Publicado el: Sab, Ago 13th, 2016

Turquía, el rompecabezas que no encaja

Golpe de EStado en Turquía

Turquía, el rompecabezas que no encaja

Erdogan, acusado de autoritario, deja claro que llegó para quedarse mandando sin límite El Presidente sobrevivió a un alzamiento, cuyos responsables aún no están claros.

Vista en un mapa, la actual Turquía, heredera del antiguo Imperio Otomano que tuvo un papel preponderante en la historia universal a lo largo de cinco siglos hasta su desaparición tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918), puede apreciarse claramente en el medio de los más importantes conflictos internacionales que martirizan hoy al mundo.

A medio camino entre Europa y Asia, tiene fronteras con dos de los países que protagonizan los conflictos bélicos más cruentos de nuestros días, Siria e Irak.

A través del Mar Negro, colinda con la Rusia de Vlamimir Putin, un dato no menor si consideramos que es miembro de la Organización del Tratado el Atlántico Norte (OTAN) en una época en que se reaviva la Guerra Fría entre Moscú y Occidente. Y, apuntalada en su creciente poderío económico, demográfico y militar, pretende erigirse en la nueva potencia regional del mundo islámico para hacerle contrapeso a otra estrella ascendente como es Irán.

A lo interno, prosigue el avance cada vez más autoritario de las fuerzas políticas islamistas desde que el actual presidente Recep Tayyip Erdogan accedió al gobierno como primer ministro en 2003, apoyado en las capas más pobres y de la emergente clase media baja, así como en los tradicionales sectores rurales, en un país formalmente laico desde que Mustafá Kemal Atartuk erigió la Turquía moderna a comienzos del siglo XX a partir de las ruinas otomanas.

Estas maneras autocráticas, a su vez, parecen alejar al país cada vez más de su vieja aspiración de sumarse a la Unión Europea, resistida por años desde Bruselas con el argumento de la falta de garantías democráticas, aunque es un secreto a voces la desconfianza que genera recibir en el seno de la cristiana Europa a una nación musulmana.

LUCHA POR LA SUPREMACÍA ISLAMISTA
En medio de este panorama de contradicciones, solapamientos e intereses contrapuestos, se produjo el 15 de julio de 2016 el abortado golpe militar que pretendió bajar del poder al poderoso Erdogan y su primer ministro, Binali Yildirim, ambos del conservador e islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). A tres semanas de esa cruenta jornada que dejó 265 muertos y alrededor de 1.400 heridos, poco se ha conocido ­y de manera confusa- sobre los verdaderos autores de la fracasada intentona y de sus reales motivos.

El gobierno turco salió inmediatamente a responsabilizar de los hechos a un antiguo aliado de Erdogan, el predicador musulmán Fethullah Gülen, quien lo ayudó a encumbrarse en el poder a través de su influyente cofradía conocida como Hizmet (Servicio), una asociación que suele equipararse con el Opus Dei en la Iglesia Católica, con gran influencia en el sistema educativo y judicial, en el aparato burocrático, así como en los medios de comunicación y en el mundo empresarial.

Gülen, quien también es descrito como un conservador musulmán, alienta sin embargo el desarrollo de una economía liberal de mercado y aparentemente mantiene buenas relaciones con las capitales de Occidente. De hecho, está exiliado en Estados Unidos, desde donde ha negado cualquier participación en la asonada militar. El otrora apoyo de Gülen a Erdogan fue clave en el enfrentamiento del actual Presidente de la República turca con los sectores laicos del país, especialmente con los partidos políticos que le hacen oposición y con las Fuerzas Armadas, que en Turquía tuvieron un estatus especial como guardines del legado de Atartuk. De allí su afición a inmiscuirse en los asuntos políticos de los civiles.

De modo que pareciera que lo que se está jugando hoy en Ankara es un enfrentamiento por la supremacía dentro del propio campo islamista, una vez que las agrupaciones laicas pasaron a ser minoría y las Fuerzas Armadas dejaron de tener la influencia política que contaron en el pasado. El frustrado golpe de julio sería así un nuevo eslabón de esta lucha intestina que tuvo sus primeras escaramuzas significativas en 2013 cuando en el sistema judicial ­muy influido por los partidarios de Gülem- se abrieron múltiples juicios a funcionarios del AKP, familiares y empresarios ligados a ellos, por casos de corrupción, lo que fue apreciado por el gobierno como un intento para derribarlo.

El intelectual francés de origen argelino, Sami Naïr, caracterizó sin tapujos la feroz lucha entre Erdogan y Gülem por la supremacía del islamismo en Turquía a través del título de un análisis que publicó en el diario español El País: “Golpe dentro del golpe”.

BRUTAL REPRESIÓN
La amplia y profunda represión desplegada por el gobierno desde el día siguiente de la intentona militar, ha adquirido características de purga, que va más allá de la detención y procesamiento de los militares y civiles que pudieran estar involucrados en la asonada. Esto ha despertado las alamas en Estados Unidos y Europa, así como entre las organizaciones de derechos humanos. Las cifras de detenidos y represaliados no paran de crecer día a día y ha llegado a cotas inimaginables.

Amnistía Internacional, que ya venía denunciando un deterioro significativo de la situación de los derechos humanos, de la libertad de expresión y de la independencia del poder judicial desde las elecciones parlamentarias de 2014 y la reanudación del enfrentamiento armado con el Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK), ha recopilado hasta el 26 de julio cifras que lucen espeluznantes: más de 10.000 detenciones, la mayoría oficiales y soldados rasos; más de 45.000 civiles despedidos o suspendidos de sus trabajos; 42 órdenes de detención a comunicadores sociales y 6 periodistas detenidos; 20 sitios web bloqueados; 25 medios de comunicación con licencias revocadas; malos tratos y torturas a los detenidos. Esta situación se ha dado en el marco de un estado de excepción promulgado para un período de tres meses y un aumento desde 4 a 30 días del plazo de detención preventiva sin cargos.

La represión ha sido especialmente dura contra funcionarios y profesores del Ministerio de Educación y de las universidades, con más de 15.000 destituciones y suspensiones; 2.745 jueces y fiscales detenidos y destituidos, además de policías y efectivos de los servicios de inteligencia, la mayoría de ellos simpatizantes gülenistas, pero también ha alcanzado a otros grupos de oposición.

Incluso, ha sido invocada por el gobierno la posibilidad de restituir la pena de muerte, paso que requeriría reformar la Constitución ­para lo cual no cuenta con la mayoría calificada necesaria- y denunciar varios tratados europeos.

La rapidez y amplitud de la represión gubernamental ha hecho pensar que ya el gobierno tenía en la mira a todos los ahora represaliados y que sólo se ha servido de la excusa del golpe militar para actuar en su contra, utilizando las facilidades que le ofrece el estado de excepción. Este extremo fue confirmado la semana pasada por el propio ministro de Cultura y Turismo turco, Nabi Avci, quien en el marco de una visita a Madrid declaró sin rubor a la prensa local que los gülenistas “dieron el golpe porque entendieron que íbamos a hacer una limpieza”.

REALPOLITIK
Las reacciones de la comunidad internacional al intento de golpe de Estado fueron de condena pero no se distinguieron ni por su rapidez ni por su contundencia en los primeros momentos. En general pueden calificarse de cautas. Es mucho lo que se juegan las potencias en Anatolia y Tracia Oriental ­las dos grandes regiones que componen la Turquía actual-, mucho los intereses geopolíticos en liza, muchos los conflictos que confluyen en esa parte del mundo.

Por ejemplo, la Comunidad Europea alcanzó un acuerdo con Ankara en marzo de 2016 para contener la avalancha de refugiados sirios, iraquíes, afganos, a cambio de importantes recursos financieros y la eliminación de visas para los ciudadanos turcos en territorio comunitario. Un distanciamiento radical con Erdogan podría dar al traste con este delicado asunto de seguridad para los países europeos.

Asimismo, la lucha contra el Estado Islámico tiene en Turquía una importante punta de lanza, pues es allí donde están situadas las bases de la OTAN desde donde parten los bombarderos que atacan al grupo jihadista y al régimen sirio de Bassae al-Assad, aunque el gobierno de Erdogan haya mantenido en el pasado una posición bastante ambigua respecto a los radicales islámicos como consecuencia de sus propios intereses nacionales y geopolíticos derivados del problema kurdo y su enemistad con Damasco.

En el marco de la OTAN, Turquía también juega un importante papel pues se encuentra en la primera línea de frente con Rusia de esa alianza militar. Tradicionalmente, Ankara y Moscú no han sido países cercanos y las relaciones se deterioraron gravemente en ocasión del derribo de un avión de combate ruso en la frontera con Siria en noviembre de 2015. Sin embargo, recientemente el gobierno de Erdogan se disculpó por este hecho, lo que pareciera indicar el interés turco por mejorar las relaciones. Cualquier cambio en este complejo ajedrez podría tener importantes consecuencias en los delicados equilibrios que se mantienen en la región.

EL SULTÁN
Una buena imagen para mostrar la ambición de poder del presidente Recep Tayyip Erdogan, su intención de permanencia al mando de Turquía y los deseos de grandeza que aspira para su país, fue la construcción en octubre de 2014 del nuevo Palacio Presidencial de Ankara o Palacio Blanco, un suntuoso complejo de 1.000 habitaciones levantado contra viento y marea, pese a órdenes judiciales que habían ordenado paralizarlo por estar en terrenos no edificables.

Inicialmente prevista para albergar las oficinas y la residencia del primer ministro ­cuando el propio Erdogan ejercía el cargo­, el nuevo Jefe de Estado decidió, tras su elección, que pasaría a ser la nueva sede de la Presidencia como símbolo de la “Nueva Turquía”. Así, de manera simbólica, lanzó un claro mensaje a los turcos y al mundo de que su llegada a la primera magistratura, en un país cuyo régimen político es una democracia parlamentaria, era para seguir mandando.

Erdogan, a quien los medios se refieren como el Sultán para reflejar su figura de hombre fuerte, no ha ocultado sus intenciones de transformar a Turquía en una república presidencialista, con él al frente.

Su salida victoriosa del intento de golpe de Estado del 15 de julio, alcanzada gracias a una fuerte movilización popular, podría facilitarle el camino.

El líder turco fue alcalde de Estambul entre 1994 y 1998 y durante su gestión adoptó polémicas medidas como separar a hombres y mujeres en el transporte público y en los centros educativos. En 2003 fue elegido primer ministro, cargo que ejerció hasta 2014, cuando fue electo Presidente. Ha declarado su intención de superar la estancia en el poder del creador de la República de Turquía, Mustafá Kemal Atartuk, quien presidió el país durante 15 años y de encabezar los actos de celebración del centenario del país en 2023.

Fuente: Tal Cual digital

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