Published On: dom, Jul 21st, 2013

Mi libro inédito de Ramón J. Velásquez

 Un extraño arrepentimiento

Por: Víctor Suárez |
Nadie podría sospechar que también fuese un incendiario. Ramón Jota se comporta siempre como un conspirador. Habla bajito, mirando a cada rato hacia los lados, por encima de los anteojos, así se encuentre solo. Da cien rodeos, que pueden durar meses, antes de rozar la almendra.

Le gusta conversar en susurros, como si estuviera en un velorio.

Una vez me convocó a desayunar en Miraflores. Comenzó con chistes ingenuos de la montaña andina, con el primer café. Luego vino lo del embajador Diógenes Escalante, quien se volvió loco poco antes de ser candidato presidencial, con una galleta de soda Puig en la mano. Más tarde, lo del Mocho Hernández y sus andanzas de chopo al hombro, con el zumo de naranja en pitillo. Y así se le iba la mañana. Vienen las reuniones oficiales o alguna ofrenda floral y convoca para el día siguiente, otra vez muy de mañana, en Miraflores.

En esa segunda oportunidad, comenzó la charla por los quinquenios más recientes. Ha hecho la topografía vital del país según sus períodos presidenciales. Los únicos, los dobles, los retomados, los multiplicados, los interinatos, los provisionales y los inusitados, como el de Octavio Lepage, el adeco que por ley debía suceder a Carlos Andrés Pérez en 1993 pero que no lo querían ni en Santa Rosa, el pueblecito anzoatiguense donde nació, y en su lugar lo escogieron a él para que culminara el mandato. Pero, por supuesto, todavía no había vivido para clasificarlo, estilo mariposa en corcho de entomólogo.

El jueves de esa primera semana arrancó por Pedro Tinoco, sin que viniera a cuento. Como siempre, ha sido hombre de tareas clandestinas y de gran riesgo. Las fuerzas vivas le habían encomendado buscarle mujer al presidente del Banco Central. En ningún momento de la historia del BCV, desde Juan Vicente Gómez hasta entonces, su presidente había permanecido soltero. El celibato levantaba suspicacias, en todos los terrenos, incluso entre los curas.

Cuenta los pormenores, viendo hacia los lados, como si le fueran a pillar en un secreto de Estado. “Mire, al final yo los senté a los dos en una mesa larga, de caoba, en San Cristóbal, y les dije que tenían que casarse por el bien del país. Carmen Montilla era bella y de fiestas y Pedro era hombre de números, sin habla, muy mudo, un poco mayor que ella. Lograr esa conveniencia me costó mucho. Carmen se reía y yo daba la cuerda. Pedro sorbía una infusión y no levantaba la vista de la taza. Muy pronto se casaron”.

— Pero bueno, Doctor, ya son las diez y media de la mañana y no ha dicho qué es lo que quiere.

En eso llegó un edecán a apurar, porque lo estaban esperando en el Salón de los Espejos.

El afán de las reformas

Lo habían designado presidente de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (Copre) en diciembre de 1984. El presidente Jaime Lusinchi tenía alguna fe en temas como la descentralización y la recomposición del sistema político venezolano, que para muchos estaba agotado. Sus compañeros de partido en Acción Democrática no tanto. Eran treinta y cinco las personalidades elegidas para desarrollar los objetivos de la Copre, entre ellos nueve adecos y cinco copeyanos. “Si no tienes mayoría, te van a joder”, le advertían a Lusinchi, pero el clarinense siguió adelante con los faroles. Así salió el célebre “¡A mí tú no me jodes!”, la amenaza número uno en el hit-parade nacional.

Ramón Jota llegaba a las ocho de la mañana a Miraflores. Casa Militar había puesto a su disposición un gran despacho, seguramente elegido por él mismo. Frecuentó ese recinto todos los días, entre 1959 y 1963, cuando Rómulo Betancourt, al ganar la presidencia de la República, lo nombró su secretario con rango de ministro. Después fue titular de Comunicaciones en el gabinete de Rafael Caldera, entre el 1969 y 1971. Como había logrado salir electo sucesivamente senador por el estado Táchira durante cuatro períodos consecutivos como candidato independiente en las listas de AD, también formaba parte de las comisiones parlamentarias que cumplían el rito de saludar el año nuevo lunar en Miraflores. Se conocía todos sus recovecos. A la sombra de una mata de mango (El Manguito), aneja a la puerta por donde entraban los periodistas, conversaba mucho con el reportero Jesús Lossada Rondón, sembrado allí por El Nacional. De esa especie de wikileak sobrevenido pero calculado salía al menos la mitad de la columna Miraflores a la Vista.

La segunda semana apareció una luciérnaga en sus ojillos vivaces. “Mire, yo he estado escribiendo y publicando Historia desde hace más de veinte años. Y para periódicos y revistas hace más de cuarenta”. Pero de pronto esa lucecilla se apagó y arrancó a contar sus tiempos en Últimas Noticias, el periódico de los comunistas en el que se desempeñó como reportero de sucesos, política, comentarista de internacionales… Editorialista no, porque ése era el coto del profesor Pedro Beroes. Dejó el Derecho por el periodismo y por ese oficio fue a la cárcel. Hizo periodismo anónimo en la revista Élite durante la dictadura y por sus posturas aparentemente equilibradas se hizo grande, hasta ocupar en dos oportunidades la dirección de El Nacional. Cuando iba a contarme cómo fue que Miguel Otero Silva le pidió en 1963 que se ocupara de carga tan denostada por el régimen de sus simpatías y que le ayudara a salvar el diario de los embates de los anunciantes renuentes —por un boicot publicitario—, llegó una asistente y le dijo que tomara el teléfono porque lo estaba llamando Carlos Blanco, el secretario ejecutivo de la Comisión.

Hasta ese momento Ramón Jota había publicado obras menores y mayores, destacando La Caída del Liberalismo Amarillo y Confidencias Imaginarias de Juan Vicente Gómez. Su recopilación, editada por la Secretaría de la Presidencia en más de veinte tomos, sobre el Pensamiento Político Venezolano del siglo XIX, lo convirtió en un excelente agente y coordinador editorial, al lado de su amigo José Agustín Catalá, hombre de imprentas y especializado en libros y autores prohibidos.

Tenía los horizontes contados: “¿Dónde empieza la patria, Doctor?” En San Cristóbal. “¿Dónde está la raíz de Venezuela?” En Coro. “¿Quién unió al país?” La Trasandina. “¿Quién fue el que mató a Consuelo?” Yo no sé, señor juez… si hubiera participado en el programa de televisión Quién Quiere Ser Millonario, habría desbancado a Eladio Lárez en un santiamén.

Sin tiempo para aportar

La Copre vivía sumergida en infinitas sub-comisiones que producían informes, folletos, proyectos y libros por montón. Volúmenes apreciados y algunos desechados por la posteridad. Todos tenían que pasar por las manos de Ramón Jota antes de irse a la imprenta. Era el encargado de las presentaciones y los prólogos. Y también de la revisión de los índices onomásticos, en los cuales no perdonaba algún error, así fuera nimio. “Nadie tiene derecho —me decía— a confundir a los Monagas, que son tres, ni a asegurar que la filatelia en Venezuela la he inventado yo. Mire, el IPAS-ME (Instituto de Previsión y Asistencia Social del Ministerio de Educación) me acaba de publicar El Paso de los Héroes (1983), y ahora estoy muy ocupado con lo de la Copre y no puedo emprender algo que tengo en mente. Necesito su ayuda“.

Eso fue a la tercera semana de tanto remar hasta la orilla. Al fin me dijo lo que quería.Y me explicó. “Yo voy a hablar con usted durante otras tres semanas seguidas, tres veces a la semana, tres horas cada vez, aquí mismo en Miraflores, en esta oficina. Usted va tomando nota. Va grabando. En su casa va transcribiendo. Me va trayendo lo que se lleva y se vuelve a llevar lo que le siga diciendo”.

— ¿Sobre qué, Doctor?

Hace una sinopsis. Una especie de guión radiofónico, una sinfonía en el aire, sin atril. Pura batuta inspirada.

— Mire: aquí a todo el mundo le picó el salpullido de la reforma. Hay un ejército de reformistas en todos los campos, desde la lucha contra las enfermedades infecciosas hasta la forma de repartir el correo. Está en fila una gran lista de publicaciones, que irán saliendo según el presupuesto y las posibilidades de Editorial Arte. Yo no me puedo quedar atrás. Yo también quiero aportar, pero, oiga, no tengo tiempo. No me dejan minuto libre para ordenar. De manera que yo le voy a contar el libro y usted lo va a escribir. Pero, eso sí, va a tener que estudiar mucho.

— ¿Pero sobre qué, mi Doc?

— Mire, ésta no es la primera ni la última reforma que se emprende en este país. Hubo intentos de reformas desde el mismo día posterior a la promulgación de la Constitución de Páez. Hubo reformas tontas y otras de bastante significado. Eso lo tengo aquí.

Y con el índice derecho se calza mejor los anteojos en el nacimiento de la nariz.

— ¿Me puede decir por qué me ha buscado a mí?

— Lo único que le puedo adelantar es que ha sido usted muy bien recomendado, nada más.

— Muy bien. Gracias, de todos modos.

Para tocar montuno, no hace falta papel, tarareaba yo al salir de aquella burbuja palaciega. Largo rato, bajando hacia El Silencio, no me dejó en paz esa salsa callejera que en 1971 sacó a la luz Johnny Colón, el vocalista nacido en el East Harlem neoyorquino para el sello Cotique.

Un ígnaro insolente

Me había lanzado un reto bestial. Yo sabía más de las degollinas en la Revolución Francesa, de los horrores de la Guerra Civil española y del sitio a Volgogrado, que de los movimientos telúricos de la historia constitucional de Venezuela. En bachillerato, HNM, los Hermanos Nectario María, con el Panteón Nacional en la portada, y la veneración mostrenca de Venezuela Heroica, de Eduardo Blanco. Cuando estudiaba Psicología en la UCV, leí los libros de Federico Brito Figueroa y de Miguel Acosta Saignes, mi profesor de segundo año el primero y decano de la Facultad de Humanidades el segundo. Pero esos trataban de la historia colonial y no de las matanzas y reformas de la postguerra de la independencia. De José Gil Fortoul me habían dicho en el PCV que era un positivista decadente. De Manuel Caballero, a quien conocí como director de la Escuela de Historia de la UCV en la época de la renovación universitaria (1968-1970), no tenía nada de la temática comentada, pero sí su laureada tesis de Doctorado en la Universidad de Cambridge (La internacional comunista y la revolución latinoamericana). Con Luis Cipriano Rodríguez, en la escuela de periodismo, pasé con veinte puntos Historia de América.

— La semana que viene vamos a hablar del nacimiento de la República Federal, con su Constitución de 1864. Prepárese.

En ese momento yo tenía una gran responsabilidad en el diario El Nacional, pues era el encargado de la transformación de sus sistemas de edición y producción. El diario estaba pasando del plomo ardiente a la fotocomposición en frío. Los sistemas digitales, aunque en la fase primaria de su evolución, habían llegado al país. Me había preparado en Estados Unidos (en Melbourne, estado de Florida, donde se encontraban las fábricas y los centros de entrenamiento del proveedor de la incipiente tecnología, Harris Corporation). Muy poco se podía sacar del personal que durante los cuarenta años del diario se habían encargado de producirlo, cuya interminable y costosa cadena comenzaba con el redactor en la máquina manual de escribir. Luego al linotipo. Luego al corrector de pruebas. Luego al ludlista (composición de los títulos). Luego a la imposición de todos los elementos incluyendo el fotograbado en una sola pieza de acero. Luego a las pruebas de página. Luego al fundido de los moldes de plomo que iban a las rotativas. Todo eso estaba cambiando.

En julio de 1983, me había graduado de periodista en la UCV, tras justos veinte años de haberme inscrito por primera vez. Decidí transcribir lo que me recitaba Ramón Jota en las nuevas máquinas VDT (Video Display Terminals) de El Nacional. Para ello, conté con la colaboración cómplice de Mario Delfín Becerra, jefe de redacción, y de Heberto Castro Pimentel, jefe de información. Andaba con un grabador Sanyo de esos de cassette grande, que no tenían contador de horas, ni minutos ni segundos.

— Doctor, ¿por qué se invoca al Supremo Autor y al Legislador del Universo en la reforma de 1874?

— Mire, déjese de vainas. Aquí no vamos a detenernos en pendejadas. Sea serio. Pregunte más bien por qué los límites son los mismos que los del año 1810, correspondientes a la antigua Capitanía General de Venezuela. De todos modos le voy a responder en apenas dos líneas, no más. Para los federales, el Supremo Autor es Antonio Guzmán Blanco y el Legislador del Universo es el Ministro del Interior, Trinidad Célis Ávila. ¡No me venga! ¡Distinga las patrañas!

Cuando llegó el momento de explicar aquello de que constitucionalmente todos los venezolanos tienen el deber de servir a la Nación, haciendo el sacrificio de sus bienes y de sus vidas si fuere necesario, se me empezó a revolver la persecución de la recluta forzosa, el enrolamiento obligado, el entrenamiento militar montonero, el fusilamiento por objeción de conciencia, la idea del escapado a los montes para evadir el sacrificio. Ramón Jota me atajaba. “Cíñase a lo que le digo. No haga que me extienda más de lo debido”.

Tenía gran pasión por los caracteres de los personajes. Que si tal era montañés de guarapo mañanero, que si el otro se llenaba las alforjas cada vez que visitaba un pueblo, que si un general tropero no había disparado un tiro pero tenía más galones que una cisterna.

— Fíjese cómo era de jodida esa constitución que los altos funcionarios no podían ser reelegidos, ni sustituidos ni suplidos por parientes comprendidos hasta el cuarto grado de consanguinidad o afinidad. Quedaba proscrita para siempre la esclavitud y se decretó la libertad de los esclavos que pisasen o les hicieran pisar el territorio nacional.

Jornada tras jornada pasaba revista a decenas de reformas. A partir de 1864 el país vivió unas trece modificaciones mayores. Mucho para apenas ciento veinte años. Las fue disecando una a una. Se detenía en la particularidad de los períodos presidenciales que establecía cada una de ellas. Los de cuatro años, los de cinco, los de seis, los de siete, incluso hubo uno, con Guzmán, de dos años. Gómez estabilizó muchas cosas. Acabó con las guerras, por ejemplo. Y también estipuló el período de cinco años, que se mantuvo hasta la de 1961″. Le daba su mérito.

— ¿Usted sabe lo que es el sufragio censitario? —me examinó una mañana.

— No. Pero lo voy a saber…

— No se moleste. Si no tienes dinero, casa, tierras, ganado, café, no puedes votar ni ser electo. No eres ciudadano. No se le olvide.

— Okey.

Cuando se detuvo en las de Juan Vicente Gómez, se le aguaron los ojos y cuando cruzó el arco hasta la de 1961, la primera realmente democrática, se le volvieron a anegar. Era su propio ciclo. Había nacido en el estado Táchira en el primer tercio del Gomecismo (San Juan de Colón, en 1916). Durante su reinado de 27 años, El Bagre había reformado siete veces la constitución en su propio beneficio.

La reforma de Medina Angarita, en la primera mitad de los años cuarenta, no la estudió sino que la vivió intensamente. Había llegado a Caracas en 1935 y allí se hizo bachiller, doctor en Derecho y periodista de oficio. Se casó con la dulce dama Ligia Betancourt y comenzó a tener hijos. Consideraba a todo trance que la modernidad constitucional fue precepto de los adecos, quienes establecieron los derechos sociales en la de 1947. “Eso no se les puede negar”.

Arde mi Alejandría

Después de las difíciles jornadas que comportaban la confección cotidiana de El Nacional en época de transición tecnológica (unos quince estudiantes de la UCV y la Católica habían sido incorporados al tren digital, varios de los cuales aún laboran allí), me quedaba hasta el amanecer transcribiendo, cotejando y redactando, según el guión de Ramón Jota.

Yo era un Pied Noir, un cosechero editorial que ni siquiera sabía si le iban a pagar por el esfuerzo. Pero yo quería hacerlo. Su magistratura me colmaba. Su manera de empatar los tiros y los cañones como si fueran pirotecnias de fiesta patronal me mantenía abobado. En Miraflores me conocían, no como periodista sino como supuesto Asistente del Doctor. Entraba y salía sin registro ni identificación, pero con una pegatina en la pechera. En los bares me reprochaban que hablara tanto de Ignacio Andrade, el que mandó entre 1898 y 1899, en lugar de los desmanes de Blanca Ibáñez, o de Ruddy del Rosario Rodríguez de Lucía, mi candidata por Anzoátegui, que había ganado el Miss World Venezuela 1985.

Como es natural, un día Ramón Jota me pidió cuentas. Le había llevado cada capítulo terminado para que lo leyera e hiciera observaciones. Me los devolvía con algunos signos de interrogación o con notas al margen. Se acababa el tiempo, porque el libro estaba en el calendario cerrado de la casa editorial. Me apuro, corrijo, saco pruebas, vuelvo a corregir, imprimo. No son originales en papel bond escritos a máquina, sino en papel de fotocomposición extraído de los talleres de El Nacional. El libro se lo entregué de tal forma que ni siquiera haría falta volverlo a transcribir en la empresa que finalmente lo imprimiría, sino que esos originales servirían perfectamente como arte final.

Ramón Jota me felicita, me abraza, con esa sonrisa enigmática que tanto intrigaba a Lusinchi. “Qué bueno baila usted”, como decía el Beny Moré.

La Copre tenía sus oficinas en Parque Central, donde estaban los comisionados y la administración. Da su beneplácito oficial. Envían el libro a la imprenta. Ordenan una edición de 3.000 ejemplares bajo el título Reformas en la Guerra y en la Paz, por Ramón J. Velásquez.

Dos o tres semanas después supe que habían arribado ochenta cajas a la Copre con el libro impreso. Víctor Suárez no aparecería por ningún lado. Ni siquiera en los agradecimientos. Como estaba dicho, era un Pied Noir que había escrito su primer libro sin nombre, aunque con autor. Quería verlo cuanto antes, sobarlo, releerlo, esperar las reacciones, callar si preguntaban, con actitud de cándido incapaz de perjurio. Iría al bautizo, escucharía el discurso del Carrera Damas de turno, me tomaría todos los tintos posibles en el cóctel, mantendría a pesar de ello el secreto que ni siquiera a último minuto Don Rafael del Junco pudo guardarse sobre la paternidad de Albertico Limonta en El Derecho de Nacer.

Enterraría las copias de los originales y los transformaría en El Misterio de las Tres Torres. Mantendría a salvo los compromisos, como los mantenían noche a noche los Ascanio con respecto a Cristina Expósito en la telenovela Cristal, la telenovela de Delia Fiallo que estaban pasando en esa temporada por RCTV con sintonía abrumadora. Aunque no era una obra gorda ni enciclopédica, como las de Espasa, con los años se reimprimiría, le añadirían más capítulos, aún sin mí, para no levantar sospechas, pero igualmente sería feliz por esa prolongación en el tiempo.

“Guerra y Paz, oh, León Tolstoi, te faltó Reforma”, balbuceaba en el dislate del delirio etílico. El título lo había sugerido yo. Lo asociaba con el Bolívar del cantor de Píritu, Tomás Ignacio Potentini: “Cuentan que tuvo en su faz/ lo que salva y lo que aterra:/ rayo de muerte en la guerra/ y arco iris en la paz”.

— ¿Qué le pasa a éste? ¡Se rascó mi general, otra vez!

La mañana siguiente del aviso, al llegar a Parque Central pregunté por el libro. Presumía que ya había sido o estaba a punto de ser enviado a distribución. “El Doctor lo mandó a quemar“, me atajan en el almacén.

Nada más.

No se salvó ni un solo ejemplar. Ni para remedio.

Lloré, con resaca acongojada.

Espero que, antes de que cumpla sus primeros cien años — le faltan tres— Ramón Jota explique por qué coño me incendió con ese palo de fósforo. Que me diga por qué se arrepintió de sí mismo y por qué no consintió que reafirmara mi anonimia.

Pro Davinci

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