Publicado el: Vie, Dic 6th, 2013

La revolución del Papa Francisco

El primer exhorto apostólico del papa Francisco, Evangelii Gaudium (“El gozo del evangelio”), divulgado hace unos días, marca el inicio de la reforma estructural que se propone acometer el pontífice argentino en la Iglesia Católica.

Los medios de comunicación han puesto énfasis en el contenido económico y social del documento papal, al punto que el ultraconservador comentarista radial estadounidense Rush Limbaugh llegó a opinar en el aire que el papa argentino es marxista. La prensa regional de izquierda, por su parte, ha hecho una exégesis del primer papa jesuita y no europeo como un reformador social que tiene el corazón junto a los pobres en lugar de los empresarios, a quien le interesa la redistribución del ingreso más que el crecimiento económico.

Si el papa Francisco es un revolucionario, la revolución que propone no es económica, sino una revolución en la forma en que la Iglesia Católica se entiende a sí misma. Ese es el negocio de este papa.

Ni lo uno ni lo otro. De 88 páginas, el documento papal, cuyas alusiones a la pobreza y el capitalismo han sido reproducidas e interpretadas en extenso en los últimos días, no es centralmente un documento económico y social.  Es un llamado a cambiar la forma como la Iglesia Católica se ve a sí misma, recuperando el espíritu del Concilio Vaticano Segundo de acercar la liturgia a la vida cotidiana de los fieles.

Francisco llama a la Iglesia a escuchar en los fieles la sinfonía de la verdad católica en vez de ahogarse en la cacofonía de la jerarquía eclesiástica, como ha sucedido una y otra y otra vez en los últimos dos mil años. Y a la Iglesia la concibe encarnada en el rebaño, no en el organigrama del Vaticano.

La reforma que propone Francisco, entonces, se basa centralmente en una horizontalización -algunos dirían democratización- del management de la Iglesia. Y el papa no sólo hace un llamado a esta horizontalización en abstracto, sino que la está aplicando en la forma como ha comenzado a administrar el Vaticano. Consulta ampliamente antes de tomar una decisión y pide a sus colaboradores que le digan si creen que está cometiendo un error.

Otro ejemplo claro de que la reforma de Francisco busca basarse en los fieles ha sido su empeño en transparentar aquello que la jerarquía eclesiástica quiso durante tanto tiempo ocultar, y en el hecho de que el pontífice asume personalmente la responsabilidad por ese silencio cómplice. Los abusos sexuales de menores, acaso el escándalo que más daño haya causado al catolicismo desde los excesos seculares del Vaticanos que dieron origen a la Reforma hace 500 años, sólo podrán ser superados si el Papado recupera la confianza de los fieles, y está por verse si la acción de Francisco será capaz de lograrlo.

En este contexto de profunda reforma y contrición, que es lo más importante del documento papal, el documento también muestra el apasionado interés del pontífice por el tema de la pobreza. Pero no se trata sólo de la pobreza material, por grande que ésta sea, sobre todo en la América Latina que Francisco conoce bien. El texto dice que también son pobres aquellos basan su propio valor en lo que tienen y no en lo que son. Incluso hay relación entre ambos tipos de pobreza, ya que la pobreza material en muchos casos es producto de la corrupción, la indiferencia e incluso -plantea el papa- en el fracaso de la propia Iglesia de no catequizar adecuadamente a los líderes empresariales y políticos.

La acusación de que el documento del papa está en contra de la empresa privada es falsa a la luz del propio documento, que señala que los negocios son una vocación, una vocación que es noble cuando se basa en la búsqueda del bien común. Y cuando critica el status quo social y económico, lo hace tratando de “liberar a aquellos que están atrapados por una mentalidad individualista y egoísta, a fin de que rompan esas cadenas y logren una forma de vivir y de pensar que sea más humana, noble y fructífera”.

Y en esto también ha dado señales de poner la acción donde pone las palabras, al poner a un laico a cargo de las hasta ahora muy sospechosas finanzas del Vaticano. El tiempo dirá si el manejo financiero de la Santa Sede está a la altura de las expectativas que el propio Francisco está creando.

Si el papa Francisco es un revolucionario, la revolución que propone no es económica, sino una revolución en la forma en que la Iglesia Católica se entiende a sí misma. Y el objetivo de su revolución es recuperar la confianza de los fieles y el poder del Vaticano como faro moral de Occidente. Ese es el negocio de este papa.

América Economía

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