Published On: vie, Nov 16th, 2012
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Juegos de guerra

Por: FRANCISCO GÁMEZ ARCAYA
El sargento Juan Pablo Pérez bien podría estar en una plaza cualquiera exhibiendo su inútil pero disuasivo AK-47 para amedrentar a los conductores de la ciudad. Su uniforme de campaña y su sola presencia resuelven muchos problemas de la convivencia urbana. Pero la realidad del sargento es ahora muy distinta a aquella citadina función.

Ahora Pérez corre agachado entre las cortantes hojas del follaje de la selva. Del cuello le cuelga el mismo AK-47. Esta vez el fusil le sirve de salvoconducto para matar y así preservar su vida. Sus botas rebozadas de barro cubren los ampollados pies del sargento. El verde oliva de su uniforme ahora sirve de camuflaje. A su lado están algunos compañeros del cuartel. No han tenido tiempo para entablar amistad alguna. Pérez supone, sin embargo, que de caer herido, su vecino, el sargento Luis Hernández, no lo dejará desamparado.

A cada ráfaga de armas enemigas, Pérez estampa su cara en el barro del suelo. Es en ese momento en el que piensa en la voz de Lucía, su esposa. Y en el torpe caminar de María, su hijita de dos años. Y en el olor de Felipe, su bebé de seis meses. Cada momento de peligro que logra sortear es un salto de adrenalina, pero sobre todo de esperanza. No conoce el por qué de la guerra, pero está claro que su misión es permanecer vivo, para los suyos. En una explosión más cercana, su compañero Hernández cae herido. Pérez gira sobre sí mismo y corre en su auxilio. No hay nada que hacer. Hernández ha muerto instantáneamente, y su esposa, y su hija de quince años, pronto quedarán ahogadas en un llanto de dolor y de incertidumbre. Pérez continúa avanzando con la muerte cada vez más cercana. De pronto otra ráfaga y de nuevo al barro, y otra ráfaga, y otra. Pérez y sus compañeros, cada vez menos, vuelven a avanzar. De pronto, un proyectil le atraviesa la cara y Pérez dedica su último pensamiento a Dios. Alcanza pedirle por Lucía. Luego la sangre ahoga su mirada. Para su familia, una carta y quizá una medalla, quizá una pensión.

Así es la guerra. Tenemos la tendencia de hablar de ella en términos políticos, históricos, geográficos. En fin, en términos lejanos. Pero la guerra es el llanto, la muerte, la desesperanza. A pesar de eso, sus promotores destinan inmensas cantidades de dinero para el eventual combate, y ganan cuantiosas comisiones. Jamás reparan en Pérez, en Hernández, en las familias. En los últimos seis años, sin amenaza real de conflicto bélico, se dice que el gobierno socialista de Venezuela ha gastado más de dieciséis mil millones de dólares en armamento de guerra. Y nos recuerdan que la revolución no está desarmada y nos exhiben el poder militar en cada efeméride y politizan a la Fuerza Armada. ¿En contra de quién apuntarán? Juegan a la guerra con la ligereza propia de quien tiene asegurado el resguardo en caso de que la sangre llegue al río. Así es muy fácil hablar de la guerra.

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