Published On: jue, Ene 30th, 2014

Obama se juega por completo su credibilidad ante el Congreso

-Obama, en busca de la credibilidad perdida. El presidente intenta con su discurso sobre el estado de la Unión recuperar la iniciativa para no ser irrelevante antes de tiempo

-¿Qué puede hacer Obama sin el Congreso? La facultad de firmar órdenes ejecutivas es limitada y muchas pueden ser declaradas inconstitucionales por el Supremo o derogadas por otro presidente o en el Capitolio

En un momento crítico de su gestión, cuando se juega su relevancia como presidente y su influencia dentro de su partido, Barack Obama ha presentado en el discurso sobre el estado de la Unión nuevas ideas y nuevos métodos con los que tratar de recuperar la credibilidad perdida.Hoy mismo respaldó sus palabras con una gira en la que insiste en que está dispuesto a actuar por decreto para restablecer la igualdad de oportunidades y una mayor justicia distributiva.

Su intervención el martes por la noche ante el pleno de ambas cámaras del Congreso y la representación de todos los poderes de la nación –la tradicional demostración anual de unidad y vigor del sistema político de Estados Unidos- fue convincente y brillante, tal vez el mejor de los cinco discursos sobre el estado de la Unión que ha pronunciado hasta ahora Obama. Pero la firmeza de sus promesas no se corresponde con su capacidad actual para hacerlas cumplir, y el presidente corre un gran riesgo de que sus palabras, de nuevo, se las lleve el viento.

“Estoy dispuesto a trabajar con todos ustedes”, dijo el presidente a los congresistas, “pero Estados Unidos no puede quedarse parado ni yo me quedaré. Así es que, cuando sea y como sea, yo voy a dar los pasos sin legislación para extender las oportunidades a más familias norteamericanas; eso es lo que voy a hacer”.

Las palabras de Obama reflejan su comprensible frustración con el comportamiento de la oposición en el Congreso, que ha entorpecido durante estos últimos cinco años muchas de las principales iniciativas de la Casa Blanca

Uno de los pasos que va a dar sin legislación es el de aumentar el salario mínimo a los empleados del Gobierno federal. Poco más se sabe de lo que va a hacer –algunas sugerencias vagas sobre la protección del medio ambiente o la reforma educativa- y poco más puede hacer.

Las palabras de Obama reflejan su comprensible frustración con el comportamiento de la oposición en el Congreso, que ha entorpecido durante estos últimos cinco años muchas de las principales iniciativas de la Casa Blanca, desde el cierre de Guantánamo hasta la reforma migratoria, y trata de satisfacer la ansiedad de sus seguidores, que constantemente le piden más arrojo.

Sin embargo, fuera de esa descarga emocional, en realidad es poco lo que puede esperarse que Obama haga sin el respaldo del Congreso, especialmente en lo que atañe a la política nacional, donde sus manos están constitucionalmente muy atadas. Esa misma decisión de aumentar el salario mínimo, tendrá que limitarse a los funcionarios federales porque para extenderla a todos los trabajadores es precioso una ley a la que se niegan los republicanos.

Los republicanos se niegan también a aprobar en la Cámara de Representantes la legalización de inmigrantes indocumentados que ya fue aprobada en el Senado, y han paralizado otras propuestas de la Casa Blanca para el desarrollo de energías alternativas o algunos incrementos de impuestos a los ricos en busca de un mayor equilibrio fiscal.

El respaldo a Obama apenas se mantiene ya sobre el 40%, con menos del 30% de la población optimista sobre el rumbo del país

Ese obstruccionismo, que no ha llegado a impedir la reforma sanitaria aunque sí ha deslucido su entrada en vigor, ha oscurecido en términos generales la gestión de Obama y amenaza ahora con hacer irrelevantes los tres años que aún le quedan por delante. Pocas concesiones puede esperar Obama en este tiempo –a menos que los republicanos sufran una derrota estrepitosa, pero improbable, en las elecciones legislativas del próximo noviembre- y pocos movimientos políticos pueden esperarse.

No puede descartarse que la oposición acabe pagando un precio en las urnas por su actitud de hoy. Pero lo que es seguro es que Obama está sufriendo ya un fuerte quebranto de su credibilidad por esta situación. Si las cosas no avanzan, el último responsable a los ojos de los ciudadanos es el presidente, que ha sido incapaz de encontrar los mecanismos para hacerlas avanzar.

El respaldo a Obama apenas se mantiene ya sobre el 40%, con menos del 30% de la población optimista sobre el rumbo del país. Aunque no puede decirse aún que su nombre empiece a ser tóxico, es llamativa la falta de interés de muchos candidatos demócratas de contar con la presencia del presidente en sus campañas electorales.

Este que el presidente llamó en su discurso del martes “un año de acción”, puede ser también su última oportunidad de robustecer su legado. Quedan pocos meses para que Obama consiga sacar adelante proyectos relevantes. Después de las elecciones legislativas ambos partidos se concentrarán en extraer las lecciones adecuadas de cara a las presidenciales de 2016. Dentro de la precipitación diabólica con que se viven los ciclos políticos en la actualidad, Obama podría convertirse en lame duck a final de este año, dos antes de acabar su presidencia. En los medios de comunicación ya vende más la imagen de Hillary Clinton.

¿Qué puede hacer Obama sin el Congreso? La facultad de firmar órdenes ejecutivas es limitada y muchas pueden ser declaradas inconstitucionales por el Supremo o derogadas por otro presidente o en el Capitolio

Durante un encuentro con donantes en San Francisco en noviembre del año pasado, el presidente Barack Obama respondió a un espontáneo que había interrumpido su discurso pidiéndole que empleara su poder ejecutivo para avanzar en su agenda frente a los obstáculos del Capitolio, asegurándole que eso significaría anular el poder del Congreso. Dos meses más tarde, sin embargo, durante su discurso sobre el estado de la Unión, Obama fue muy claro al asegurar que no dudaría en apelar a las órdenes ejecutivas para romper con la inercia obstruccionista de las Cámaras.

Desde George Washington, todos los presidentes de EE UU han hecho uso de la facultad que les brinda la Constitución para poder establecer medidas y legislación sin necesidad de la autorización del Congreso. La Proclamación de Emancipación de Abraham Lincoln, el fin de la segregación en el Ejército de Harry Truman, la discriminación positiva o los Cuerpos de Paz de John F. Kennedy, se adoptaron a través de órdenes ejecutivas. Obama es el mandatario que en menos ocasiones ha recurrido a esta herramienta legislativa en comparación son sus más inmediatos predecesores –168 veces, frente a las 291 de George W. Bush las 364 de Bill Clinton-, pero, en su último mandato, parece dispuesto a emplear ese poder para impulsar una agenda política y social que no desea que se estanque por polarización en el Congreso.

Muchos analistas coinciden en que en esta segunda legislatura el Obama realista ha reemplazado al Obama idealista para poder manejar el inmovilismo que parece haberse asentado en el Capitolio. El Partido Republicano no ha recibido bien la amenaza del presidente de gobernar de manera unilateral en todo aquello que pueda. “Vamos a permanecer atentos, porque tenemos una Constitución que todos hemos jurado, incluido el presidente, y esa Constitución es la base de nuestro sistema y no podemos ponerlo en peligro”, advirtió el líder de los conservadores, John Boehner. El veterano senador, John McCain, también aseguró, tras el discurso, que su formación no dudaría en acudir a los tribunales si creen que con sus órdenes ejecutivas, Obama ha excedido los límites constitucionales.

El empleo del las órdenes ejecutivas por parte del presidente está limitado. La Constitución únicamente le autoriza a emplearlas para coordinar la actividad de su Gabinete, establecer comités e imponer determinadas políticas en el seno de las agencias federales. El Congreso puede dejarlas sin efecto aprobando leyes que las deroguen -si bien, la Casa Blanca tiene la facultad de vetar esas normas- y el Tribunal Supremo puede declararlas inconstitucionales -varias de las decisiones más importantes en materia de conflictos entre el poder ejecutivo y el legislativo del alto tribunal estadounidense están relacionadas con este tipo de órdenes-. Su recorrido tampoco es tan amplio ya que los presidentes que le suceden tienen también la potestad de abolirlas, como el propio Obama hizo con algunas de las que firmó George W. Bush al poco de tomar posesión de su cargo.

En la primera reunión de su Gabinete de este año, el presidente tendió su mano para colaborar con el Congreso pero no dudó en advertir que él disponía de “un bolígrafo y un teléfono” y que no dudaría en servirse de ellos para actuar al margen del Capitolio. Con todo, de las medidas anunciadas en su discurso sobre el estado de la Unión, Obama únicamente podrá servirse de su boli y su teléfono para sacar adelante un número relativamente reducido. En concreto, el programa de pensiones para trabajadores con bajos ingresos; el incremento del salario mínimo para los trabajadores que sean contratados por empresas que trabajen para el Gobierno federal; la protección medioambiental de territorio federal para impedir su explotación energética y la promoción de acuerdos con los gigantes tecnológicos para dotar de banda ancha a 15.000 centros de bachillerato.

La ampliación del crédito sobre el impuesto sobre la renta para los trabajadores sin hijos; la subida del salario mínimo hasta los 10,10 dólares la hora para todos los trabajadores; la extensión del subsidio por desempleo a los parados de larga duración; la imposición de un nuevo impuesto para financiar la producción de vehículos limpios, la renovación de la tasa para producir combustibles avanzados a partir de material vegetal o el lanzamiento de nuevos incentivos para que los camiones empleen carburantes alternativos, necesitarán, de manera insoslayable, la aprobación del Congreso.

En el pasado, el presidente ya ha echado mano de su poder unilateral. En el verano de 2012, aseguró la suspensión de las deportaciones por dos años de los dreamers [jóvenes inmigrantes indocumentados que llegaron de niños a EE UU]. El año pasado, tras ver frustrada su iniciativa de incrementar el control sobre las armas en el Senado, Obama aprobó varias órdenes ejecutivas para reforzar el sistema de control de antecedentes del Gobierno y promover investigaciones sobre la violencia armadas, además de imponer otros requerimientos éticos a los contratistas federales. El mandatario también aprobó a través de esta herramienta normas medioambientales para preparar a las ciudades ante el cambio climático.

Las órdenes ejecutivas no suelen marcar el legado de los presidentes, en ocasiones porque muchas de ellas ni siquiera llegan a ejecutarse durante su propio mandato. El propio Clinton reconoció que una de las cosas que más le había frustrado de su paso por la Casa Blanca fue “no poder estar seguro al 100%” de que todas las que él firmó “se llevaron a la práctica”.

El País

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