Publicado el: Mie, Ene 4th, 2017

Opinión: Dudamel, ese joven hijo de perra

 

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Por: Orlando Avendaño*/Panampost.com

Esas jóvenes hijas de puta se titula un artículo de Arturo Pérez-Reverte en el que denuncia la infamia de un ataque de unas jovencitas que condujo, lamentablemente, al suicidio de otra.

En la nota, Pérez-Reverte denuncia, además, “la cobardía, el lavarse las manos. La indiferencia (…), el pasar de inadvertidos”.

Podría intentar relacionar la intención de este escrito y pellizcar las palabras y las oraciones del escritor español para justificar las citas. Pero la realidad es que hoy hago referencia a esa columna para, realmente, excusarme por el uso del título incendiario —aunque, lamentablemente, no puedo utilizar la precisa expresión de Pérez-Reverte.

No llamaré hijo de puta a un tipo que provocó el suicidio de otro; ni como Javier Marías, llamaré hijo de puta a algún político mafioso, no.

Hoy el insultado es un artista que, lamentablemente, ha podido evadir su repugnante desfachatez gracias a su innegable talento y gracias a la estupidez del venezolano.

Gustavo Dudamel hace historia al convertirse en el más joven en dirigir el concierto de Año Nuevo en Viena. Gran logro, sin duda. Como mencioné, es inevitable destacar la agudeza del músico y yo, aunque no soy experto en la materia, imagino que es así.

Pero hay algo que debe convertirse en estandarte de sociedades. Algo que ha sido sepultado por el irracional sentimiento chovinista que impera en, particularmente, Venezuela. Antes que artista, político, periodista o cualquier otro oficio, se es ciudadano. Y, debo decir que —a riesgo de la inevitable hoguera—, como ciudadano venezolano, Dudamel es un joven hijo de perra.

Cuando el régimen chavista cerró —atentando completamente contra la valiosa libertad de expresión— RCTV, Dudamel escoltó el trágico momento con las notas del himno nacional; luego, dirigió su orquesta para darle la bienvenida al nuevo canal estatal socialista, TVES, que se erigía sobre la lápida de Radio Caracas Televisión. Al evento fue transportado por un avión privado del régimen.

En enero de 2013, mientras Hugo Chávez atravesaba el cáncer que le arrebató la vida, Dudamel, junto con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, dirigió un concierto en el Teatro Teresa Carreño, en honor del tirano y en solidaridad por su enfermedad.

En el evento se encontraban el ahora dictador Nicolás Maduro, y Diosdado Cabello, además de otros líderes de la región, como Daniel Ortega, Evo Morales y José Mujica.

Al morir el tirano, Hugo Chávez, estaba el director armonizando el funeral del autócrata con un emotivo homenaje. Asimismo, son numerosas las fotografías del músico en actos públicos del régimen.

Es innegable la cercanía de Gustavo Dudamel con la “Revolución”. Recientemente, mientras Venezuela presidía el Consejo de Seguridad de la ONU, el músico dirigió un concierto denominado Por la Paz que fue patrocinado por la dictadura.

No obstante, hubo un momento que jamás se olvidará. Un dantesco escenario que fue protagonizado por el deprimente director de orquesta. El día que Basil Da Costa y Robert Redman fueron asesinados; aquel trágico 12 de febrero en el que la dictadura masacró a estudiantes y atentó en contra de los ciudadanos, Gustavo Dudamel dirigía su orquesta en un evento estatal que fue transmitido por cadena nacional.

Recuerdo la deprimente imagen con repulsión. Estaba el músico dirigiendo para Nicolás Maduro y los principales responsables de los asesinatos de esos días, mientras que en las calles del país imperaban la muerte y la tragedia.

No es un simple Gobierno de turno lo que domina Venezuela; se trata de un régimen dictatorial que viola sistemáticamente los Derechos Humanos. Es un régimen criminal que atenta a diario contra la vida de los venezolanos. Y Gustavo Dudamel ha sido su cómplice.

Se sabe la influencia y reconocimiento que tiene el músico en todo el mundo. Él ha preferido renunciar a ser un ciudadano y ha, en cambio, alzado la inmoralidad y falta de ética para absolver, tácitamente, a una dictadura criminal.

Es lamentable que un músico con cierto talento y sin necesidad de ceder a lo impúdico, se permita ser un emblema de lo indecoroso y la indecencia.

Pero no nos saturemos todavía. Gustavo Dudamel, además de su cercanía con el régimen —que, imagino, por vergüenza, ha sido incapaz de aceptar—, tiene, además, los cojones de esgrimir un ensordecedor silencio sobre la infernal situación de Venezuela y, más recientemente, de decir que es un individuo «apolítico».

La apolítica, a estas alturas, es de un talante criminal, imperdonable y cínico. Decía Desmond Tutu que en tiempos de injusticias, quien mantenga la neutralidad, realmente “ha elegido el lado del opresor”. También está aquella frase que se atribuye erróneamente a Dante en La Divina Comedia; pero no soy nadie para mandar al infierno, lugar cuyos confines “están reservados” para los neutrales en “épocas de crisis moral”.

Dijo el infame personaje en una entrevista a El País con respecto a la situación de Venezuela, la cual ha arrebatado a los ciudadanos cualquier vestigio de libertad: “Simplemente no quiero tomar ninguna posición”.

La indiferencia y excesivo silencio que desde hace varios años ha tenido Gustavo Dudamel con la crisis del país no existe. De hecho, las acciones del director de orquesta sugieren muy bien cuál es su preferencia y de qué lado se ubica. Su complicidad con el régimen chavista, y su ahora «apolítica» es realmente despreciable.

Gustavo Dudamel podría ser admirado en algún lugar del mundo, pero acá en Venezuela, al menos los verdaderos ciudadanos, deberían rechazarlo. Un tipo como él jamás podría representar a los ciudadanos de Venezuela que padecen las política de un régimen que el músico ha ayudado a condonar.

Lamentablemente, como se señaló, el chovinismo irracional impide cualquier condena a un personaje deplorable como él.

El incansable apuro por aplaudir cualquier éxito o logro de algún miembro que comparta la emoción territorial nos entorpece en la imprescindible necesidad de identificar a los hijos de perra y de castigar “el silencio de los borregos, o las borregas, o que nunca consideran la tragedia asunto suyo, a menos que les toque a ellos”, como muy bien escribe Arturo Pérez-Reverte.

*Orlando Avendaño reside en Caracas, Venezuela, y estudia Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello.

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