Publicado el: Dom, Abr 5th, 2015

¿Podrá Obama persuadir a los republicanos sobre el tratado nuclear con Irán?

90 días de negociación en varios frentes
Obama se emplea a fondo para persuadir al Congreso y a los aliados de la región. La alternativa lleva a un Irán nuclear o a una guerra, según la Casa Blanca
Los negociadores de EE UU en Lausana comparan el proceso con un rompecabezas que debían resolver a un ritmo vertiginoso

El presidente Barack Obama vuelve a entrar en campaña. Esta vez no es electoral. En 2017 abandonará la Casa Blanca y no volverá a presentarse a unas elecciones. La campaña del demócrata Obama es para rubricar con éxito una de las iniciativas más arriesgadas de su presidencia: el acuerdo para frenar el programa nuclear de Irán a cambio de levantar las sanciones internacionales sobre este país.

Obama tiene menos de tres meses para convencer a los escépticos de las bondades del acuerdo preliminar adoptado el jueves en Lausana entre un grupo formado por Estados Unidos y otros cinco países (Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) e Irán. El 30 de junio es el límite que se han dado para negociar la letra pequeña de lo pactado esta semana. Hay mucha letra pequeña.

La “alternativa al acuerdo”, dijo ayer Obama en su mensaje semanal, es abandonar las negociaciones y arriesgarse a que Irán continúe avanzando hacia la bomba nuclear, o “bombardear las instalaciones nucleares y arriesgarse a una nueva guerra en Oriente Próximo”. Este su argumento de campaña.

“La voluntad política existe”, dice, por teléfono, Seyed Hossein Mousavian, un diplomático iraní que en la década pasada participó en las negociaciones nucleares y ahora vive en EE UU. “Irán y las potencias mundiales, también la delegación de EE UU, son serios. Saben lo que deben hacer pese a las dificultades técnicas. Confío en que, si les dejamos que negocien, lleguen a un acuerdo amplio antes de 1 de julio”. “El riesgo”, añade, “viene de las interferencias extranjeras”.

Mousavian, investigador en la Universidad de Princeton, se refiere a la presión que países como Israel o Arabia Saudí pueden ejercer para abortar el acuerdo. Israel ve su existencia amenazada por la posibilidad del Irán armado con la bomba atómica y reintegrado en la comunidad internacional. Arabia Saudí y otros países suníes temen el expansionismo del Irán chií en una región inflamada por las guerras religiosas.

Las interferencias no son sólo extranjeras. Otros frentes de resistencia son la facción conservadora en Teherán y el Congreso de EE UU, dominado por el Partido Republicano.

La propia naturaleza del acuerdo preliminar invita a la cautela. Nadie discute que el pacto de Lausana es mucho más detallado y ambicioso de lo que se esperó durante la última ronda de negociaciones, pero no es ni un tratado —probablemente el acuerdo final tampoco lo sea— ni estrictamente un acuerdo. Nadie ha firmado nada definitivo. “Lo preocupante es que el acuerdo no está hecho: no hay un apretón de manos final”, ha escrito en The Washington Post David Ignatius, uno de los columnistas mejor informados en materia de seguridad nacional. “Parece un acuerdo bastante bueno. Ojalá se firmase”, concluye.

Por ahora se trata de una “declaración conjunta”, según el título del documento leído el jueves por la jefa de la diplomacia de la UE, Federica Mogherini, y el ministro iraní de Exteriores, Mohammad Javad Zarif. El documento no habla de acuerdo sino de “soluciones sobre los parámetros clave de un Plan de Acción Conjunto y Completo”. El texto conjunto es menos concreto que el documento de cuatro páginas difundido por la Casa Blanca, mucho más preciso.

Las ambigüedades sobre lo acordado pueden originar nuevas disputas durante las negociaciones finales. “Faltan detalles significativos”, escribe Sharon Squassoni, directora del Programa de Prevención de la Proliferación en el laboratorio de ideas CSIS (iniciales inglesas de Centro para los Estudios Estratégicos e Internacionales). Squassoni cita entre otros puntos la inconcreción sobre la duración del acuerdo y el calendario para levantar las sanciones a Irán.

Los próximos tres meses serán una partida de ajedrez simultánea para la Administración de Obama. Deberá evitar que el acuerdo de Lausana se deshaga y contener la presión de Israel, de los aliados suníes y del Congreso. Las Cámaras amenazan el acuerdo definitivo con una ley que les daría capacidad de veto sobre el texto final y otra que supondría nuevas sanciones.

Obama ha hablado con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y ha invitado a la residencia presidencial de Camp David, cerca de Washington, a los líderes de los aliados del golfo Pérsico, incluida Arabia Saudí. También ha prometido que garantizará al Congreso un papel de supervisión, aunque quiere impedir que pueda vetar el acuerdo.

“En Washington”, se queja Mousavian, “hay mucha interferencia extranjera. Arabia Saudí interfiere. Israel interfiere. Todos los países. El presidente debe llamar a este líder, y a este otro. En Irán, hay una persona que toma la decisión final: el líder supremo. Si él confirma el acuerdo, el acuerdo está hecho y nadie lo violará. En Washington no es así. La delegación de EE UU está de acuerdo, el presidente de EE UU está de acuerdo y entonces el Congreso de EE UU lo cuestiona. Nadie sabe quién decide en Washington”.

Los negociadores de EE UU en Lausana comparan el proceso con un rompecabezas que debían resolver a un ritmo vertiginoso

Eran alrededor de las doce de la noche del miércoles en Washington y las seis de la mañana del jueves en Lausana. El presidente Barack Obama descansaba en la Casa Blanca. Recibió una llamada de Susan Rice, su asesora de seguridad nacional, que estaba en contacto con la delegación estadounidense en las negociaciones nucleares en Suiza. Obama le dio unas últimas instrucciones y se mostró optimista. “La gente sabe cuáles son mis principios básicos y tengo confianza en el equipo negociador de que para cuando me levante podrían volver y tener esto cerrado”, le dijo.

Obama acertó. Cuando llegó la mañana en EE UU, ya estaba casi sellado el acuerdo preliminar entre seis grandes potencias e Irán para limitar el programa nuclear iraní. A las diez de la mañana en Washington, el presidente conoció los “contornos finales” del pacto y dio su visto bueno definitivo. El pacto se iba a anunciar al cabo de tres horas en Lausana. Su apuesta de acercamiento diplomático a Teherán -con el que Washington no mantiene relaciones desde 1980- daba frutos tras más de 15 meses de negociaciones. El pacto definitivo debe alcanzarse en junio.

Cada cambio era objeto de discusiones maratonianas en el hotel, testigo de otros pactos históricos gracias a la condición neutral de Suiza
Este y otros detalles sobre la trastienda del acuerdo, revelados por altos cargos estadounidenses en una conferencia de prensa, reflejan que, pese a la confianza de Obama, las negociaciones en un hotel de lujo del siglo XIX en Lausana eran ante todo volátiles. Los emisarios pasaban de estar convencidos de que en unas horas cerrarían un pacto a pensar que en breve podían irse con las manos vacías.

La sensación era de montaña rusa: con “muchos altibajos”, según explicaron fuentes de la delegación, encabezada por los secretarios de Estado, John Kerry, y Energía, Ernest Moniz. Lo describen como “un cubo de Rubik” en el que cada cambio tiene varios efectos: “Tienes todas esas piezas delante de tí, tienes que encontrar un modo de juntarlas”.

Cada cambio era objeto de discusiones maratonianas en el Beau Rivage Palace, testigo de otras citas históricas gracias a la condición neutral de Suiza. La creación de Checoslovaquia se firmó en 1918 en ese hotel con vistas al lago Leman y donde una habitación puede costar más de 1.500 dólares la noche y un cóctel en el bar más de 70. Cinco años después, se negociaría allí el tratado que fijó las fronteras de la Turquía moderna y alteró el tablero geopolítico de Oriente Próximo, como puede ocurrir con un pacto definitivo con Irán.

Para los negociadores nucleares, el mayor desafío era lograr aislarse de presiones internas (en el seno de cada delegación y entre ellas) y externas. La desconfianza se extendía: cuando Rusia anunció el miércoles que se había llegado a un acuerdo preliminar, Francia creyó que era una broma por ser el 1 de abril el día de los inocentes, según la agencia Reuters. En parte lo fue, pues el pacto se anunció al día siguiente. Y en ocasiones, los emisarios creían perdida la batalla: en los extenuantes ocho días de negociaciones finales, Kerry pensó seriamente en abandonar, según reveló después a la cadena BBC.

Para tratar de entenderse y evitar la tensión que suponía trasladar en papel los compromisos, los negociadores hallaron una solución práctica: escribían todos los puntos clave con rotulador en una pizarra blanca y los iban modificando. Los estadounidenses también llevaban listas de tareas para evitar “problemas en el último minuto” y recordar bien las directrices de Obama.

Para entenderse y evitar la tensión que suponía trasladar en papel los compromisos, los negociadores escribían todos los puntos clave con rotulador en una pizarra blanca
El presidente les había insistido en una idea: “No penséis en esto como en un acuerdo de X años. Es un acuerdo por fases que tiene múltiples escalas de tiempo”. Y la tarde del martes 31, suavizó aún más la presión temporal al autorizar, en una videoconferencia con su equipo en Lausana, a sobrepasar el plazo fijado -la medianoche de ese día- para alcanzar un pacto preliminar. Sabía que Irán también suspiraba por un acuerdo y no quería que pensara que EE UU iba a ceder para cumplir el plazo.

Un día y medio después, llegaría el acuerdo. Se fraguó con mucho sueño. Casi a la vez que Obama hablaba con su asesora Rice, el secretario Moniz y el jefe de la Organización Atómica Iraní, Ali Akbar Salehí, sellaban un pacto técnico preliminar, que luego se trasladaría a un comunicado conjunto. Eran las seis de la mañana del jueves en Lausana. Culminaban nueve horas ininterrumpidas de reuniones, en las que Kerry y su homólogo iraní, Javad Zarif, abordaron los dos escollos finales: el levantamiento de las sanciones de la ONU y la investigación nuclear de Teherán. También intervinieron representantes de Alemania, Francia y la Unión Europea.

En las horas y días previos, la sensación de enclaustramiento apremiaba. A Kerry se le veía reflexionando en el balcón de su habitación y paseando por los jardines del hotel. La delegación iraní también buscaba en el aire libre soluciones al rompecabezas. Ambas comitivas se enfrentaban a la historia: las profundas suspicacias entre dos países enemistados desde hace 35 años. Para EE UU, la esencia recaía en los detalles del acuerdo. Para Irán, en preservar su soberanía al poder mantener cierta capacidad nuclear, una difícil concesión que hizo Washington.

La complicidad personal limó asperezas. Desde su primera reunión oficial en octubre de 2013, Zarif es el ministro de Exteriores que Kerry -que tiene un yerno de origen iraní- ha visto más veces en sus dos años de secretario de Estado. Su sintonía ha incomodado a la línea dura del régimen de los ayatolás. Zarif y Salehí hablan perfectamente inglés. Estudiaron en universidades estadounidenses antes de la revolución islámica de 1979.

El jefe atómico iraní y Moniz se incorporaron a las negociaciones en el último mes. Su aportación técnica fue determinante. Ambos coincidieron, sin conocerse, en los años setenta en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en Boston. Ese lazo acercó a los dos expertos nucleares: hace poco Salehí fue abuelo por primera vez y Moniz le hizo un regalo con el logotipo de MIT.

El País

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