Publicado el: Mie, Jul 22nd, 2015

¿Por qué el Chapo Guzmán estaba en una celda en planta baja si su especialidad era cavar túneles?

Faltan diez minutos para las nueve de la noche cuando Joaquín «El Chapo» Guzman se acerca a la ducha de su celda, la regadera, como dicen allá. Camina nervioso, como un joven que espera a una chica cuyo autobús no acaba de llegar. Pasos rápidos, nerviosos, lleno de energía que necesita desahogar, sin saber qué hacer con las manos.

Se cambia de zapatos. Vuelve a acercarse a la ducha y se agacha. Nada fuera de lo normal, porque los presos lavan allí sus enseres. Esa zona queda fuera del alcance de la cámara para que el preso pueda disponer de un poco de intimidad sin que los guardias le vean lavarse el culo o masturbarse. Una concesión humanitaria que el alguacil de El Altiplano lamentaría solo unas horas más tarde.

Son las 20:52:14. La coronilla de «El Chapo» desaparece tras el punto ciego. Un segundo después, no vuelve a aparecer, como muestra el video de su celda. Sobre la cama, un iPad encendido y olvidado. El resto de la celda, con muebles de cemento y apenas diez metros cuadrados, abandonado. Sin pistas de su paradero.

Volvamos a un instante antes, a lo que las cámaras no nos revelan. «El Chapo» está agachado sobre el cemento. Palpa con los dedos el suelo de la ducha, ligeramente inclinado, áspero. Con las yemas de los dedos percibe el raspar de las herramientas, listas para dar el golpe de gracia.

—¿Sale, Chapo? —susurra una voz, a través del desagüe.

—Sale y vale, compadre —dice «El Chapo».

Las palas golpean la fina capa de cemento, que se separa del resto del suelo con un crujido, y los escombros repiquetean sobre la trampilla de madera que había servido para equilibrar la estructura. «El Chapo» da un paso hacia adelante en la oscuridad, y tiende las manos. No puede ver a sus hombres, que han apagado las linternas para que el resplandor no alerte a los vigilantes que podrían estar escudriñando el monitor.

Le agarran por las piernas y le ayudan a bajar por la escalera. Diez metros en vertical, hasta llegar al larguísimo túnel iluminado, donde el narco ve por fin a sus rescatadores. Sus caras están cubiertas de tierra, apestan a sudor y a polvo. También «El Chapo», que lleva dos días sin usar la ducha por temor a que su peso hundiese el terreno, desvelando el plan.

Ahora está en un espacio de 70 centímetros de ancho y 1,7 metros de alto, donde ni siquiera tiene que agacharse. Sonríe mientras camina, a buen paso pero sin correr, encabezando a sus hombres. Pasa la mano por las paredes del túnel, y piensa en los tres millones de kilos de tierra, más de 350 camiones a plena vista del penal, que ha habido que extraer para sacarle.

Hubiesen sido la mitad si hubiesen hecho el túnel más pequeño, como el de su película favorita, La Gran Evasión. Pero «El Chapo» no se agacha, sino que ha sido él quien ha puesto de rodillas al gobierno.

Al llegar al final del túnel, sube una escalerilla y sale a la caseta donde cuatro de sus hombres han estado trabajando durante casi un año a menos de dos kilómetros de los muros de la prisión.

—¿Trajeron para cambiarme?

Uno de los esbirros le alarga una caja de cartón, de la que «El Chapo» saca un polo y unos vaqueros. Tiene el detalle de dejar dentro de la caja la ropa de presidiario con el número 3578.

—Por si le sirve al siguiente —dice, con sorna. Sus hombres ríen.

Ya vestido de civil, pasa junto a la motocicleta que ha servido para extraer las decenas de miles de sacos de tierra, y pisa con cuidado para evitar tropezar con algunos de los tubos de PVC que andan por el suelo, los mismos que han servido para ventilar los casi dos kilómetros de túnel y sale a la noche mexicana. Libre de nuevo.

Las autoridades sospechan que tuvo que recibir ayuda desde dentro para coordinar con precisión una obra de tal envergadura. Una veintena de funcionarios han sido interrogados por un gobierno avergonzado y humillado. Cabe preguntarse por qué se colocó en un primer piso a un hombre cuyo apodo era «El Señor de los Túneles», y que había trazado más de un centenar de narcogalerías para llevar la cocaína a Estados Unidos. Poco importa ya.

Nadie había logrado antes escapar de El Altiplano, la cárcel inquebrantable. Pero eso se aplica a los hombres, y «El Chapo» está hecho de una pasta distinta. Es el único preso que ha escapado dos veces de una cárcel de máxima seguridad. La primera vez lo logró mediante otro clásico: ocultándose en un carrito de lavandería. Unos cómplices dentro del Penal de Puente Grande, en Jalisco, subieron el carrito de la lavandería a una furgoneta y lograron sacar al narco.

Héroe y mito en su tierra
Muchos dudan de que Guzmán vuelva a cometer un error tan estúpido como el que cometió en 2014, cuando fue a visitar a su mujer e hijas. La recompensa asciende ya a casi 4 millones de dólares, pero pocos habrá que se atrevan a denunciarle. Otros creen que no importa demasiado. «Lo volverán a coger. Pero no podrán retenerlo mucho tiempo. Porque el Chapo es un fantasma», remataba un policía, al día siguiente de la fuga.

Con el operativo policial desplegado más grande de la historia de México para capturar al capo más grande de la Historia, pocos dudan de que Joaquín Archivaldo Guzmán Loera seguirá liderando el cartel de Sinaloa y regando de narcodólares la tierra que le vio nacer, para cuyos ciudadanos «El Chapo» no es un sucio criminal y un asesino, sino un héroe y un mito.

ABC de España

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