Publicado el: Lun, Ago 1st, 2016

Opinión: De Caracas pa Cúcuta por Enrique Viloria Vera

Enrique Viloria Vera

De Caracas pa Cúcuta, por Enrique Viloria Vera

Cuando el pobre lava, llueve.

Afortunadamente un buen vecino que se encuentra en cama por efecto del

Zika, me prestó la batería de su carro, ya que el mío no tiene desde hace más

de seis meses, no la consigo sino a precios exorbitantes que con mi menguado

sueldo de profesor universitario no puedo comprar.

La única condición que puso el dadivoso vecino fue que le trajera las medicinas

para la tensión arterial e insulina para su diabetes que tampoco se consiguen

en la República Bolivariana de Nadalandia. Recurrí prontamente a los ahorros

de los que disponía, saqué mis prestaciones sociales y acompañado de mi

esperanzada esposa nos dispusimos a realizar el largo y fatigoso viaje desde la

desprovista Caracas hasta la bien aprovisionada ciudad de Cúcuta, un tanto

preocupados por el estado de los cauchos del carro que tampoco he podido

comprar para sustituir a los ya bastante usados con lo que debo iniciar el viaje.

A la altura de Barinas, en una improvisada alcabala de la Guardia Nacional

fuimos objeto de una minuciosa revisión y de un largo interrogatorio por parte

de un teniente mal encarado. Ingenuamente mi esposa le confió que íbamos a

Cúcuta a comprar bastimentos y medicinas, la cara de satisfacción del oficia

preludiaba la coima de la que fuimos objeto: diez mil bolívares para poder

continuar y no ser retenidos por circular con un carro con los cuchos

desgatados. Pagamos y constatamos que el lema de esta rama militar es: “La

extorsión es nuestra divisa”.

Agotados y hambrientos hicimos la larga y nutrida cola en el puente fronterizo

para finalmente arribar a ese paraíso terrenal colombiano donde farmacias y

supe rmercados bien surtidos, eran objeto de admiración y envidia por parte de

los desdichados súbditos bolivarianos. Compramos todo lo que pudimos,

dejando lo necesario para al regreso detenernos en La Encrucijada y celebrar

la hazaña con un buen sándwich de pernil y un batido de mango. Dicho y

hecho, viajamos, llegamos, pedimos, comimos y pagamos.

Un trecho después en otra alcabala, esta vez policial, fuimos nuevamente

requisados y acusados de bachaqueo y acaparamiento. Total, que nos

confiscaron todas las compras hechas, nos retuvieron cuatro horas en un

pequeño calabozo repleto de malandros y malvivientes, finalmente nos

propusieron liberarnos a cambio de la batería del carro, lo que hicimos

prontamente y muy a nuestro pesar.

En cola llegamos a la sucia y horrible Caracas sin carro, sin la batería prestada,

y sin las medicinas y la comida que compramos en el otro lado de la frontera.

Mi mujer no ha parado de llorar y yo de mentarle la madre a todos aquellos que

en estos penosos 18 años de Revolución Bolivariana han destrozado,

desvalijado, un país que era para querer y ahora en Socialismo es una Patria

para sufrir.

¡CHÁVEZ VIVE, NOSOTROS MORIMOS DE HAMBRE!

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