Published On: Mie, Feb 20th, 2013

Iván Olaizola D’alessandro

 Por: Iván Olaizola D’alessandro

Nunca pensó don Vicente Salias que en algún momento de nuestra historia habría que hacerle algunos retoques a la letra del Himno Nacional. Y es que de aquel Gloria al bravo pueblo/ que el yugo lanzó, hemos pasado a un “gloria al manso pueblo/ que el yugo aceptó”. La compostura de nuestro pueblo en estos últimos, digamos diez años, ha sido un ejemplo de “pacifismo estoico” para el mundo entero.

Hemos aceptado con franciscana postura todo lo que al actual mandatario (al de Cuba) se le ha ocurrido hacer con esta patria de libertadores. Comenzó por cambiar el nombre de la República y se dijo amén. Cambió el escudo y la bandera y de igual manera se aceptó sin chistar. Cambió la Constitución y se la hizo a la medida, modificó leyes a su antojo y la conformación de los poderes del Estado y amen.

Cambió los nombres de avenidas, parques, autopistas, institutos y empresas del Estado, ministerios, gobernaciones, alcaldías y hasta la hora sin protesta alguna. De ciudadano presidente pasamos a comandante presidente. El idioma fue sometido a un cambio arbitrario con el uso de los géneros en forma abusiva. Se cambió la sindéresis característica de los jefes de Estado para dirigirse a sus gobernados por el uso de un lenguaje escatológico, amenazante e insultante. Arregló elecciones para perpetuarse en el poder.

Acabó con los contratos colectivos y con la autonomía de los sindicatos. Las armas, otrora de uso exclusivo de los organismos de seguridad y defensa del país se las pasó a los colectivos y grupos adeptos a su gobierno. Cambió fechas patrias y hasta la propia historia. Estableció una democracia sui géneris. Politizó y acabó con la FAN. Pero también acabó con el sistema universitario, con la infraestructura nacional, tumbó puentes, expropió, confiscó.

Cerró televisoras y emisoras. Metió políticos a las cárceles y exculpó a criminales. Usó los recursos del Estado como hacienda propia. En fin, trastocó todo, incluida la vida normal del país y de sus habitantes. Y el pueblo, el de alpargatas, el de corbata y el de uniforme, tranquilos, calladitos. Cualquier protesta de este bravo, ahora manso pueblo, se hacía previo permiso y anuencia del gobierno, dejando bien claro que nada tenía que ver con “el comandante”, más aún que éste no tenía nada que ver con lo protestado, por tanto se le eximía de culpa alguna.

Recientemente la historia se ha hecho más patética. El paroxismo de la mansedumbre. Un país que entró en situación de facto. Se acepta sin aviso y sin protesto, cual letra de cambio, la continuidad de un gobierno que venció el 10 de enero. Un Presidente sin jurar la Constitución. Un vicepresidente del gobierno anterior. Un mandatario virtual, con firma electrónica, que nadie ve ni oye, dando órdenes y tomando decisiones. Se cambió la capital de la República. Se, eufemísticamente hablando, ajusta la moneda para bien del pueblo. Se incrementan los partes de guerra por la violencia diaria. La cesta básica por la estratosfera, por lo caro y porque no se ve.

Y todo transcurre en calma. Pasó el día de la Candelaria, vino el Carnaval. Renunció el Papa. Llegó el Miércoles de Ceniza. Regresamos a nuestras cotidianas actividades. Globovisión y runrunes. El Dr. Marquina. Y de terapia intensiva a suite y de suite a terapia intensiva. “A según dicen”. Ya llega. Ya no es “el avión, el avión” ahora viene en barco.

Mientras todo esto ocurría, y ocurre, en nuestro país, en el mundo entero otros pueblos, muchos pueblos, teóricamente menos bravos que el nuestro, al menos por la letra de sus himnos, irrumpían en contra de lo establecido. Derrocan dictaduras y gobiernos tiránicos y arbitrarios, mandando a sus cabecillas al degredo de la historia. Movimientos de muchos nombres y estaciones surgieron para reivindicar a los pueblos oprimidos. Pero nosotros, como pueblo, debemos sentirnos orgullosos, somos respetuosos de las leyes, de la democracia, somos como los pueblos de Cuba y de Corea del Norte. Orgullosos de nuestro máximo líder. Que Dios le dé vida eterna.
iolaizola@hotmail.com-
El Carabobeño

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