Publicado el: Mar, Abr 12th, 2016

Los presos políticos del 11 abril: el horror no termina

Las historias de Silvio Mérida, Otto Gebauer, Ivan Simonovis y Erasmo Bolívar son apenas una muestra del horror que vivió Venezuela en los luctuosos hechos del 11 de abril de 2002. Cada uno fue imputado y juzgado por crímenes que juran no haber cometido. Y, sin embargo, pagan sus penas mientras se asen de la esperanza de la justicia y el cambio.

Silvio Mérida, el ministro del dolor

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Cuando Silvio cobró el conocimiento pensó que aún no había amanecido. La capucha que velaba sus ojos ponía en negro sus miedos y cavilaciones. Sus brazos, estirados por encima de la cabeza, no solo lo ataban a una nube de metal, a una nube sin ángel, sino que también lo suspendían en la incorporeidad de un manto frío y espeso que acariciaba sus desnudas piernas de pelotero. Mientras el ardor de sus muñecas y tobillos incendiaban su sino, las horas, minutos y segundos se difuminaban en los crepúsculo de su fe. Ese día descubrió la cara de la muerte. De pronto, un carraspeo retumbó en su pecho. Con voz gutural, el desconocido soltó: “¿Por qué pusiste la bomba en Plaza Altamira? ¿Quién te mandó?”. Los garrotazos, asestados por unas manos fuertes y vigorosas, ahogaban en dolor con cada una de sus negativas. “Que no, que no lo hice”, sollozaba.

“Cuando el grupo de generales disidentes se resguardaba en la Plaza Francia, la bomba explotó. Yo estuve pero no la detoné”, jura en sus trece Silvo Mérida quien, desde el 3 de diciembre de 2003, purgó un castigo en el retén del SEBIN. A medianoche, del 22 de octubre de ese mismo año, un estallido seco quebró el sueño del Obelisco. Y aunque no hubo muertos que velar ni rosario que rezar, los daños en las embajadas de Colombia y España eclipsaron la confianza y tranquilidad de los vecinos. “Una semana después me buscó a mi casa un grupo armado de hombres. No me opuse. Me vendaron y me llevaron”.

En un desconocido vergel, en el que cloqueaban las gallinas y un río zigzagueaba su cauce a orillas de la pesadilla, se rodó su personalísimo thriller. “Me torturaron durante un mes. Me amarraron bolsas plásticas luego de fumigarme la cara con insecticida, me quemaron el pecho y la espalda y, para colmo…”, enmudece su tirita de vergüenza. Un sacudón escala en sus venas y le hace recordar el alto voltaje que descargaron los verdugos en sus genitales. “Por eso se me gangrenó el testículo derecho. Por último, me amenazaron con matar a mis hijos sino inculpaba al General Felipe Rodríguez como autor del atentado”. Y lo culpó. En la primera audiencia preliminar, sin embargo, se desmintió y explicó que el ramalazo de terror y su instinto paternal lo empujaron a acusar al general de marras.

“Ya he pasado 7 de los 9 años que convino el juzgado de Marjorie Calderón. Pero mi estancia se torna insoportable. Mi cuerpo ya no aguanta”, exhala un suspiro y se lamenta porque ha perdido la lozanía y los bríos de cuando, en su mocedad, anotaba carreras y proyectaba hits. A consecuencia de los martirios infligidos se le agudizaron sus problemas de epilepsia. De vez en vez, los barrotes de su cuarto vibraban por el estrépito de cuando caía en el mal de terremoto. “Me he perdonado y he perdonado a quienes me perjudicaron. Mi sufrimiento tiene que servir para algo. No podemos tener miedo”, se envalentona. Perdió su testículo, pero no su hombría. “Hay que hablar. No me mataron porque la prensa internacional clavó su mirada en Venezuela. Quiero recorrer el mundo. El mundo que me protegió. Explorar países, descubrir paisajes y disfrutar a mis chamos”. Sí, jugará béisbol con Daniel, su hijo, en algún campo, no sabe en dónde, para batear el home run de su vida.

Más información en el estimulo.com

 

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