Publicado el: Dom, Sep 11th, 2016

Opinión: Indios y un cura solitario, por Rodolfo Izaguirre

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Indios y un cura solitario

Cuando estuvo en la Cinemateca Nacional el jefe o cacique yekuana Barné Yavarí, figura central del filme documental Yo hablo a Caracas, 1978, de Carlos Azpúrua, me tocó presentarlo a la audiencia y dije de él que lo consideraba un intelectual venezolano. Llevaba toda la razón porque el discurso que ofreció Yavarí en el documental sobre el respeto a su cultura sigue siendo una pieza de antología. Una vez visionado el filme y concluido el acto fueron muchos los que se acercaron (estoy hablando de espectadores de Cinemateca, es decir, de gente afinada y sensible) para felicitarme por lo valiente que resultaba comparar a un indígena de pluma en la cabeza y taparrabo con alguno de ellos, intelectuales altivos e importantes. Lo que evidencia que no es solo en los alrededores de la casa de gobierno en Tucupita donde se considera irracionales a estos venezolanos.

Esa noche aletearon en la Cinemateca, en el propio corazón de la cultura de Caracas, la discriminación y la indiferencia.

Estos indígenas son tan venezolanos como yo, solo que se nutren de sus propias culturas y tradiciones; viven en sus propias lenguas. Por eso conmovió al mundo verlos con sus lanzas, penachos y el vigor de sus ánimos avanzar a pie desde el fondo de la Amazonia enfrentando la tozudez de alcaldes y gobernadores, guardias nacionales y funcionarios del régimen que trataban de impedir su presencia en la solicitud del revocatorio sin percatarse de que, al hacerlo, al poner trabas, obstáculos y amenazas estaban hundiéndose en el pantano de sus propios descalabros como figuras de un régimen militar corrupto y autoritario a punto de desmantelamiento y desbandada.

Ellos, procedentes del Amazonas emprendieron el camino a Caracas, a pie, con su cultura a cuestas. Nadie los obligó a hacerlo. Hombres y mujeres. Ellos representan el pasado precolombino, nuestro origen, la semilla, la vergüenza también y la indiferencia y el desprecio que les hemos dispensado desde los dominios y la prepotencia de nuestra cultura.

En esos días previos a la gran concentración en Caracas, estimada en más de 1 millón de desobedientes civiles (yo lo hice junto a unos 70 venezolanos congregados en un lugar de West Hollywood, en Los Ángeles), ocurrió sin intervención de los políticos; sin presiones ni interferencias de ninguna naturaleza, un hecho prodigioso la alianza, la circunstancia espontánea de dos acontecimientos gloriosos: los descendientes de quienes estuvieron mucho antes que nosotros y padecieron la ferocidad del arcabuz, los perros y el crucifijo marchando hacia Caracas al mismo tiempo que un sacerdote solitario sin otro discurso este último que no fuese el de la paz, la exhortación a las altas jerarquías de la Iglesia a cumplir con la disposición constitucional que permite el revocatorio al mismo tiempo que la práctica de la vigilia y la oración como compromisos esenciales.

La importancia que concedo a estos hechos es que en ambos se trata de manifestaciones de héroes anónimos, la voz de quienes desean ser escuchados, la personificación de espíritus entrañables, el origen y nuestro derecho de pertenecer a esta tierra. Ellos le dieron la mano y el impulso a un joven sacerdote de Anzoátegui, no a la alta jerarquía de la Iglesia ni al poder asentado en la autoridad represiva, sino a un cura de pueblo, joven, valiente, capaz de generar con su caminata un fervor tan intenso como el que brota desde el altar de las devociones. Con sus lanzas ellos son nuestro ADN étnico; y el cura solitario, la fortaleza espiritual y el coraje de vivir avanzando desde el oriente mientras los otros lo hacían desde la Amazonia desplegando una energía sin violencia en su desempeño pero decididamente activa en sus propósitos.

¿Qué podía hacer el régimen militar? ¿Detenerlos? ¿Masacrarlos? ¿Impedir, con violencia, el cometido de llegar a Caracas y abogar por el revocatorio? ¿Agredir símbolos perfectos de nuestra civilidad que daban durante la larga caminata por las carreteras del país presencia corpórea a millones de venezolanos? Estos seres amazónicos, preteridos, ignorados, desprovistos en apariencia de poder y este sacerdote solitario que aspiraba tan solo a que la jerarquía católica intervenga y haga sentir su fuerza y ponga orden en el desorden creado por la autocracia militar, no esgrimen ni poseen armas de cuartel pero supieron sustituirlas por la tenacidad de sus decisiones.

El mundo entero siguió los pasos de esta admirable aventura. Simbólicamente se logró visualizar la sacralidad que hay en esas lanzas, penachos y cuerpos semidesnudos y en la sotana negra o blanca del sacerdote visto en la foto de espalda avanzando como un emblema de multiplicada soledad. Destellos sagrados que aparecieron de pronto en la inmensidad del desamparo como fuentes de esperanza y de energía. Una fuerza que emana desde lo más profundo del ser, más arrolladora y eficaz que el inteligente y sarcástico editorial del periódico o el articulado texto del analista político. Tanto los indígenas como el solitario cura de Anzoátegui hicieron lo que tenían que hacer y regresaron unos a su comunidad y el otro no parece en modo alguno haber buscado mayor atención que la que suscitó durante sus difíciles días de marcha. ¡Pero quedaron en nuestra memoria! Se enaltecieron. Lograron, sin proponérselo, que el régimen militar, por el contrario, se envileciera aún más.

¡Ellos dieron más luz a nuestras vidas!

Fuente: El Nacional web

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