Publicado el: Dom, Ene 29th, 2017

Federer le roba la gloria a Nadal y gana en Australia

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El suizo, pletórico a sus 35 años, frena la reacción del español y logra en Australia su decimoctavo Grand Slam

Encendida la Rod Laver, con miles de gargantas enloquecidas, Roger Federer borda el tenis, un regalo que guardaba antes de su despedida para confirmar que no habrá otro como él. Gana el Abierto de Australia, su decimoctavo Grand Slam, y el mundo entero le rinde pleitesía, un justo reconocimiento a alguien que ha hecho tanto por el deporte. Rafael Nadal, reducido por el huracán, es el primero en reconecerle el mérito a su íntimo enemigo, a quien venera por tantos años de peleas y al que le abraza en la red porque la gesta del suizo es para recordar. Federer, catapultado hasta el infinito, vence por 6-4, 3-6, 6-1, 3-6 y 6-3 y llora como un crío, feliz en el paraíso. Los genios, y Federer lo es más que es ningún otro, nunca mueren.

La final de Australia, preciosa por lo que supone en un regreso al pasaje escrito en 2009 por los mismos actores, se fracciona por capítulos, muy diferenciados unos de otros. Para empezar, y con el sol todavía iluminando el eléctrico cemento azul de las antípodas, Federer se presenta con una rotundidad asombrosa. El suizo, de 35 años y arrebatador en las distancias cortas, sabe que no le interesa una carrera de largo recorrido, así que pone la directa y en 34 minutos se apunta la primera manga, una lección de tenis exprés que deja a la parroquia boquiabierta. Nadal, al que le pesan las piernas después de la paliza que se dio contra Grigor Dimitrov en semifinales, no puede hacer otra cosa que esperar a que amaine y asume de antemano que cuando Federer está en ese plan es imposible.

Federer, simplemente, da una clase magistral al servicio y achucha siempre en los restos, ubicándose incluso dentro de la pista para dañar los saques de Nadal. En el séptimo juego, y a la primera oportunidad que tiene, firma un break decisivo que le abre las puertas del set, un pasito más cerca de la decimoctava estrella.

Al español, delatado por su expresión corporal, no le vale la estrategia de toda la vida. Son 23 triunfos en 34 tardes contra Federer y casi todas han seguido el mismo patrón. Desde el fondo, jugando incluso pegado al muro, tira derechas y derechas buscando efectos para atacar el revés de Federer, que históricamente siempre ha sufrido por ahí cuando la bola le bota por encima de las caderas. Sucede, sin embargo, que Nadal tarde en comparecer y que Federer está implacable, una delicia de golpes ganadores en su apuesta al todo o nada. Como no quiere mucho debate, se entrega a una ruleta con intercambios que no pasan de los cuatro o cinco golpes, tan seguro de sí mismo que prefiere arriesgarse sin miedo a fallar.

No hay alegría en el rostro de Nadal, tampoco energía en sus muslos. El partido va por un camino que no le interesa para nada y tiene que hacer un esfuerzo titánico para contrarrestar el talento del suizo, que por algo tiene más grandes que nadie. Y en esas, la pelea da un giro poco previsible, pues de repente Nadal se pone 4-0 y saque, un escenario totalmente distinto. A Federer, que tiene apagones de estos, le da para recuperar uno de los servicios perdidos, pero la segunda manga ya está escrita, con peloteos más largos que benefician siempre al español. Set para ambos, volver a empezar.

El primer juego del tercer capítulo tiene una trascendencia brutal para los intereses de Federer, pues sabe que si quiere ser el elegido necesita que el duelo no se prolongue. Nadal levanta un 40-0 y tiene luego tres bolas de break, muy bien salvadas por el suizo con tres aces. Es un toma y daca, y Federer se anima hasta el punto de imponerse por 6-1, a una sola puerta de afincarse de por vida la gloria. De ahí que la derrota sea tan dolorosa, pues quién sabe si tendrá otra como ésta.

El caso es que su enemigo es Nadal, y eso le lleva por el camino de la amargura. Federer es consciente de que nunca será suficiente para tumbar al balear, y se atrapa cuando asoman los fantasmas. En realidad, los convoca el propio Nadal, al que le corresponde todo el mérito del mundo por revertir una situación tan compleja. Le queda gasolina para un último esfuerzo y se exprime hasta que no le queda nada, heroico para llevar la lucha por el título hasta el quinto y definitivo set.

El clásico del tenis no puede tener mejor epílogo, enganchado el planeta a un desenlace histórico. Federer, que necesita tiempo médico y se ausenta durante unos minutos, parece aturdido, preguntándose mil veces por qué demonios nunca, o casi nunca, puede con Nadal. Sin encontrar una respuesta que le convenza, pierde a las primeras de cambio el paso y ese break supone medio Abierto de Australia para Rafael Nadal, alentado por su palco y reanimado a base de puños y gritos.

Es una final con todas las letras, una montaña rusa de emociones muy difíciles de gestionar. Nadal quiebra y se le pone cara de campeón, pero Federer renace como otras tantas veces, tan absurdo enterrarle como las páginas escritas hablando de su declive. En tres minutos, Nadal pasa a estar contra las cuerdas, 3-4 en contra y 0-40 para el suizo, una situación de infarto y con el cielo repleto de nubarrones. Se repone, lucha hasta la extenuación en un peloteo de 26 intercambios que se lleva el suizo, y se le acaba la cuota de milagros, pues ni siquiera el ojo de halcón le concede otra oportunidad en el match point. Australia se le escurre al mallorquín y consagra a Federer, quien llora de emoción esta vez, un premio mayúsculo para el más grande (desde Wimbledon 2012 no levantaba un major). La gloria de Nadal, al que no queda otra que agradecerle todo, se la queda el helvético. Es un genio, es el genio

abc.es

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