Publicado el: Dom, Jun 25th, 2017

Opinión: Asalto al poder por Rodolfo Izaguirre

Asalto al poder

John Cale es un agente de seguridad norteamericano que en el filme White House Dawn (Asalto al poder), 2013, un thriller dirigido por Roland Emerich y que es interpretado por Channing Tatum. Divorciado, Cale tiene una hija de 11 años llamada Joey que en el filme va a convertirse en heroína nacional cuando logra vencer la conjura contra James Sawyer (James Foxx) el presidente negro de Estados Unidos, objeto de amenaza de muerte por parte de su jefe de Seguridad, Martin Walker (James Woods), en venganza por la muerte de un hijo suyo, en Irán, durante una acción comando ordenada por Sawyer.

Los mercenarios de Walker hacen explotar una bomba bajo la cúpula del Capitolio que se viene abajo con pavoroso estruendo, pero el verdadero propósito de los asaltantes es tomar la Casa Blanca, ametrallar a todos los funcionarios que encuentren, mantener como rehenes a los turistas que visitan el edificio, entre ellos Joey Cale y su padre, y secuestrar al presidente.

La niña toma fotografías de los forajidos mientras su padre desafía balaceras que jamás lo tocan y explosiones a las que sobrevive. La más espectacular es la que ocurre estando con Sawyer dentro de la limusina presidencial y el auto dando volteretas cae lejos, en la piscina de la Casa Blanca. No obstante, siguen vivos, y perseguidos por los terroristas continúan heroicos a pesar de las explosiones, paredes y techos que se derrumban. Toda la Casa Blanca queda destruida por las bombas, los misiles, las armas supersofisticadas que la violencia cinematográfica se complace en reunir y activar para estupor y regocijo de los espectadores.

Creo que Ronald Emerich disfrutó haciéndome presenciar el apocalíptico derrumbe del mayor símbolo del poder político mundial, pero yo sabía, desde luego, que ni el presidente, ni la niña y su padre iban a sucumbir. Por el contrario, saldrían un tanto maltrechos del caos y de la destrucción pero cubiertos de gloria, y los villanos quedarían aplastados por la propia violencia que desataron. En todo caso, en medio de la terrorífica destrucción, hay en el filme un detalle que podría resultar atractivo: la “revelación” de que en la Casa Blanca existe un túnel construido por Kennedy para recibir sin testigos a Marilyn Monroe.

¡Si se me ocurriera hacer una película así en Caracas y Miraflores fuera objeto de algún ataque terrorista, me pudro en Ramo Verde!

Yo estaba visionando la película en Netflix y en el momento en que el presidente Sawyer, de acuerdo con las exigencias del guion, enfrenta a su mortal y traidor enemigo, es decir, en el momento culminante de tan delirante película, mi familia me llama diciendo que la cena está servida y va a enfriarse la sopa. “¡Ya voy!”, digo. “Es que unos terroristas están a punto de matar al presidente!”. “¡Cómo!”, y todos corren hacia mí. “¿A Maduro?”, creyendo que se trataba de una noticia bomba lanzada por la televisión. “¡No!”. Y aclaro enseguida: “Es al presidente de Estados Unidos!”. “¿A Trump?”, oigo que gritan, y veo entonces cierto destello de júbilo en sus ojos. “¡No! Es una película que pasa en la Casa Blanca!”.

No supe en ese momento qué pensar cuando asomó la desilusión en sus miradas. Puede ocurrir que en la mentira del cine un presidente inventado por los guionistas sea objeto de atentados y situaciones capaces de destruir el palacio presidencial pero sabemos que no es cierto; que se trata de una violencia cinematográfica y no la que acecha y nos espera en la esquina de nuestra casa. ¡Ha ocurrido en otras películas! ¡Tampoco es sano alegrarse por la muerte de nadie! También es verdad que importa poco la muerte de los siniestros criminales y secuaces del cine negro o policial cuyas vidas se estremecen a sí mismas en la inventada aventura del cine y en la forma como la encuentran los mercenarios de White House Dawn reclutados por Roland Emerich, un director apasionado por las catástrofes. Los guionistas no se enternecen para nada cuando muere violentamente un gangster, un mercenario, algún psicópata homicida o un asesino a sueldo, pero uno piensa que, al fin y al cabo, y a pesar de sus máculas y desafueros de alma son hombres con familia, una esposa, algún hijo pequeño o adolescente; alguien que reclamará el cadáver depositado en la morgue tal como ocurre, lamentablemente, en el atestado depósito de cadáveres de Bello Monte cada vez que un familiar deshecho en llanto acude a recuperar el cuerpo del muchacho abaleado por los malandros, por el propio régimen militar o por algún despiadado paramilitar disfrazado de boina roja.

Pero no puedo evitar la suspicacia, la tenue sospecha de que los realizadores de White House Dawn o los propios espectadores desearíamos en algún momento matar al ruiseñor; imaginarnos cómplices de una conjura, anhelar el derrumbe de la Casa Blanca, la caída del mayor poder político del mundo, la muerte violenta del mandatario más poderoso; animar el resplandor del ilusorio destello que vi en aquellas sorprendidas exclamaciones. Entonces, liberado de toda culpa o remordimiento y mientras tomamos la sopa de una enflaquecida cena podemos decir, pensando en el afligido país nuestro: “¡Soñar no cuesta nada!”.

Fuente: El Nacional web

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