Published On: dom, Ene 19th, 2014

La verdadera Habana de hoy

Pordioseros y vendedores ambulantes inundan La Habana

Algunos van a la capital a comprar o a mirar las vidrieras, otros van a ofrecer mercancía robada de almacenes estatales o elaborada en negocios particulares

Por toda la Calzada de Monte, desde Belascoaín a Zulueta, al Boulevard de San Rafael o la calle Obispo, a diario acuden miles de personas para hacer sus compras o curiosear en las tiendas.

Ir a La Habana es una expresión que siempre los habaneros utilizaban cuando querían acudir a cualquiera de los numerosos comercios situados en las avenidas céntricas de la ciudad.

En esos kilómetros de la geografía capitalina había modernas tiendas por departamentos como El Encanto, Fin de Siglo, Ultra, La Época y Flogar, librerías como La Moderna Poesía o ferreterías bien surtidas como Feíto y Cabezón.

Antes de 1959, la única moneda que circulaba en Cuba era el peso, que tenía el mismo valor del dólar estadounidense. Casi todas las tiendas que han quedado en pie se han transformado en «shoppings» y venden exclusivamente en divisas.

Si quieres entrar a una «shopping», tienes que dejar el bolso o la mochila y el carné de identidad en una taquilla habilitada en el exterior del local. Al entregar tus pertenencias, con gesto amargado, una empleada te da un cartón gastado con un número, para que después las puedas recoger.

Dentro, los dependientes son poco amables. Si no están rotos los aires acondicionados, pasadas las 11 de la mañana y hasta las tres de la tarde, los apagan, provocando un calor insoportable.

A la entrada de las tiendas recaudadoras de divisas es habitual observar a pordioseros, dementes y ancianos pidiendo dinero. También, vendedores de muebles, colchones y materiales de construcción, que tienen ofertas a mejores precios que los estatales.

Tienen álbumes de fotos para mostrar los muebles. Los voceadores son una pieza más dentro del engranaje. “Por cada mueble o cama que vendo, obtengo una comisión del 10%”, señala un hombre que dice caminar hasta tres kilómetros al día por tiendas situadas en Centro Habana.

Mucha gente no se fía de estos vendedores particulares. “Algunos son estafadores. Es muy difícil hacer una transacción comercial con alguien a quien debes entregar la mitad del dinero antes de comprar la mercancía”, dice una señora.

Los precios no tienen nada que envidiarle a Dubai, Zürich o Manhattan. Y la calidad no se corresponde. “Son pacotillas compradas al bulto en zonas francas del Canal de Panamá o China que luego se venden con gravámenes de 300 o 500%”, señala el almacenero de una «shopping».

En una boutique, en los bajos del hotel Saratoga, un short de mezclilla azul claro cuesta 35 cuc. Y más de 100 cuc un par de zapatos masculinos hechos en Italia. Lo mismo sucede en una tienda especializada en calzado Converse, en la Habana Vieja. El más barato cuesta 78 cuc, cuatro meses de salario de un obrero cubano.

Afuera, en una calle adoquinada, dos muchachas con faldas cortas hacen descaradas proposiciones sexuales, chapurreando un inglés primario, a un trío de tímidos turistas japoneses.

A su alrededor, la gente camina de prisa, intentando comprar queso blanco de factura nacional a 3.75 cuc el kilo, pasta dental -escasa en estos días- o una muda de ropa para el cumpleaños del hijo.

Por estos lares se vende casi de todo. Cocaína a 70 cuc el gramo. Una caja de tabaco Robaina a 25 cuc (en las tiendas estatales cuesta 80 cuc). Y chicas se prostituyen por 20 cuc.

Se ofrecen panes con mayonesa o con jamón y queso. Pizzas caseras, cajitas de comida y llantas de bicicletas. Se reparan móviles inteligentes y se descargan las últimas aplicaciones para iPhone.

En las tiendas habaneras generosamente se suelen gastar los dólares remitidos por los parientes desde la Florida. Aprovechando la bonanza en sus negocios, emprendedores privados compran sin detenerse a mirar los precios.

Mientras un grupo de amigos, relajadamente, pueden estar varias horas bebiendo cerveza casera en un bar contiguo al Parque Habana, Carmen, ingeniera, saca cuentas. A ver si le alcanza para adquirir unos botines brasileños marca Picadilly, que cuestan 52 cuc. “Me faltan 7 cuc, si tengo suerte, con la estimulación salarial del próximo mes a lo mejor me los puedo comprar”.

Ir a La Habana sigue siendo un hábito entre los residentes de la capital. Unos van comprar o a mirar las vidrieras. Otros van a ofrecer mercancía robada de almacenes estatales o elaborada en negocios particulares.

Cuando cae la noche y los comercios cierran, la fauna marginal sale a la calle. En barrios como Colón, Jesús María o Belén se abren los » «burles» o casas de juegos prohibidos. Se alistan las jineteras baratas. Y los homosexuales, amparados en la oscuridad, ligan clientes en las inmediaciones del Parque de la Fraternidad.

 Diario Las Américas

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