Publicado el: Dom, Jul 5th, 2015

SOS por el exilio venezolano

Por: Daniel Shoer Roth*

Era la voz del desaliento y de la angustia; la palabra de la desesperanza y de la impaciencia. Era la sensación de ahogo y de tormento; el sentimiento de dolor y de desolación. Era el sabor del sinsabor y el gusto de la acidez. Era el sonido del desentono y el eco de la mudez. Era el roce de las espinas y el tacto del vacío.

Aquella llamada, en el albor de una reciente madrugada, de un profesional venezolano que buscaba emigrar a Estados Unidos por la vía legal ofreciendo a cambio talento y afanosas manos, encarnaba todo eso.

Pese a que no fue un encuentro cara a cara, percibí sus ojos enrojecidos, su semblante descompuesto, sus manos alzadas en postura de súplica. Planteaba un laberinto de angostos pasajes sin señales de salida. Ilustraba la agonía del deseo de escape a un destino de libertad, pero con alambradas rematadas con cuchillas. Reflejaba el total colapso de una decadente nación hacia un lóbrego abismo colmado de tinieblas.

Muchos inmigrantes alguna vez hemos oído ese estridente tocar a nuestras puertas de compatriotas aprisionados por dentro, como si sus corazones estuvieran sometidos a una camisa de fuerza institucional que a sus pulmones el oxígeno no permite llegar. Con uñas impacientes y dedos temblorosos, quisiéramos ayudarles a librarse, sin embargo, el impenetrable tejido es imposible de rasgar. A veces ni vestigio de fuerza nos queda.

Solo esgrimiendo una actuación mancomunada y afianzando la responsabilidad solidaria se halla suficiente capacidad política y moral para intentar avanzar una solución.

La puesta en marcha, por parte de varias organizaciones comunitarias en el Sur de Florida, de una campaña nacional en aras de promover un proyecto legislativo que busca el alivio y estatus migratorio a venezolanos en este país –la Ley de Ajuste de Estatus Venezolano en EEUU– es una respuesta a dicha urgencia. Cada día son más los venezolanos perseguidos, desgajados de su tierra, vejados, amenazados y súbitamente despojados de sus sueños, seguridad personal, medios de sustento e historia ancestral. Se multiplican las familias escindidas, fragmentadas, por problemas socioeconómicos e impedimentos migratorios.

Vientos de odio y autoritarismo desmoronan, velocísimamente, toneladas de arena en las cobrizas dunas de un verdoso bosque convertido, por el régimen gobernante, en un paraje ciudadano desierto, sin suministro de alimentos y medicinas, un lugar de expiración y serpientes. Muchos anhelan un más dichoso porvenir, trabajar, estudiar, viajar, disfrutar de la aventura de ese don llamado vida, patrimonio universal. Impulsados por el espiral de violencia callejera, los secuestros, el alto índice de inflación y la crisis política, quieren empacar y largarse, pero no hay pasajes de avión, ni divisas, ni visas. Buscan como destino algún paraíso dorado, preferiblemente apellidado Florida.

Se calcula que entre un millón y un millón doscientos mil venezolanos han abandonado el país suramericano desde la llegada de Hugo Chávez al poder, en su mayoría profesionales, gente estudiada, creyente, pensante; precisamente el valioso capital humano contra el cual arremete el atroz invento del socialismo del siglo XXI. En cambio, durante las cuatro décadas de democracia representativa (1958-1998) pocos ciudadanos vieron la necesidad de emigrar. Al extranjero se viajaba a estudiar o a trabajar provisionalmente. El conocimiento adquirido se invertía en el tejido social al regresar a ese cálido nido familiar bordeado por el Caribe y el Amazonas, los Andes y la Guayana; y vitalizado por las aromatizadas armonías del joropo, el merengue y las gaitas.

Las manifestaciones del 2014 en Venezuela y sus trágicas secuelas –muerte, encarcelamiento, persecución, censura– dispararon exponencialmente el éxodo a suelo estadounidense, posiblemente duplicando, alrededor de medio millón de venezolanos, la cifra del Censo, de los cuales hasta la mitad pudiera estar en situación migratoria irregular, de acuerdo a estimados no oficiales. Helene Villalonga, representante de la Asociación de Madres Venezolanas en el Exterior (AMAVEX) y una de las principales promotoras del ambicioso proyecto legislativo, indica que “se podrían encontrar más de 190,000 venezolanos fuera de estatus, es decir, aquellos denegados en Corte, en proceso de deportación o que nunca han hecho trámite ante el Departamento de Inmigración”. La propuesta, de ser aprobada por el Congreso, pavimentaría un camino a la legalización.

“Hay venezolanos en este momento que no tienen ni siquiera qué comer”, declaró la activista al anunciar el lanzamiento de la campaña. “Hay venezolanos que son profesionales en el país: abogados, médicos, ingenieros; que en este momento están ocupando cargos de limpieza de mesa; no denigra el trabajo, es verdad, pero, ¿merece un venezolano que haya entregado toda su vida a prepararse en el país a ejercer un trabajo que esta muy por debajo del target de las expectativas que debería tener un profesional?”.

Lógicamente, en el actual debate nacional sobre la reforma migratoria, este polémico esfuerzo ganará críticos porque aboga a favor de inmigrantes sin estatus y también pudiera acentuar la fuerte ola de inmigración venezolana que, en la actualidad, busca una protección temporal inexistente, difícil de alcanzar, pues la condiciones en Venezuela no están dadas para este alivio migratorio conocido como el TPS.

La sed por un futuro labrado de promesas, libre de la inseguridad personal y la penumbra económica, no cesará. Miles continuarán sufriendo al ver la libertad esfumarse entre las grietas de la represión, el respeto a los derechos humanos pulverizarse y el bienestar devorado por un régimen que desgarra la espina dorsal de su pueblo. El exilio venezolano en Miami debe ser una luz para sus hermanos desventurados y estar preparado para arrojar un salvavidas que los lleven a tierra segura.

*Daniel Shoer Roth es un columnista galardonado de el Nuevo Herald. Su columna ‘En Foco’ es un foro de debate sobre temas sociales en el sur de la Florida. Contacto: dshoer@elnuevoherald.com

El Nuevo Herald

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