Published On: Dom, Dic 9th, 2012

¿Llegó la etapa de la transición política en Venezuela?

Por: Ignacio Plaz-Juanes

La primera reflexión al hablar de transición es la de que los insospechados caminos de la historia pongan a los venezolanos, repentinamente,  a hablar de “periodo de transición”.  Una transición que no es un parto precedido de  protestas  populares  a semejanza de la  “primavera árabe”. Es,  o será,  la natural  consecuencia de la probable muerte o inhabilitación física de un  caudillo.  Es importante poner el acento en ello para alertar, aun cuando todavía sea solo un ejercicio especulativo, sobre cómo transitar  esa  etapa para retomar el cauce democrático de la vilipendiada: “Cuarta Republica”.  Cuarenta años de  ejercicio democrático con la obligada coletilla, al decir de muchos venezolanos, en la cual: “también hubo muchos errores”.

Llegar a una transición sin un  liderazgo legitimado por una lucha política opositora va a tener importantes implicaciones.  Por una parte,  los torneos electorales han dejado el amargo sabor en las grandes mayorías opositoras de haber  avalado  la trapacería ventajista del gobierno chavista.  Las dóciles actuaciones de Rosales y Capriles y sus círculos de allegados no dan margen a dudas. Son comportamientos idénticos que  homologan una transparencia electoral que nunca existió.  De allí que, también,  la legitimidad de un liderazgo que conduzca esa transición no pertenece a nadie en propiedad. Y menos a quienes  obsecuentemente dieron su  irresponsable y oportunista contribución a su consolidación.

Por otra parte,  Chávez, en las vecindades de  su muerte y en el más puro estilo del antiguo PRI mejicano, designa con su dedo monárquico a Nicolás Maduro para su eventual reemplazo.  Ardid, estrategia, zamarreria  fidelista o realidad, apunta a la perpetuación de un gobierno  en el que la opinión pública ha estado maniatada.  Pero Maduro no es Chávez y aun como príncipe heredero tendrá que dialogar con la otra mitad del país que lo va a adversar.  El poder y la aceptación popular no se heredan. No son endosables.

Pero  lo cierto es que el verdadero apoderado de esa probable transición es y tiene que ser  el pueblo en su conjunto. Con sus aspiraciones de paz, prosperidad, justicia y respeto a la ley. Con su  repudio y condena a la corrupción, a la arbitrariedad a la desnacionalización del país. Interpretar y representar a ese pueblo es la primera  y no negociable condición para enfrentar con acierto esa, ojala, venturosa y auspiciosa etapa histórica. Los delegados de ese pueblo no pueden con su ingenuidad o beneficio personal  hacer transacciones que  posterguen la reivindicación de los principios fundamentales de la plataforma constitucional.

Son múltiples las formas que puede revestir esa transición.  Nuestra propia historia latinoamericana tiene varios ejemplos pero la diferencia sustantiva radica en que el chavismo es una fuerza  organizada. No es de dudar que la desaparición política de Chávez traiga lógicas desarticulaciones y pérdida de adherentes de base a su proyecto ideológico. Son miles los que  aclaman a Chávez  por  su manirrotismo  desenfrenado. Una buena porción de sus seguidores son  pedigüeños agradecidos. Por su parte,  la dirigencia política del partido de gobierno  es, obviamente, el interlocutor  válido. Son muchos los de  esa dirigencia que han hecho el tránsito desde el chavismo hacia las líneas opositoras y hoy, con el mayor desenfado, se constituyen en  voceros de una línea política que ayer promovían.  El candidato opositor, Capriles,  muchas veces  se hacía acompañar de esa cauda de conversos.  No dudemos que también  se retraten en los indispensables diálogos de transición.

En Venezuela las transiciones políticas se han producido por la muerte o huida del caudillo de turno.  Caudillos de poca sustentación popular.  Esos tránsitos han sido relativamente pacíficos pues eran regímenes de poco contenido  ideológico y sustentación política.  Así fue en el siglo pasado con Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y Pérez Jiménez. Y lo fue hasta con el ajusticiamiento político de Carlos Andres Pérez.  Ahora no lo va a ser. La oposición venezolana tiene que remozar su liderazgo y establecer como condición no negociable  que existan elecciones limpias con árbitros imparciales e impolutos. Con una justicia electoral y constitucional  imparcial y justa.  Ese es y debe ser la oportunidad para una intransigencia política que impida legitimar una transición que solo sirva para avalar una dictadura con disfraz constitucional.  Después de ello sobraran los papeles para pergeñar  las nuevas bases para el desarrollo social y económico del país. ¿Perderán los venezolanos esta sobrevenida oportunidad que les da la Historia?

Jerez de la Frontera, Andalucía

Diciembre del 2012

 

 

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