Published On: dom, Jun 10th, 2018

Rafael Nadal, “el rey de París” se adjudica su undécima copa Roland Garros

Un brillante Nadal saca lustre a su undécimo Roland Garros

En el coqueto parque Bois de Boulogne se hace silencio cuando juega Rafael Nadal. Se vacían sus calles porque no hay mayor espectáculo que ver al español producir su obra de arte. Sonará exagerado, pero no hay muchas formas de entender que Nadal haya levantado su undécimo título en Roland Garros, donde ni las máquinas del agua funcionan cuando él está en la pista. El español levanta su undécima Copa de Maestros con un partido en el que sacó lustre a sus galones en un París que le rinde honores de rey, y cuyo cielo se negó incluso a borrar sus trazos con lluvia. Antes al contrario, salió el sol para celebrar con más colorido la victoria del balear sobre Dominic Thiem, al que le vino grande la empresa.

Son once títulos en catorce ediciones, solo dos derrotas y una retirada por lesión, y en once finales. Cada cual distinta, por el rival, por el tiempo, por el estilo de peinado de Nadal, pero él sigue manteniendo el hambre que lo ha llevado hasta empujar los límites de la lógica, lo posible y lo imposible. Y ante Thiem el español mostró el juego que tan bien le ha funcionado este año: paciencia y seguridad en el primer set, desequilibrar al rival y arrollarlo después.

Una victoria cocinada lenta. Ambos jugadores se conocen a la perfección, seis victorias para el número 1, tres para el austriaco, consciente de que París, a cinco sets, contra este Nadal que solo se ha dejado uno en el camino, era cuestión de rezar y de tener hasta un plan Z, como advirtió su entrenador, Galo Blanco. Pero el que siguió el plan, su plan, el plan Nadal, y a la perfección: mover a Thiem, de lado a lado, sin contemplaciones ni remordimientos, exigirle un paso más y sentenciarlo cuando ya sus fuerzas vayan al límite. Eso sí, sin reblar ni dejar ni un centímetro de pista al rival. Restos largos, reveses paralelos a las líneas, derechas que lamían la línea. Ni un paso atrás. Era el plan que también tenía el austriaco, que lo intentó con buenos resultados en la primera manga, apurado, igualado, deleitando con ese revés a una mano que se ganó el cariño del público y con el que hasta levantó u break inicial fruto de los nervios.

Llegaba la segunda parte del plan para el balear, que se había animado solo durante buena parte del primer set para mantener la tensión y salió eufórico del baño al que acudió en el descanso. A partir de ahí, recital. El mejor Nadal expuso sus armas: ataque tras ataque tras ataque, de drive, de revés, de volea. Sin ofrecer ni un respiro a su rival, sin dejar que volviera a entrar en el partido. Un break, otro break. El set. Y poco quedó ya de partido.

Desesperado, el príncipe de la tierra todavía tiene que rendir pleitesía al rey. No le aguantó la mentalidad, desequilibrado ante el juego de Nadal e incapaz de encontrar su juego. Todo lo que había planeado, todo lo que desbarató el balear. Fallos y más fallos cuando tenía la situación controlada, e imposibilidad de levantar el punto cuando dominaba el español.

Con el primer break de Nadal, la anécdota del encuentro, pues al número 1 del mundo se le agarrotó el dedo corazón de la mano izquierda y tuvo que parar para que lo atendiera el médico. No podía extenderlo. Se quitó las vendas que cubrían su antebrazo, le dieron masaje y siguió jugando como antes, de forma impoluta, magistral, propia del rey de la tierra. Un año más. Porque Thiem no tuvo más para ofrecer, demasiado grande el desafío, y aunque levantó cuatro bolas de partido, a la quinta Nadal levantó los brazos, aplaudió, mandó un beso a la grada y se convirtió en el campeón de Roland Garros por undécima vez en su carrera. La Philippe Chatrier explotó, encantada con su rey.

Fuente: ABC

 

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