Publicado el: Lun, Dic 23rd, 2013

Henrique Capriles perdio el camino

Por: Gustavo Tovar Arroyo*

El triste final de Capriles

Nadie en su sano juicio puede negarse al recurso civilizatorio del diálogo, ni siquiera en condiciones adversas. No es un tema de ingenuos ni de sumisos dialogar, es un tema de seres responsables.

El diálogo es el lubricante esencial de las relaciones humanas, mientras dialogamos nos civilizamos: mientras más diálogo más humanidad; mientras menos diálogo más barbarie.

En una democracia el diálogo es la costumbre, es el día a día; no es noticia, es lo cotidiano. Los políticos discuten, debaten, intercambian ideas, cotejan visiones y al final construyen acuerdos a través del diálogo.

La democracia hilvana el tejido social de la nación dialogando. El diálogo no sólo nos civiliza; nos humaniza. Hay que dialogar.

El choque de los rinocerontes

En dictadura, en cambio, el diálogo es lo excepcional, lo extravagante, lo excéntrico. Si se da, es un espectáculo, un hecho noticioso.

En dictadura, y su permanente monólogo, el diálogo estorba. Es la disidencia, como víctima, perseguida, secuestrada o torturada, quien lo promueve pues aspira evitar el choque de los rinocerontes políticos; se empeña en impedir el mutuo aniquilamiento nacional.

Pocas veces lo logra debido a que en dictadura el diálogo es más bien un ejercicio propagandístico y legitimador del régimen, sólo aspira reconocimiento y sumisión por parte de la disidencia opositora, que, de más está señalarlo, no claudica ni se humilla si dialoga, se ennoblece (siempre y cuando mantenga la dignidad y el honor).

Es enternecedora la súplica de diálogo por parte de la víctima política. Nos conmueve porque sabemos que el verdugo siempre, tarde o temprano, dejará caer la guillotina. Es su naturaleza. Pero hay que insistir, no se puede dejar de dialogar, incluso en una dictadura.

Eso sí, insistimos, manteniendo la dignidad y el honor.

Una dictadura boba, regordeta y nueva rica

El diálogo de Miraflores fue extravagante y excéntrico, fue un hecho noticioso básicamente porque en Venezuela se sufre una dictadura.

Una dictadura boba, regordeta y nueva rica, pero una dictadura.

Fue kitsch -espectacular en su cursilería y mal gusto- el diálogo porque además la dictadura venezolana es un reality show que se trasmite en vivo y en directo, y las risas, jaladera de bolas y futilidad de algunos oficiantes, obviamente a tono con la vergonzosa puerilidad de Nicolás que un día insulta y el otro besa, nos ridiculizaron aún más de lo que estamos como sociedad.

El diálogo fue inútil como generalmente ocurre cuando se dialoga con una dictadura, porque ésta sólo buscaba reconocimiento y sumisión de parte de la disidencia, y la obtuvo con facilidad.

El reality show dictatorial alcanzó una audiencia y reconocimiento insospechados, hubo hasta quien en vivo y en directo agradeció la buena voluntad del dictador.

Patético.

Los alcaldes de Calais

Encuentro una dramática similitud entre la humillante -pero urgida- visita de los alcaldes a Miraflores y la crónica histórica de los “Burgueses de Calais”, que Rodin inmortalizó en una lúgubre escultura.

Eduardo III de Inglaterra después de varios intentos fallidos por ocupar el “municipio opositor” (disidente, enemigo, escuálido, conspirador, etc.) de Calais, decidió sitiarlo y acorralarlo hasta lograr que sus habitantes se murieran de hambre.

Ante la muerte de cientos de niños y ancianos, el alcalde de Calais se rindió y pidió diálogo al Rey, quien iracundo aceptó con la sola condición de que un grupo de notables de la ciudad, harapientos y humillados, se rindiesen ante él y le suplicasen condescendencia. Lo cual ocurrió, como hace días en Venezuela.

Triste, muy triste, pero ya nos vamos acostumbrando, fue observar a algunos oficiantes de la oposición perder todo indicio de dignidad y honor (memorable la actitud de una alcaldesa), inclinándole la rodilla, con obsecuencia banal, a su majestad, el dictador bobo Nicolás Maduro.

Algunos notables alcaldes confundieron el diálogo con la más patética sumisión y reverenciaron ante Venezuela y el mundo a un malhechor, a un ladrón de elecciones y a un traidor a la patria.

¿Bolívar habría pasado la página así de fácil?

Claudicó la coherencia

No todo fue desolador ni inútil en el encuentro, Gerardo Blyde alzó su voz junto a la de Daniel Ceballos y David Smolansky e impusieron rigor al diálogo.

En Venezuela, hay que decirlo, se evidencia un saludable cambio de piel opositor, la culebra de la juventud trae el veneno de la libertad en la entraña. Y morderá…, morderá muy pronto. No ahora, pero pronto.

Soy injusto, otro espíritu joven de estos tiempos, Antonio Ledezma, fue honorable y digno en su participación. No claudicó. Y en realidad el diálogo no claudica, lo que claudicó en el encuentro de Miraflores fue la voluntad popular manifestada electoralmente el 14 de abril; lo que claudicó fue la victoria electoral que se obtuvo contra todo pronóstico y que trágica e imperdonablemente no se cobró.

Lo que claudicó fue la coherencia.

El 8 de diciembre Nicolás Maduro fue legitimado, el día del encuentro en Miraflores se le proclamó y reconoció. La oposición no claudicó con el diálogo, claudicó en la reivindicación de su milagrosa victoria electoral; Henrique Capriles quedó desamparado y náufrago.

Hubo un camino

Sé que este artículo desentona con el insulso optimismo que impera entre algunos feligreses de la mesa de la unidad, entiendo que la esperanza es lo último que se pierde, pero siento advertir, lo sabemos, que la realidad dictatorial se impondrá muy pronto.

El régimen lo único que buscaba -y lo logró- con el diálogo fue reconocimiento. Ganaba legitimidad y tiempo, sólo eso. No tardará -lamento ponerme profético, nada más odioso para mí- en mostrar su verdadero rostro, su babosa naturaleza autocrática.

Es un régimen criminal, lo ha sido desde el 4 de febrero de 1992 y lo seguirá siendo. No hay manera ni milagro de Dios que lo haga cambiar. Para sostenerse en el poder deberá mantener el ventajismo, el fraude y la persecución de la disidencia política en todas sus formas y dimensiones.

Henrique Capriles logró que el tiempo de Dios se impusiera el 14 de abril, pero pecó cuando no interpretó su perfección. A todas luces chocó con la realidad dictatorial y no supo qué hacer, optó por estacionarse y retroceder, perdió el camino. En el encuentro de Miraflores la oposición le pasó por encima, lo desamparó y decidió seguir sin él.

Hubo un camino que se extravió, habrá que encontrar uno nuevo y todo indica que en el 2014 uno se “habilitará” con más fuerza, convicción y redoblada fe.

Estoy convencido de que el cambio de piel ocurrió y la serpiente brava de la libertad morderá. Esto no se ha acabado. Ya verán, sé lo que digo…

*Analista politico venezolano

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