Publicado el: Lun, Mar 7th, 2016

Los amantes de Toledo: un amor que dura 74 años

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Francisca estira el cuello desde el mismo instante en que periodista y fotógrafo entran por la puerta de su casa en Sonseca (Toledo). No quiere perderse nada, casi no oye pero quiere enterarse de todo. Por eso le cuesta mantenerse quieta en el sofá. Florencio, sentado en su sillón orejero azul marino con cojín a juego, espera, paciente, a que su mujer le ceda turno. Ella tiene 99 años y él 101, se casaron en su pueblo en 1942 pero no hay rastro fotográfico de aquel momento porque la posguerra no permitía tales lujos. 74 años de matrimonio más tarde, Florencia y Francisco han recibido el Premio a Toda una Vida de Amor 2016 porque son la pareja más longeva de España. Ahora ya hay fotografías para dar y regalar.

En su salón, donde pasan la mayor parte de la jornada, las imágenes son también protagonistas: las de todos los hijos (7), las de todos los nietos (18) y las de muchos bisnietos (17). Se les olvida mencionar, y lo recuerda su hija Concha -que vive en la casa de al lado y con la que comparten patio- que ya son tatarabuelos.

“¿Estáis casados? ¿Sois novios?”, inquiere Francisca a los forasteros que vienen con trastos y preguntan cosas y hacen fotos. Repetirá la cuestión unas cuantas veces a lo largo de la mañana, con una especie de confianza eterna en el amor, deseando que fotógrafo y periodista se quieran, y que además se lo cuenten. Alrededor de la mesa están también varios de sus hijos, que se van acercando a tandas, a saludar a sus padres y a estar presentes en la celebración periodística de su cariño.

Lo acaban de festejar a lo grande en el campo de uno de ellos, el pasado día de San Valentín, 14 de febrero, cuando la organización internacional Encuentro Matrimonial les convirtió en la pareja más amorosa del país. “Son unos ángeles”, comienza Francisca, refiriéndose a todos y también a sus parejas, “Concha, Florencio, Marcos, Eufemio, Francisco, Juanito y Sagrario… Yo cuidé de los padres de Florencio y de mi madre hasta que murieron”, sigue ella. “Natural”, apunta él, que se queja de que ya no ve bien.

A Francisca no hace falta ni preguntarle cosas, ella sola elabora el discurso. “Mis hijos están haciendo lo mismo con nosotros, están pendientes de todo, porque les enseñé así, dando ejemplo”. Mientras este matrimonio desgrana el relato de una vida de unión, aparece también algún bisnieto. Dice la familia que “todos los días alguien se acerca a visitarlos” en su salón azul.

Cuando se les pregunta cuál es el secreto del éxito, de nuevo Francisca contesta rápido y con seguridad: “Mucha paciencia”. Tiene muchos consejos más que dar: “No repetir aquello que ya sabemos que, al otro, no le sienta bien y que la gente lo piense bien, muy despacio, porque parece una cosa y luego es otra, ¡que los de ahora no saben aguantar! Y esto es para siempre… Aunque por muchos consejos que demos, siempre será difícil acertar…“.

Florencio escucha y observa con devoción. Habla menos, “es más serio y tiene un pronto de mal genio” – dice Francisca, que “nunca apredió a callar”-, se anima a hablar cuando le preguntamos cuál era su plato favorito de todos los que preparaba su mujer, cuando todavía cocinaba. “Guisaba bien”, recuerda su hijoEufemio, y Florencio comienza a enumerar, mientras recuerda sabores: “Guisadillo con tomate, rehogado, y los pollos y los pavos, los capones…”

Ahora Florencia y Francisco esperan, tranquilos, a que llegue cada día el mediodía y con él un puchero en manos de alguno de sus hijos, nueras o yernos. Cada semana le toca a uno de ellos. Cuando EL MUNDO se acerca a visitar a esta pareja, toca sopa de fideos y garbanzos con patata y zanahoria. De postre, mandarina y plátano. Para beber, Florencio siempre su copica de vino con gaseosa, Francisca gaseosa a secas aunque, a veces, se equivoca de vaso y bebe del de su marido. Tampoco falta la escarola, protagonista en este hogar toledano porque Florencio siempre se dedicó a la huerta, hortelano de pura cepa, y sus hijos le recuerdan comiéndose “una escarola cada mediodía, con media hogaza de pan, y otra por la noche, a veces incluso de postre”.

“Yo lo vengo pensando, que quizá la escarola sea la causa de su longevidad“, argumenta su hijo Eufemio, a quien esta semana le toca ocuparse de la comida de los padres. “La escarola era uno de los productos que mi padre más producía y vendía”, recuerda. Ahora, Eufemio vende patatas a muchos de los restaurantes del centro de Madrid, especialmente a aquellos que rondan la turística zona de la Plaza Mayor.

Y ahí está, aún presente, sobre la mesa, un pequeño cuenco de escarola con su aceite de oliva. Florencio come en silencio, se deja grabar y fotografiar mientras todos los demás hablamos de ellos. “Francisca a menudo vendía las escarolas por el pueblo, con un carrito”, recuerda de repente él. Ella no oye y se altera, porque todo lo quiere saber, se yergue, pregunta, nos encandila… “Él apañaba el carrito por la noche, sí…”.

Florencio será parco en palabras pero las emociones hablan por él. Cuando se le pregunta cómo es Francisca sostiene: “Ha sido muy buena madre y muy buena señora para mí y así está todo dicho”. Un poco más tarde, cuando volvemos a hacerle la pregunta para que quede también grabada en imagen, Florencio deja escapar lágrimas mientras repite la frase.

Todas las mañanas, una señora se acerca una hora hasta su casa para ayudar a Florencio y Francisca a lavarse y vestirse. A ella, coqueta, le gusta envolverse en un foulard. Él, siempre fiel a su gorrita. Aunque se conocen desde niños, desde que corrían de pequeñuelos por Sonseca, su amor tardó en traducirse en boda porque les pilló la guerra.

“El mismo día que comenzó me mandaron al polvorín del Teatro Real, en Madrid, y no salí de allí hasta tres años después, cuando todo terminó”, rememora él. En cuanto volvió a Sonseca volvió también a Francisca, pero 1939 no era época para casarse “porque no había nada”, recuerdan los dos.

Hubo que esperar hasta 1942. Habrá pasado el tiempo pero verles besarse ensancha el alma de cualquiera. “Entonces, ¿cuando te casas?”. Esta periodista aprovecha y bromea: “A ver si me lo pide, Francisca”. Y ella, contrariada, responde: “¡Pero pídeselo tú!”.

http://www.elmundo.es/

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