Publicado el: Sab, Abr 13th, 2013

La Biblia de Hugo Chávez

El Socialismo del Siglo XXI querría ser la codificación doctrinal de la religión política del chavismo

 

Por: Miguel Angel Bastenier

 

Es “una cobertura a la propuesta bolivariana, que engloba viejas ideas con fuerte componente identitario como la patria grande, el anti-imperialismo gringo, el paternalismo de Estado, la mejora de las condiciones de vida de las clases humildes, y el caudillismo mesiánico”.

 

El Islam tiene el Corán; las diversas confesiones cristianas, desde el maremágnum de protestantismos al catolicismo uno y trino, cuentan con diferentes recopilaciones de la Biblia; el judaísmo se apaña con el Talmud y la Torá; el Tao, o el camino, hace las veces de Kempis oriental; el marxismo no carece de libro de cabecera, El Capital; y el chavismo, en su afán de perdurabilidad, parece que debería concretar en forma documental ese sugerente eslogan de Socialismo del Siglo XXI, en el que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, quería encapsular objetivos, ensoñaciones y proyectos para la refundación del país. Pero a la hora de su fallecimiento, víctima de un cáncer, el pasado 5 de marzo, poco o nada se había hecho o dicho que permitiera hablar de codificaciones. Por ello, ante los comicios presidenciales del domingo, 14, en los que el presidente encargado, el exsindicalista Nicolás Maduro, se enfrenta al candidato de la oposición, el multimillonario Henrique Capriles, veamos si es posible identificar ¿qué es eso del Socialismo del Siglo XXI?

El término fue inventado a fin de los años 90 por un politólogo alemán, Hans Diederich, que asesoró a Chávez al inicio de su mandato (1999-2013), pero que hace ya algún tiempo que ha renegado de denominación tan ambiciosa, afirmando que en su interior no hay nada, a lo sumo la encarnación del capitalismo de Estado. El propio líder bolivariano utilizó por primera vez el mantra socialista, referido a su Gobierno, en enero de 2005, en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, para declararse unas semanas más tarde personalmente socialista, con motivo de la celebración en Caracas de la IV Cumbre de la Deuda Social, el programa alternativo a las cumbres de los G-veintantos. Y con una candidez que solo cabe imaginar en quien se sabe sumo sacerdote del culto a su persona, Chávez admitía que la doctrina estaba aún por hacer cuando afirmaba que “aunque hay experiencias, logros y avances, tendremos que inventárnoslo, y de ahí la importancia de estos debates y esta batalla de ideas; hay que inventar el Socialismo del Siglo XXI y habrá que ver por qué vías”. En lo que podría ser un primer aterrizaje de ese objeto volante no identificado, el sociólogo norteamericano Stephen Levitsky decía que era: “un autoritarismo competitivo, que, a diferencia de las dictaduras o regímenes de partido único, es un híbrido; alberga instituciones democráticas que no son solo fachada; medios independientes y de oposición que compiten seriamente por el poder. Pero en cancha desigual, porque tienen menos recursos, menos acceso mediático, y sus líderes sufren diferentes tipos de hostigamiento” (Nov. 2010, La República de Lima). Teodoro Petkoff, director del diario caraqueño Tal Cual y eminencia gris de la oposición, cuenta que la información oficial se facilita, incluso sobre temas protocolarios como son las giras internacionales de Chávez, únicamente a medios afectos. No hablemos ya de quién se beneficia de la publicidad oficial que como el ojo del amo engorda el caballo.

Manuel Alcántara, director del departamento de América Latina de la universidad de Salamanca, subraya que la doctrina chavista “no cuenta con ningún texto medianamente estructurado”, sino que es “una cobertura a la propuesta bolivariana, que engloba viejas ideas con fuerte componente identitario como la patria grande, el anti-imperialismo gringo, el paternalismo de Estado, la mejora de las condiciones de vida de las clases humildes, y el caudillismo mesiánico”. En una primera búsqueda de filiaciones históricas, el analista peruano Luis Esteban G. Manrique, de Política Exterior (Madrid), lo califica de un populismo más cuyas referencias se encuentran en el peronismo y América Latina, en general: “¿Derechas, izquierdas? Yo gobierno con las dos manos, se burló una vez Perón cuando le preguntaron por su ideología”. Y lo que hizo el hoy icono electoral de Maduro fue “reformular para la Venezuela del siglo XXI el viejo modelo populista latinoamericano que se remonta a los años 40 del siglo pasado; del brasileño Getulio Vargas, del que se decía que ‘era el padre de los pobres y la madre de los ricos’; o del colombiano Jorge Eliecer Gaitán, que se declaraba ‘pueblo antes que hombre’. El carácter impreciso de ese populismo ha sido siempre una de las claves de su éxito”.

Alberto Barrera, posiblemente el mejor biógrafo independiente del líder, encuentra las primeras huellas de ese bolivarianismo en una trinidad, repetidamente exaltada por el propio Chávez: “La nuez de la ideología que anima el movimiento es un árbol de tres raíces: Bolívar, su mentor el maestro Simón Rodríguez, y el federalista Ezequiel Zamora”, este último un comerciante de provincias (1817-60) que encabezó una insurrección campesina fracasada en 1846; y a todo ello el líder desaparecido añadía una cuarta pata, aunque menor, la de Pablo Pérez Delgado, maisanta (madre santa), un guerrillero del siglo pasado fortuitamente antepasado del propio Chávez. El biógrafo enlaza, finalmente, todo ello con el legado de uno de los progenitores de la izquierda radical latinoamericana, el guerrillero venezolano Douglas Bravo.

Los medios son, naturalmente, el mayor vivero de opinión sobre el Socialismo y su fundador. Petkoff, que procede también de la izquierda guerrillera, habla desde el desengaño democrático cuando afirma: “Es una afortunada expresión inventada por Hugo Chávez para denominar su proyecto político, que hasta 2005 careció de cualquier definición ideológica. A partir de esa fecha, quizá por inspiración del propio Fidel Castro, comenzó a dar a sus desvaríos esa cobertura, como cabría esperar de alguien que confiesa no haber leído nada de marxismo, de forma que su socialismo consiste en una mescolanza indigerible de simplezas y simplificaciones, a las que atribuye algún parentesco con el pensamiento de Marx, aunque su traducción en la práctica sea un régimen autoritario, autocrático y militarista”. Michael Reid, el latinoamericanista residente de The Economist, cree que “combina marketing brillante con contenido poco definido, y se basa en el control hegemónico de la economía, sin que ello signifique el fin de la propiedad privada, con una distribución de la renta petrolera a beneficio de los sectores más pobres, a través de estructuras partidarias no institucionales”. Eleazar Díaz-Rangel, director de Últimas Noticias, el diario de mayor difusión de Venezuela, está considerado un chavista equilibrado, y coincide en parte con Reid: “Se habla de Socialismo del siglo XXI para diferenciarlo del que hubo el siglo pasado, que fracasó allí donde pudo ensayarse, o donde se ha transformado para evitar su derrumbe. El socialismo venezolano tendrá libertad de prensa, de asociación política, y se mantendrá la propiedad privada sobre los medios de producción no estratégicos”. La Prensa, entre ellos. Elides Rojas, director de la redacción de El Universal, el diario más prestigioso del país, lo ve, en cambio, como “un batiburrillo ideológico, dinamitado por la realidad, con la vieja retórica del comunismo cubano, el autoritarismo de las más atrasadas dictaduras latinoamericanas del siglo pasado, su buena dosis de populismo y demagogia, hipocresía, doble discurso y, lo más grave, una gran corrupción”. En todo ello abunda con su explosivo verbo una de las plumas más cotizadas del país, Milagros Socorro, colaboradora entre otras publicaciones de El Nacional, competencia del anterior: “Es el totalitarismo de siempre, pero entonado con la rima de una supuesta redención de masas. La novedad estriba en el cinismo de sus defensores que aseguran que beneficia a los pobres, aunque haya devastado la economía venezolana y emplazado al país entre los más violentos del planeta”. Maye Primera excorresponsal de EL PAÍS en Venezuela lo ve más como “una estética, que una ideología; un adjetivo para cubrir con una pátina revolucionaria el viejo sistema rentista-petrolero”. Para Jorge Luis Benezra, periodista de Televen, es un apaño de “identidad ideológica con que justificar el poder”. Y Luz Mery Reyes, directora de una web caraqueña, sostiene, mientras navega escrupulosamente entre Scila y Caribdis, que “pretende superar las fallas del socialismo real, con empoderamiento de los menos favorecidos. Mezcla experiencias distintas como los consejos comunales, estructuras que podrían materializar la preponderancia del poder popular. Pero en la práctica sigue enfrentando los problemas del socialismo real desde un sistema capitalista, aunque signado por el dominio del Estado, que se apoya en los ingresos petroleros”.

Juan Carlos Monedero, profesor de la universidad española que ha sido asesor de Chávez, y en 2004 contribuyó a crear el Centro Internacional Miranda, una suerte de laboratorio ideológico de izquierdas, es quien se atreve a pergeñar una cierta definición enumerando lo que considera rasgos esenciales de ese Socialismo: “Es anti-imperialista y contrario a toda colonización económica o cultural; quiere superar el marco capitalista y no solamente corregir sus excesos neoliberales (lo que le aleja de la socialdemocracia del brasileño Lula) ; apuesta por el respeto al medio ambiente como herencia de la Pachamama indígena (cultos precolombinos que adoraban la Madre Tierra), y por la mujer, en los ámbitos laboral, familiar y político; es pacífico pero está armado; distingue entre socializar y estatalizar, y fía en formas populares de gestión económica; entiende que el Estado es solución y problema, con lo que promueve la autogestión del pueblo organizado, superando las limitaciones de la democracia representativa”. Añade con agudeza que el “pensamiento de Chávez lo construyen sus enemigos”, lo que suena como un eco de las palabras del propio líder bolivariano, cuando dijo que él era consecuencia de sus predecesores: la Venezuela rentista del pillaje petrolero.

El Socialismo à la Chávez, tenía inevitablemente que heredar características de su progenitor. Alberto Barrera habla de “político catódico” para subrayar la capacidad de arrastre casi hipnótico del líder sobre todo en los medios audiovisuales. Así, el Socialismo chavista comienza por un eslogan, afortunado como decía Petkoff, donde la referencia al siglo XXI parece excusar de ulteriores elaboraciones, porque es una work in progress. Chávez era un novelista de sí mismo, al que le caería bien la manoseada imagen de Pirandello, con la diferencia de que el autor ya lo tiene, él mismo, y lo que busca es la novela que mejor le siente a su personalidad. Adecuadamente, en este recorrido se ha producido una amalgama de opiniones que, aunque formalmente contradictorias, coinciden en la afirmación simultánea de unos rasgos y sus contrarios. Un Ying y Yan caribeño, que trata de poner en práctica un atractivo eslogan con competencia profesional dudosa, limitación pero no abolición de unas libertades que no son solo burguesas, corrupción que viene de antiguo, y en medio de una inseguridad ciudadana crecientemente atroz.

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