Publicado el: Lun, Ago 17th, 2015

The Wall Street Journal: “En Venezuela la inflación se calcula por el precio de las arepas”

Cada mes, cuando viaja a natal Venezuela, Miguel Octavio visita el mismo restaurante para comer una típica comida nacional, las arepas, las tortas de harina de maíz que tanto disfrutaba de niño. El precio, sin embargo, nunca es el mismo.

A lo largo de nueve meses, este analista financiero y bloguero radicado en Miami ha registrado un aumento de cuatro veces de lo que denomina “Índice de la Arepa Hiperinflada”, un indicador que él mismo creó para rastrear el incesante aumento de los precios al consumidor en esta maltrecha economía.

El gobierno del presidente Nicolás Maduro dejó de publicar los datos mensuales del índice de precios al consumidor en diciembre, cuando acumuló un aumento de 68% anual, la inflación más alta del mundo. En momentos en que la economía se deteriora y de cara a unas elecciones legislativas, en diciembre, que se vislumbran complicadas para el partido de gobierno, el banco central no ha publicado información sobre la inflación, la balanza de pagos o el Producto Interno Bruto en lo que va del año.

Esto ha llevado a economistas y analistas como Octavio a recopilar sus propios indicadores. Sus cálculos emplean todo tipo de variables, desde evidencia anecdótica hasta la recaudación tributaria del gobierno y los préstamos del sector bancario. “Es una manera de llenar la brecha [informativa]”, dijo Octavio. “Y, por supuesto, me consume la vida, porque tengo que actualizar el blog todo el tiempo para mantener el ritmo”.

La búsqueda de datos confiables se produce en momentos que algunos países de América Latina enfrentan una alta inflación, un problema superado en gran parte del mundo. Algunas economías desarrolladas, como España, luchan contra la deflación. Mientras se espera que la Reserva Federal de Estados Unidos aumente pronto las tasas de interés, las monedas regionales —que atraen a los inversionistas cuando las tasas de interés en EE.UU. son bajas— se han debilitado, presionando el alza de los precios.

“América Latina ha tenido más problemas con la inflación que cualquier otra región en el mundo”, dijo Claudio Loser, ex director del Fondo Monetario Internacional.

Barclays estima que este año América Latina triplicará el promedio de inflación de los mercados emergentes. A principios de mes, Brasil informó que su inflación anualizada alcanzó 9,6% en julio, el máximo en 12 años. Esto se dio a conocer días después de que el banco central, en un intento por controlar la inflación mediante el fomento del ahorro y menos gasto, elevara las tasas de interés por decimosexta vez en dos años. La inflación de su vecina Uruguay (8,5%) está también por encima de la meta de 3% a 7%.

A mediados de los 80, la mayoría de los gobiernos latinoamericanos luchaba contra enormes cargas de deuda y un gasto fiscal fuera de control, problemas que muchos países abordaron a través de dolorosas medidas de austeridad.

Los fantasmas del pasado han resurgido de manera más prominente en Argentina y Venezuela. Este año, los gobiernos de ambos países enfrentarán una inflación superior al 30% y 200%, respectivamente, según estimaciones.
“Ha habido una falta de respeto y comprensión de las implicaciones de la impresión de efectivo y la creación excesiva de dinero en la economía”, dijo Loser, que creció en Argentina. En los siete años transcurridos desde que se eliminaron tres ceros de la moneda anterior y se lanzó la actual moneda venezolana, las autoridades aumentaron la oferta de bolívares 18 veces. Debido a las rígidas regulaciones cambiarias, la mayoría de los venezolanos no tiene acceso a dólares, que de otra forma podrían servir como un escudo frente a la inflación.

Sin duda, ninguno de esos países está cerca de los episodios de inflación extrema que asolaron a América del Sur en el pasado, como el 20.000% que sacudió a Bolivia en 1985. Sin embargo, la falta de transparencia de los datos oficiales de Argentina y Venezuela “es el recurso de última instancia para tratar de construir una realidad alternativa”, dijo Loser.

Enfrentada a una crisis económica y con los precios de su producto de exportación clave, el petróleo, en picada, Venezuela está atrasada en el pago de miles de millones de dólares que adeuda por sus importaciones, que incluyen desde alimentos hasta autopartes.

Hace poco, los mercados estimaban en 98% la probabilidad de que Venezuela entrara en cesación de pagos de su deuda soberana en los próximos cinco años, según Barclays. Los inversionistas cobran a ese país una de las tasas más altas del mundo. El bono venezolano de referencia en dólares con vencimiento en 2027 produjo recientemente un rendimiento de 26,2%.

Para los venezolanos, esto significa un duro apretón de cinturón. En 12 meses, el bolívar ha perdido 90% de su valor en el mercado negro, donde un dólar se vende por 100 veces más bolívares que los que recibiría a la tasa oficial de 6,3 por dólar. A la tasa no oficial, el salario mínimo es de unos US$10 al mes.

“La gente literalmente se está deshaciendo del dinero más rápido de lo que el gobierno puede imprimirlo”, dijo Francisco Rodríguez, economista de Bank of America.

Cenda, un grupo de estudios con sede en Caracas que todos los meses mide el precio de unos 60 alimentos básicos (un recurso vital en medio de la falta de datos oficiales) informó recientemente que entre mayo y junio los precios aumentaron 20%, la mayor alza mensual en 15 años. El poder adquisitivo se está desplomando: hoy, según Cenda, hace falta el equivalente de tres salarios mínimos mensuales para comprar lo que cuestan los alimentos para un mes.

Para productos básicos como la leche y el detergente, Venezuela tiene precios máximos. Pero a medida que la escasez de esos productos se intensifica, muchos individuos y empresas compran bienes a precios regulados y luego los venden bajo cuerda a precios mucho más altos, dificultando la obtención de cifras de inflación confiables.

La encuesta de Cenda, que encontró la falta de más de un tercio de alimentos en las estanterías de las tiendas, registró este mes un aumento de 32% en el precio de los tubérculos, de hasta 22% en la carne y de 130% en los frijoles. Estos datos ayudan a explicar por qué el plato nacional de Venezuela, el pabellón criollo (plátano frito, carne desmechada y arroz con frijoles), se ha convertido en un lujo.

“En mi casa ya no comemos caraota (frijoles)”, dijo Jesenia Zambrano, que atiende un quiosco en el centro de la ciudad, y que cada semana debe subir los precios para estar al día con los aumentos de los proveedores.

Un asesor del jefe del banco central, Nelson Merentes, y otras dos personas que se han reunido recientemente con el funcionario, dijeron que la entidad dejó de publicar información bajo presión del gobierno. “Es una forma de control de daño interno”, dijo el asesor.

Portavoces del banco central y del Ministerio de Información no quisieron hacer comentarios. Una demanda presentada ante los tribunales locales por la unidad venezolana de Transparencia Internacional para obligar al banco central a publicar los datos fue desestimada a comienzos de este mes por el Tribunal Supremo.

En junio, la sequía informativa provocó las inesperadas críticas de Jorge Giordani, un octogenario dirigente marxista que durante mucho tiempo se dedicó a la planificación económica y que fue asesor de confianza del fallecido Hugo Chávez.

“Es un error político, chico”, dijo Giordani a Aporrea, un foro de noticias en línea popular entre los izquierdistas venezolanos. “Con Chávez decíamos: ‘Esta es la cifra, presidente, publíquenla’. Y si era mala entonces tienes que explicarlo o la explicábamos nosotros”.

Con o sin datos, la vendedora ambulante Liana Cabrera tiene en claro hacia dónde van los precios. Vendiendo hace poco chocolate en el metro de Caracas, le dijo a los pasajeros que compraran rápido, porque los precios subirían 30% la semana siguiente.

“Recuerden, damas y caballeros, aquí en Venezuela nada baja. Todo sube”.

Kejal Vyas / The Wall Street Journal
—Mike Cherney contribuyó a este artículo.

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