Published On: Mar, Dic 25th, 2012

Políticas de inmortalidad y lenguaje nacional

   Por: Juan Cristóbal Castro

 

El concepto de política está, (…) totalmente consumido
en una guerra de espíritus

F. Nietszche

Paul Valéry hablaba de dos tipos de obras. Estaban, por un lado, las que seguían a su público y, por otro lado, las que lo creaban. Las primeras eran sumisas, condescendientes, demagógicas, pero muy populares: las que produce Paulo Coelho sería un ejemplo. Las segundas, en cambio, eran atrevidas, arriesgadas, poco complacientes, pero a la vez eran las que actualizan la literatura misma, las que revivían el pasado y la tradición literaria con nuevas formas y propuestas: las que ha hecho en este caso el gran y querido Borges.

Lo mismo puede decirse del lenguaje político. Por un lado, están los políticos que hablan de lo mismo y ven al ciudadano como alguien pasivo, acrítico, marginal; y, por otro lado, están los que proponen ideales, arman imaginarios, crean nuevas posibilidades de pensarse y relacionarse, y con ello restituyen el valor de la política, que es el arte de vivir en común.

La MUD ha logrado muchísimas cosas. Hay un camino, hay una unidad, una voluntad democrática y pacífica, y sobre todo un “político” que tiene una visión de país: Ramón Guillermo Aveledo. Pero pareciera que los estragos de la anti-política que es una herencia neoliberal y populista, aunque haya muchos lectores de Mirtha Rivero al acecho que dirán lo contrario, tienen todavía presencia en el discurso político de varios dignos representantes.

No me refiero obviamente a los abstencionistas, que siguen haciendo de las suyas, ni los histéricos opinadores de oficio. Me refiero, por el contrario, a una concepción de la “política” como algo meramente “técnico”, administrativo, o también “electoral”, sin entender que detrás de eso tiene que haber un lenguaje, una pedagogía, una identidad, que la soporte, la articule y la explique, más allá de las fórmulas de marketing o los intereses de partido.

Ya lo han dicho varios antes. Pensar en política es pensar en una “comunidad imaginada”. Es volver a armar un pacto nacional que rescate el pasado con lecturas más provechosas y creativas, para tener un marco referencial compartido que nos motive a salir a votar contra neveras gratis, o contra el miedo o la presión. Para eso se requiere conocer no sólo las aspiraciones de nuestros electores, sino nuestros imaginarios, tradiciones, formas culturales, y sobre todo nuestros referentes del ayer que bien puedan orientarnos hacia una alternativa viable.

El mundo ha cambiado, el país ha cambiado, pero hablamos con un lenguaje político estéril, seco, demagógico y acartonado, que para adquirir vivacidad imita al del gobierno.

El problema es serio y seguimos arrastrándolo desde hace años. ¿Es que no nos damos cuenta que en el margen de unos años, antes de la llegada de Chávez, cambiamos de ser presidencialistas a ser regionalistas, de imponer reformas económicas, e incluir fórmulas de democracia directa, sin tener imaginarios comunes, vocabularios culturales de pertenencia que vayan más del consabido folklore, o de las referencias al beisbol y otros elementos anecdóticos?

Los seguidores de Negri tienen razón: con la globalización y las políticas neoliberales hubo una crisis de las soberanías; Pierre Rosanvallon, por su parte, habla más bien de una “desnacionalización de la democracia”. Sólo países que tenían vínculos fuertes con su pasado y tradición, pudieron sobrevivir y lograr alzar nuevas formas de legitimidad: Inglaterra y la monarquía, Francia y su legado republicano, o Estados Unidos y su vínculo religioso con la constitución.

Otro países con menos ataduras fracasaron. Por eso Kirchner llegó al poder en Argentina valiéndose del discurso victimario de los desaparecidos; Morales llegó a Bolivia con la reivindicación de los indígenas; y Chávez, usando a Bolívar y a los pobres. El poder soberano para legitimarse en esas condiciones decidió buscar una simbología impoluta, y así pudieron instaurar una nueva autoridad de origen.

¿Piensan las nuevas generaciones instaurar su legitimidad diciendo que van a arreglar mejor una casa, con un gobierno que maneja la caja chica de PDVSA? ¿Piensan los representantes de los viejos partidos que van a llegar a ganar representatividad, creyendo que tienen el monopolio de Betancourt, y en una realidad muy distinta? Yo creo que no, porque ni se lo plantean como tema.

La política se distanció de las ideas, de sus intelectuales, de su cultura. Acción Democrática se sostuvo antes que nada en un imaginario nacional armado por Andrés Eloy Blanco, o Rómulo Gallegos, entre tantos otros, que no nos dicen mucho en un mundo global si no sabemos como actualizarlos. En una carta a Betancourt, Picón Salas le decía que se olvidara del marxismo que es sectario, que lo importante es un relato nacional que uniera a obreros y burgueses por igual. ¿No valdría eso para soliviantar el sectarismo de catorce años?

Recorrer toda Venezuela para ganarse el respeto de muchos fue algo muy bueno. Eso lo hicieron Caldera, Betancourt, Leoni, Luis Herrera, pero además muchos de ellos escribieron, y pensaron la nación en los tiempos que les tocó vivir. ¿Quién piensa en un nuevo contrato imaginario que dignifique la alternabilidad del poder, la autonomía de los poderes, la libertad sin clientelismo, considerando también las nuevas luchas sociales: derechos a la diversidad sexual, a las comunidades marginadas como las indígenas, a formas de participación más justas?

Nuestros “liberales” piensan en la buena fe del pueblo para que despierten solos, hablan de que el mundo está cambiando y es cuestión de esperar para que todos voten por la oposición. Mientras que los socialdemócratas y los demócratas cristianos se callan, sin sabe qué decir, sin discurso novedoso, porque el monopolio de la izquierda es del gobierno, y porque al parecer la libertad está sólo en el mercado.

El célebre Ernest Renan hablaba de una nación como un “plebiscito cotidiano”, constituido por “los sacrificios que se han hecho”, donde el pasado cumple un
rol importante. Pues bien, ese contrato o plebiscito cambió en los noventa y nadie fue capaz de rearmarlo, actualizarlo, hacerlo vigente; igual pasó con la democracia. “La democracia es frágil y no es algo ganado -nos advierte Pierre Rosanvallon-, hay que adquirirla, reinventarla siempre, dedicarse a fabricar una historia común que pueda hacer convivir en la igualdad a gente distinta entre sí”. En eso también fallamos. Chávez apareció por eso proponiendo una vía, y secuestró nuestros impulsos de reinvención, pero lo curioso es que todavía no tenemos alternativa. Hablamos su lenguaje.

Obama y Clinton en la convención democrática hablaban de sus padres: Franklin, Washington, Lincoln. Son varios y distintos ideológicamente, algunos de los cuales cometieron errores garrafales incluso en sus gestiones, pero tuvieron el fin común de actualizar el destino nacional. ¿Alguien ha escuchado a nuestros candidatos hablar de Gallegos, de Caldera, o Pinto Salinas, o Rafael Vegas, por mencionar algunos? Qué va: todavía Caldera es el culpable de la venida de Chávez, Gallegos es fastidioso, Pinto Salinas nadie lo conoce, y Vegas insignificante.

Así no llegaremos a ningún lado. No hay alternativa sin un horizonte común, y sin un lenguaje que logre valorar la democracia representativa. El trabajo electoral es sólo uno de los espacios que hay que trabajar. Es verdad: aprendimos finalmente a jugar en ese endeble terreno que nos dejó el gobierno, pero ahora estamos ante una nueva realidad que nos obliga a retomar las calle y el discurso de los valores, ya no desde una mirada superficial, reactiva o maniquea, sino desde un lenguaje concreto y preciso que muestre ganas de luchar.

El pasado se construye y nos da las bases para un verdadero camino. A menudo Obama incluye de manera estratégica a Martin Luther King entre sus “padres”, mostrando que una tradición se arma retrospectivamente. La técnica del Jiu Jitsu con que Boris Muñoz definió el arte del ex candidato Henrique no llegó a tanto: acaso al final se atrevió a criticar el uso del bolivarianismo, pero eso no es nada todavía. Seguimos preso en lo electoral, y la política no es cuestión de elecciones solamente, o de conservar los espacios, sino de pensar una sociedad. Nada fácil.

Una comunidad imaginada espera silenciosa en debates y congresos de ideas que no se hacen, en revistas que no se leen y en programas que no se miran porque no tienen rating. Por eso a los profesores, que a diario pelean en contra de este régimen (los únicos que siguen en pie por cierto), nadie los defiende, ni los protege. Horror en un país de Karlas Osunas.

Entre tanto, seguirán descansando en las sombras del averno Juan Germán Roscio, Lorenzo Fernández, Rómulo Gallegos, quienes dieron sus vidas por tener lo que ya no tenemos: una democracia representativa, marco a partir del cual se deben dar las mejorías de las democracias directas o participativas.

¡Y creer que así íbamos a salir de Chávez! Claro, puede que por suerte ganemos una elección, o dos. No lo dudo. Pero su ideario quedará impoluto, como ha sucedido con Perón en Argentina, a menos que veamos que ser alternativa pasa también por proponer un contrato simbólico, imaginario, que eleve nuestro lenguaje a una visión incluyente, que logre unir valores con necesidades, principios con demandas de ciudadanía y deseos de mejoramiento.

También los muertos hacen política. Lo sabe el gobierno que cita a Cristo, a Bolívar, a Castro. Nosotros, que tenemos muchos más venezolanos en el más allá, no los invocamos, ¡y eso que no son abstencionistas y tienen muchas ganas de participar! Empezarlos a convocar es una manera de ir creando nuestros futuros electores, ciudadanos dignos y críticos, amantes de la justicia y la libertad, y no simples rastacueros, dependientes del clientelismo estatal.

Es cuestión de atreverse. Nada más. Lo decía Valery de la obra literaria: hay unas que buscan complacer al lector, pero hay otras que buscan crearlo. ¿Quién se atreve a hacer lo segundo en la política?

Prodavinci

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