Published On: dom, Oct 26th, 2014

Las estadisticas cubanas hunden a Fidel

Las estadísticas hunden el “legado” de Fidel Castro

La vida le está jugando una mala pasada a Fidel Castro.
El hombre que en octubre de 1962 puso durante 13 días al mundo al borde de una conflagración atómica; el joven abogado que en el verano de 1953 planificó un asalto al mayor bastión militar de Santiago de Cuba, con “soldados amateurs” equipados con fusiles de cazar torcazas; el guerrillero que con 81 figurantes derrotó al ejército del dictador Fulgencio Batista, que por cien lo superaba en cantidad y calidad de armamento, ha caído finalmente víctima de las estadísticas.

La vida le está jugando una mala pasada a Fidel Castro

El hombre que en octubre de 1962 puso durante 13 días al mundo al borde de una conflagración atómica; el joven abogado que en el verano de 1953 planificó un asalto al mayor bastión militar de Santiago de Cuba, con “soldados amateurs” equipados con fusiles de cazar torcazas; el guerrillero que con 81 figurantes derrotó al ejército del dictador Fulgencio Batista, que por cien lo superaba en cantidad y calidad de armamento, ha caído finalmente víctima de las estadísticas.

A sus 88 años, los magros números del Producto Interno Bruto del país y en general las cifras en rojo de la economía cubana lo señalan como el gran culpable del desastre en la isla.

Castro pudo burlar la muerte en disímiles ocasiones. Fue un poco el resultado de la suerte, un poco la generosidad de tipos como el teniente Sarría, quien lo detuvo mientras dormía en un pequeño monte tras el fracaso del asalto al Cuartel Moncada en 1953.

Ya en el poder, con su impresionante cuerpo de seguridad -1.500 hombres que le cuidaban las espaldas y protegían sus propiedades a lo largo de todo el archipiélago-, afirmaba haber abortado más de 600 planes de magnicidios. En uno de ellos, en Santiago de Chile, en 1972, estuvo a tiro. Un fusil empotrado dentro de una cámara de televisión pudo haber terminado con su vida, pero finalmente nadie apretó el gatillo.

Como cualquier ególatra incorregible, Castro ha esbozado una historia a su gusto y semejanza. En las escuelas cubanas se estudia más al “comandante invicto” que a Jesucristo.Todavía lo siguen vendiendo como el hombre perfecto. Un visionario. Un artista de la guerra. El padrecito de la patria. Sus partidarios se rasgan las vestiduras por él. Quienes lo veneran destacan sus logros. Pero los números y la realidad desnudan ese mito.

El mérito de Fidel Castro fue poner a Cuba en los cintillos internacionales. Para bien o para mal. Su “cruzada antimperialista” encontró el pretexto perfecto en la doctrina marxista. Cuando se estudie a fondo la Guerra Fría, no se puede soslayar su figura.

Más allá de pedirle al premier soviético Nikita Kruschov que presionara el botón nuclear, fue un frenético adalid de la subversión en América Latina, las luchas anticoloniales en África y la guerra civil en Angola y Etiopía.

No tuvo amigos, sólo intereses. Infunde más temor que lealtad a los que le rodean. A sus mejores socios, Nelson Mandela y Gabriel García Márquez, ya Dios se los llevó.

Nació en el país equivocado. Si hubiese sido británico, alemán o estadounidense, el mundo hubiera retrocedido a la edad de piedra. Por suerte nació en Birán, en el oriente de la isla, alejado de los centros del poder mundial.

Fue una pesadilla para los opositores cubanos. Como arma de contención, a destajo utilizó la cárcel y el paredón.Masificó la educación con un suplemento brutal de adoctrinamiento ideológico. Era más fácil ser ingeniero que carpintero. Con el diluvio de rublos y petróleo llegados desde el Kremlin, montó un sistema de salud pública que se convirtió en la joya de su corona.

Al contrario de otros autócratas, no erigió edificios imponentes, ciudades magníficas o carreteras soberbias. No. Se le daba mejor construir mausoleos y plazas que le permitieran discursear en todas las provincias.

También diseñó una vaca, la F-1, que pretendía ser campeona mundial en producción lechera y carne. Fanfarrones como Castro hay pocos. Prometió que para 1980 La Habana tendría mejor nivel de vida que Nueva York. Sobrarían las naranjas, los plátanos y la malanga.

Los cubanos se asquearían con la producción desaforada de carne, leche, quesos, pescados y mariscos. Cuba sería la puerta del paraíso. No habría dinero. La isla se convertiría en un vergel donde el hombre nuevo retozaría en sus playas, luego de haberle vaciado un cargador de AK-47 a soldados imperialistas en cualquier rincón del planeta donde osaran poner sus botas.

Hasta 1990, un segmento elevado de la población creyó en el “máximo líder”. Ensimismada, la gente escuchaba sus balandronadas. Se vivía con lo justo, a la espera del comunismo que, según decía, estaba al doblar de la esquina.

Pero el mar de felicidad prometido por el comandante no llegó. De otras latitudes sólo llegaban noticias inquietantes. El 9 de noviembre de 1989, el Muro de Berlín se vino abajo.Los “hermanos del campo socialista” se liberaron del imperialismo soviético. El propio imperio ruso se despedazó. La ideología comunista dijo adiós.

Castro no supo -o no quiso- apostar por el cambio. Tuvo la oportunidad de oro de liderar reformas y llevar a Cuba a una etapa de modernidad y democracia. No estaba por la faena.

Desde hace 25 años, todo va en reverso. Los números no mienten. Las producciones, industriales o agropecuarias, han decrecido. En los campos, más vacas mueren de hambre que en los mataderos del Estado.

Las presas, carreteras y hospitales edificados por Castro se caen a pedazos por falta de mantenimiento. Los ciudadanos que antaño le aplaudían, huyen en balsas de goma, intentando alcanzar las costas de la Florida.
Con sus achaques a cuestas, el viejo guerrillero aún convive con sus delirios de grandeza, su manía de predicador y la convicción de ser un profeta. Augura guerras apocalípticas y el fin del capitalismo moderno.
Ocho años después de haber cedido por enfermedad el poder a su hermano Raúl, es un eco lejano entre la gente de a pie. Lo mismo ocurre con su revolución. Todos la dan por muerta. Sólo esperan el veredicto final. Y si algo saben los cubanos es esperar.

Diario Las Américas

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