Publicado el: Sab, Feb 18th, 2017

Opinión: De la Razón de Estado a la “Razón del Régimen”

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FERNANDO FACCHIN B.

“Razón de Estado es un término acuñado por Maquiavelo para referirse a las medidas excepcionales que ejerce un gobernante con objeto de conservar o incrementar la salud y fuerza de un Estado, bajo el supuesto de que la pervivencia del mismo es un valor superior a otros derechos individuales o colectivos.” La razón de Estado está estrechamente vinculada con la legalidad. Las medidas extraordinarias, ejecutivas y judiciales, recién dictadas son perfectamente arbitrarias, pues contradicen los principios básicos que defiende el propio Estado, sencillamente existe una aberrante desviación de la razón política del estado hacia la “razón del régimen” o totalitarismo, una sustitución de la Razón de Estado por la “Razón del Régimen”, lo que constituye la degradación del Estado a instrumento de partido a la orden un autócrata, tal y como sucede en Venezuela, donde todos los aspectos vitales del país están politizados a la orden del ilegítimo autócrata, el cual, una vez asaltado el poder lo colocó al servicio de su idea totalizadora, convirtiendo al Estado en un instrumento de dominación, donde el sistema de legalidad y el espíritu de la Fuerzas Armadas ha sido roto en aras de los intereses particulares del jefe, siendo éste uno de los principio básicos del nacionalsocialismo.

La Razón de Estado estriba, fundamentalmente, en el respeto al estado al derecho, al sistema de legalidad. No obstante ello, en Venezuela el régimen la ha deformado para justificar medidas de dudosa ética, abiertamente arbitrarias, tiránicas, violatorias de la constitucionalidad, utilizándose este motivo para lograr la permanencia de un régimen totalitario, excediéndose en los límites de la legalidad del Estado de Derecho, entendiendo por tal, la institución que tiene a su cargo la obtención de la paz y la tranquilidad, la creación, el desarrollo, la soberanía, el respeto a los DDHH y el cumplimiento de las leyes o lo que es lo mismo, que se trate de poder legítimo que actúa dentro de la juridicidad, por esa razón no debe ser llamada Razón de Estado cualquier argucia o método que persigue un fin distinto al fin del propio Estado, que rompa el orden jurídico establecido que es garantía del orden social, como por ejemplo las decisiones de la SC/TSJ contra la AN.

La perversión política de convertir la Razón de Estado en la “Razón del Régimen”, unido a la pretensión del totalitarismo que exige a sus correligionarios una lealtad y sumisión sin límites, que es capaz de romper los lazos familiares, destruir los lazos sociales y familiares, con lo cual la potencialidad del poder omnímodo se acrecienta con los consabidos síntomas del terrorismo de estado y así subordinar todas las actividades de la sociedad a la “Razón del Régimen”, limpiando de obstáculos el camino hacia la dictadura. La “Razón del Régimen” es una costra política, social y económica.

Frente a esa realidad, el discurso opositor no logra capitalizar la caída de popularidad presidencial. La dirigencia política no ha ofrecido una visión objetiva, ecuánime y abierta, con un análisis sostenido, sobre lo que realmente sucede. El mensaje no da lugar al optimismo, no hay propuestas innovadoras, creativas y motivadoras contra la fatiga política. El discurso político está enmarcado dentro de los viejos esquemas tradicionales de hace 50 o más años. Da la impresión que los actores políticos están vacíos de ideas creativas para salir de la pesadilla política; existe la sensación de un fatalismo atroz donde se concluye, con desesperanza, en que el país no tiene solución, eso hay que cambiarlo. La construcción de un nuevo país, como pareciera ser el objetivo por todos compartido, exige un funcionamiento de partidos democráticos que debe ser conducido y, además, respetado por todos los actores involucrados y por la sociedad y no facciones que son la expresión de conflictos personales o de un comportamiento que valora al yo y desprecia lo público, donde el combate es sólo una lucha por obtener prebendas, sin considerar el bien común ni el interés general, en la práctica, algunos partidos políticos se comportan de manera facciosa.

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