándo nos convertimos en brutos borregos de la diatriba política? ¿Cuándo perdimos la capacidad de leer la realidad directamente, sin sesgos ni subtítulos? El llamado es para todos, sin distinciones. Acá, por ejemplo, un político oficialista suelta, sin pruebas, o con “evidencias” forjadas o francamente ridículas, graves acusaciones a mansalva contra quienes se le oponen y muchos, en lugar de llamarlo payaso, mentiroso o irresponsable, que es lo que es, lo cuestionan pero dejan a salvo la posibilidad de que “se investiguen con seriedad” los absurdos que a todos imputa con desparpajo. Así, mordemos el anzuelo y nos quedamos pegados en el tema, dándole alas a lo que ni siquiera tuvo patas y ayudando a los deslucidos “Lady Gaga” de la política venezolana (que los hay en los dos bandos, por cierto) en su empeño de hacer lo único que saben hacer: Llamar la atención.

Algunos dirigentes opositores se lanzaron hace poco, básicamente en procura de un protagonismo que de desacierto en desacierto sabían perdido, a una aventura de “diálogo”, fallido desde su nacimiento, con un poder a todas luces obtuso y artero; una que desde todos los frentes racionales se les señaló en su momento como peligrosa e improductiva, al menos en los términos en los que estaba planteada. Pero no, para muchos eso no fue un costosísimo error de proporciones épicas que le brindó a los inútiles y abusadores en el poder la tabla de salvación de la que estaban urgidos en ese momento, uno que en cualquier país serio hubiera conducido a un indispensable “cambio de guardia” en la oposición en el que los actores del dislate fueran sustituidos de inmediato por otras personas con otra visión más coherente sobre la realidad nacional, sino un “esfuerzo serio” para “rescatar la nación” de la crisis y de la intolerancia. Increíble.

¿Más ejemplos? La inflación en algunos de los rubros más importantes este año superará los tres dígitos, sin lugar a dudas, haciendo que éste sea el país más invivible del planeta, la escasez es real, palpable y cierta, y las progresivas devaluaciones, expresas o soterradas, han hecho que nuestros billetes no valgan ni el papel en el que se imprimen; pero pocos, especialmente entre los maduristas (el chavismo murió con Chávez), son capaces de decirle a Maduro, a Ramírez, a Merentes o a Giordani, directamente y a la cara que son, con Chávez, los directos y únicos culpables de que las cosas hayan llegado a estos extremos. No, Maduro es una “simple víctima” de una ilusoria “guerra económica” y ahora hasta Giordani es “chévere” solo porque como está “picado”, ya que lo sacaron del juego, le cantó a Maduro una o dos verdades desde la comodidad que le garantizan su edad y el haber sido coautor y artífice de la debacle que padecemos. Bastantes secretos incómodos que custodia, seguramente, para que no le hayan abierto ya una investigación por “terrorista”.

Vanessa Davies avaló durante mucho tiempo, desde su poltrona como propagandista oficial, los miles de abusos que se han cometido desde hace años contra toda expresión de disidencia o de queja contra el gobierno, pero ahora ve como un “abuso” lo sufrido por Chataing y es la nueva “heroína del día”. Aranguibel renuncia “de manera irrevocable” (pero por pocas horas, claro) a YVKE porque le cortaron un programa en plena difusión, y vemos en él a un “defensor de la libertad de expresión”, aunque declare tras el lance que en nuestro país el gobierno no ha cercado, sistemáticamente, las posibilidades de existencia a medios independientes y libres.

Lo peor es que vemos esas escuetas expresiones de fugaz coherencia, y sin ver la película completa, ya saltamos todos con inexcusable ingenuidad a decir que este barco “ya hace aguas”, y que el “final de la pesadilla” ya está próximo, cercano, a la vuelta de la esquina. Nos estamos pareciendo a Reinaldo Dos Santos, así de mal estamos.

Y también va al revés la cosa. Los estudiantes tomaron en febrero las calles, con justas razones, y todo el pueblo opositor los tuvo como héroes nacionales, pues encarnaban los anhelos de millones, pero ahora, de la mano del poder y con el apoyo de algunos opositores que no estaban de acuerdo con dejarse quitar el “liderazgo”, cuando ya han sido neutralizados y hasta criminalizados, empiezan las voces de siempre a dirigir sus cañones contra ellos, convirtiéndolos en los chivos expiatorios de sus propias carencias y fallas. Otros, sencillamente, ya se están olvidando de ellos. Nunca estuvo tan claro eso de que la historia, para daño de la verdad, la escriben los vencedores, o en este caso, los sobrevivientes.

La lucha por la arepa diaria ha sustituido a la planificación del futuro. Ya no hay sueños, solo realidades. No hay tiempo ni espacio para pensar en el país que seremos, sino para lidiar con el país que somos. Así no se puede reconstruir una nación, mucho menos refundarla. Pero además, pareciera que nos quedamos en los excesos relativistas e inmediatistas de la postmodernidad: Todo está sujeto a interpretaciones, las líneas entre lo justo y lo injusto, la decencia y la obscenidad, e incluso entre lo verdadero y lo falso, están borradas. En algún momento los límites entre lo aceptable y lo inaceptable se hicieron difusos, y seguimos permitiendo que así sea. Aunque no nos guste lo que vemos, lo toleramos, lo aceptamos, lo hemos hecho parte de nuestra “anormalidad” cotidiana, y así dejamos de ser Venezuela y nos convertimos en este otro país, mejor decir, en este otro esbozo de país, que ya no se reconoce ni a sí mismo.

*Abogado venezolano. Defensor de Derechos Humanos

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